Natividad: una comunidad con historia

A la comunidad sierpense llegan aires de reanimación económica, como ese de asentar allí una base para prestar servicio de maquinaria a los productores de arroz de la zona

Natividad es un caserío con historia propia, que se inscribe entre los iniciadores de la vida sindical en la provincia.

Natividad vive el reposo de la lejanía; un distanciamiento geográfico que hace difícil la vida a la generación de turno. Ubicado muy cerca de la costa sur, el poblado atesora una historia iniciada en 1812 con la primera molienda del entonces trapiche; lugar que fue nombrado así en alusión a la hija del dueño de la fábrica de azúcar, pero el trazo más prominente en la huella del asentamiento lo aporta la llegada en 1935 del líder sindical Jesús Menéndez, quien permaneció por espacio de un año trabajando en la línea férrea y como purgador en la centrífuga.

La nacionalización de la industria azucarera en los albores de la Revolución trajo consigo otro nombre: Central 7 de Noviembre, y el batey fue fiel al bautizo original. A partir del 2002 el proceso de transformación emprendido en ese sector deparó cambios también para Natividad y su gente.

Esa ruptura impactó en la vida comunitaria y la adaptación a otros ámbitos productivos exigió tiempo; sin embargo, la relación laboral que siempre tuvo el asentamiento con Guasimal y Sancti Spíritus incidió en el desplazamiento de una parte de sus habitantes, tanto que alrededor del 30 por ciento de la población migró hacia esos lugares, incluso, en la ciudad espirituana hay un barrio que lo llaman Natividad, según relata Magalys Rojas Acosta, presidenta del Consejo Popular de Mapos, al cual pertenece esta comunidad.

SERVICIO MÉDICO

En Natividad predomina la población adulta, de ahí que existan no pocas preocupaciones y una de las más esgrimidas por los moradores  es la inestabilidad del servicio del médico de la familia. “Nos ha golpeado el servicio de Salud, no por la falta del médico, sino porque es inestable”, expresa Dixan Bernal Rojas, productor arrocero y residente en el poblado.

“Esa situación está dada principalmente porque los médicos hacen guardia varias veces en el mes, ahora entró una doctora en septiembre y hay que decir que en esos casos los pobladores deben moverse a Mapos”, explica la presidenta del Consejo Popular.

“Los caminos y calles interiores muestran una mejoría en comparación con otros tiempos, pero cuando llueve se ponen malos —apunta Magalys Rojas—. La lógica dice que hay que levantar los viales, hacer cunetas, porque sus niveles son bajos y el agua corre por encima de ellos”.

Desde la mirada de Mayra Frómeta Rojas, vecina del batey y trabajadora de la biblioteca, un rasgo llamativo resulta el uso de la instalación, principalmente por los niños.

Al calor de las transformaciones actuales aparecen otras inquietudes como la relacionada con el arrendamiento del círculo social, pues varios moradores aseguran que la merienda de los escolares sale de ahí, antes costaba 2 pesos; ahora, 5, y muchas familias no pueden adquirirla a ese precio.

Escambray escuchó otros planteamientos como la necesidad de incrementar la frecuencia del transporte hacia la cabecera municipal y Sancti Spíritus, que hoy funciona tres veces a la semana para ambos lugares; la carencia del servicio de Estomatología y la posibilidad de seguir mejorando el alumbrado público, que ha tenido alivio. A estas comunidades llega con frecuencia mensual o bimensual la feria de la Salud, que incluye, entre otros, el servicio estomatológico, refiere la representante del Consejo Popular.

MAYOR ATENCIÓN

Un caserío con historia propia, que se inscribe entre los iniciadores de la vida sindical en la provincia, merece una atención más directa. Según algunos vecinos, los medicamentos llegan regularmente, la vida es tranquila y si no es más divertida es porque “falta música y cerveza”; se ve caminar por las calles a gente humilde, hombres que salen a exponer su espalda al sol desde los campos; se habla de que basta una convocatoria para despertar la participación del pueblo en las actividades.

“Después que se cerró el central decayó la vida en Natividad”, expresa Ernesto Vargas Toledo, habitante de 52 años, y agrega: “Ese proceso incluía un programa de atención, pero muchas cosas no se hicieron, quedaron en el abandono. No es que los pobladores tengamos añoranza por la etapa azucarera, es que este pueblito llegó a tener una base de transporte, dos ambulancias, sillón estomatológico, correo, y perder todo eso se siente; ahora, para pasar un telegrama, hay que ir a Mapos”.

Más allá de los cambios y transformaciones, de las limitaciones que traen consigo la lejanía, a la comunidad llegan aires de reanimación económica, como ese de asentar allí una base para prestar servicio de maquinaria a los productores de arroz de la zona y que no tengan que desplazarse hasta La Sierpe en busca de combinadas, tractores o vagones para el tiro. Alrededor de 50 puestos de trabajo se abrieron con la nueva instalación.

Enhorabuena, porque la economía debe halar el progreso social para que allí la vida no sea solo “trabajar y tomar ron”; para que los más de 300 habitantes no sigan el camino del éxodo y perdure en la zona una fuerza laboral con arraigo; para que la unión de los pobladores y su solidaridad definan siempre la fortuna humana de Natividad.

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