¿Plan Maestro para la Uneac?

Ocho delegados representan a Sancti Spíritus en la cita nacional de los intelectuales cubanos que sesiona en La Habana.

Sentado en el Palacio de Convenciones de La Habana, mientras repasa una y otra vez el informe central, cualquiera de los 320 participantes en el VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) pudiera experimentar una especie de déjà vu: los mismos cuestionamientos, las mismas preocupaciones, polémicas similares a las del cónclave anterior.

En aquel entonces, allá por el 2008, parecía que sí, que bastaría con el entusiasmo de los intelectuales para desmontar los patrones consumistas que viciaban el panorama cultural, que los delegados saldrían de las sesiones del evento directamente a librar una cruzada inmisericorde contra la banalidad y que se resolvería en horas el antiguo dilema de las jerarquías en el arte. Cuestión de coser y cantar.

Seis años después, sin embargo, persisten con una vitalidad lamentable buena parte de los problemas señalados por la vanguardia artística, no ya en el VII Congreso, sino en casi todos los precedentes, pese al desvelo con que han venido laborando los miembros de la Uneac en los más disímiles escenarios.

Pero la consagración no ha sido suficiente. Algún resorte falla, alguna tuerca de ese complejo mecanismo que es la política cultural debe andar desajustada al punto de provocar no pocas incoherencias: que un reguetonero de evidentes lagunas éticas y estéticas desfalque el presupuesto asignado a la Dirección de Cultura de un municipio mientras músicos de reconocida calidad permanezcan “descomercializados”; que las tradiciones más raigales de la comunidad terminen como piezas de museo por falta de apoyo institucional; que los medios de comunicación den su visto bueno a producciones nacionales de tan dudosa factura como los peores enlatados de la televisión chatarra…

Pudiera enumerarse ad infinitum. De ahí que los intelectuales enrolados en la preparación de su VIII Congreso se hayan propuesto desgranar el mare mágnum de la creación artística y el contexto socioeconómico en el que esta se desenvuelve en cinco comisiones de trabajo: Arte, mercado e industrias culturales; Cultura, educación y sociedad; Cultura y medios de difusión; Ciudad, cultura y patrimonio y Estatutos, reglamentos y reclamaciones.

El menoscabo de los valores tradicionales, la distorsión de los modelos de éxito personal, la legitimación de la banalidad, la marginalidad y las manifestaciones de discriminación en la praxis artística, el deterioro del patrimonio material e intangible y un larguísimo rosario de desaguisados que ensombrecen el panorama espiritual del cubano emergieron a lo largo y ancho de la geografía insular durante el proceso orgánico del congreso, lo cual viene a ratificar la gravedad de estos fenómenos que amenazan con corroer las esencias mismas de la nación.

De la hondura conceptual alcanzada por los artistas espirituanos en el análisis crítico de su realidad pueden dar fe los dictámenes de las comisiones, documentos que se erigen no solo como la plataforma programática que defienden por estos días los delegados a la cita habanera, sino también —y ojalá así sea— como la carta magna que regirá el ulterior desempeño de la Uneac en el territorio.

Urgida de mayor protagonismo, la intelectualidad de Sancti Spíritus precisa de una suerte de Plan Maestro que esboce las directrices comunes más allá de los proyectos individuales y le permita superar el exceso de pragmatismo que nubla en ocasiones el alcance estratégico de la Uneac.

Solo con una proyección a largo plazo, sin que los árboles impidan ver el bosque, podrían comenzar a saldarse —si Dios quiere y las instituciones ayudan— las deudas pendientes de la Cultura, un viejo anhelo de los intelectuales que hoy se reúnen en sesión plenaria, de los que han quedado en sus casas pendientes de los debates del cónclave y hasta de los descreídos que afirman: “Ya los verás discutiendo sobre lo mismo en el próximo congreso”.

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