Morriñas en Yaguajay

Publicado por Ediciones Luminaria, un peculiar volumen de testimonio desgrana ocho historias de gallegos aplatanados en el norteño municipio

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Si Carlos Marx confesó que ningún tratado o ensayo histórico le hizo entender mejor la historia de Francia que las novelas de Balzac, yo pudiera afirmar otro tanto en relación con la emigración gallega hacia a Cuba, ocurrida durante la segunda y tercera décadas del siglo XX. Ciertamente, si a nivel emotivo logré percibir el drama social que vivió España en esa época —desangrada en lo humano y lo divino por la llamada Guerra del Rif, en Marruecos— ha sido en primer lugar por la novela Gallego, de Miguel Barnet, y más recientemente gracias a un libro de testimonios publicado por Ediciones Luminaria: Además de la morriña: Gallegos en Yaguajay, de Ramón Díaz Medina.

Por supuesto, en ninguna de estas obras se narran combates ni se incluyen mapas de planes estratégicos; incluso, en el texto de Ramón Díaz Medina apenas se menciona la palabra guerra… Pero ella está ahí, en sus más duras consecuencias: orfandad, desarraigo, amputación espiritual; está sobre todo en esa incurable evocación de la tierra natal que los gallegos suelen llamar morriña.

Casi medio millón de españoles participaron en la contienda, la cual dejó como secuela unos 30 000 muertos y heridos. Los soldados eran reclutados entre las familias humildes; muy pocos hijos de ricos participaron en ella. Los pobres que se negaban a morir o quedar mutilados, tenían que huir de España; América era su destino.

La historia, como ciencia humanística, es a veces un tanto inhumana. Al escribir en nombre de la objetividad, con frecuencia el historiador olvida que del sujeto sobre todo ha de esperarse subjetividad. Pero como las esperanzas del hombre —o su reverso, los llamados  “sueños rotos”— no pueden registrarse en anales y cifras, quizá por ello surgió la novela, y, más tarde, el testimonio.

Es el testimonio un género literario polémico. Para algunos es pariente cercano del reportaje; para otros, de las memorias o la autobiografía: discusiones en realidad bizantinas si tenemos en cuenta que la promiscuidad de géneros es lo que domina el concierto literario contemporáneo. Hoy se escriben novelas con la técnica del ensayo, poemas con el espíritu de la crónica, cuentos como si fueran guiones de radio… Tal vez alguno diga que este texto mío —que yo pretendo pasar por reseña— es tan solo un comentario crítico o quién sabe si un breve ensayo. En fin, para mí el testimonio no deja de ser la mismísima historia, solo que al mirar de cerca la fibra íntima del individuo, este puede ser leído con la intensidad de una novela.

Tal es el caso de Además de la morriña: Gallegos en Yaguajay. Son ocho testimonios de emigrantes —o sus descendientes— los que recoge este libro. Ocho dramas y ocho monumentos a la tenacidad en voz de sus protagonistas. Cervantes nos ha informado que su Ingenioso Hidalgo nació en algún lugar de la Mancha; pero al ver cómo en Cuba los gallegos lucharon tozudamente contra los no tan imaginarios gigantes del hambre y la discriminación; la estoica manera en que enfrentaron las múltiples adversidades sin jamás traicionar virtudes y principios éticos; bien pudiera decirse que don Quijote nació en algún lugar de Galicia.

Ninguna crisis dura por siempre: solo hasta que la persona se acostumbra a ella y la asimila como su modo natural de vida. Sin embargo, con la morriña no sucede así: la tristeza del gallego exiliado siempre es nueva, recién hecha; semejante a la nostalgia de aquellos hebreos desterrados en Babilonia que no cesaban de llorar por Sión, solo que para el gallego no hay otra tierra prometida que Galicia.

En Cuba casi todos formaron familia. Algunos —los menos— consiguieron levantar patrimonio; pero ante cualquier amor que pudo darle la tierra adoptiva, siempre les faltó el trascendente abrazo de la madre patria. Un gallego exiliado nunca dejó de sentirse hijastro.

Por estos rumbos viaja Además de la morriña: Gallegos en Yaguajay, y si quiero analizar sus aspectos formales, en primer lugar debo decir que es un libro conmovedor. Ya sé, el término es impresionista, y la teoría literaria sustenta que la crítica deba tener por herramientas el análisis razonado y la valoración ecléctica. Sin embargo, un libro que desde el título enfatiza estados de ánimo, merece igual retribución; amén de que ahora mismo recuerdo cierta irónica frase del novelista estadounidense Joseph Heller, obviamente dirigida al crítico: “Lo sabía todo sobre literatura excepto cómo disfrutarla”.

Porque, hablemos claro, tampoco este es un libro que pretenda destacar por recursos técnicos: es historia, no novela, y no se le debe pedir al texto lo que no es su propósito. Son relatos sencillos, sobre gente sencilla, escritos con lenguaje sencillo, cuya eficacia radica en el laberinto de emociones que despierta. Tal es su hondura y mayor complejidad. Y ya eso es cosa de mucho agradecer.

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