Periódico de Sancti Spíritus

Poblado espirituano de Mayajigua: entre leyendas y aguas medicinales

En esta zona, perteneciente al municipio espirituano de Yaguajay, se ubica la villa San José del Lago, uno de los centros turísticos de aguas termales minero-medicinales más visitados del país

Las aguas de Mayajigua tienen una acción sedante, y se indican en problemas de estrés, neurosis, neurastenia, insomnio y neuralgias.

Mayajigua es un punto de la geografía cubana, al norte de la central provincia de Sancti Spíritus, pleno de historia, leyendas de indios y esclavos, de poetas, guateques y parrandas, surcado por varios ríos, riachuelos y manantiales de aguas medicinales.

La zona, una de las más pobladas en el país en la época precolombina, era denominada por los indígenas Yahuahay. Los investigadores Antonio Núñez Jiménez (1923-1998) y Jorge Ramón Cuevas (1941-2000), afirmaban que esa voz significaba “tierra de las aguas”.

Temprano en el siglo XVI el conquistador Pánfilo de Narváez, (1470-1528) a las órdenes del Adelantado Diego Velázquez (1465-1524), gobernador de Cuba, tomó el territorio de Mayajigua.

En 1530, el actuario del rey Carlos I, Juan de la Torre, escribió al monarca desde Santiago de Cuba: “Se encomendaron a Francisco Velásquez (pariente del gobernador de Cuba) y Diego de Osorio el cacicazgo Yahuahay de Cubanacán”.

El Cabildo residía en San Juan de los Remedios, octava villa que cumplirá el próximo año el medio milenio de fundada por los españoles, regía una extensa jurisdicción con tres asentamientos Guaracabulla, Mayajigua y Taguayabón.

Vasco Porcallo de Figueroa, uno de los más bárbaros conquistadores, llegó a esta localidad en junio de 1515. En la actualidad es una villa de envidiable arquitectura, leyendas, tradiciones, vitrales y grandes aleros.

AGUAS QUE LO CURAN TODO

San José del Lagos es en la actualidad uno de los centros turísticos de aguas termales minero-medicinales más visitados del país.

Para Lito Angola, de piel color ébano y casi centenario que vive muy cerca de Mayajigua, el balneario sirvió de médico natural a los esclavos que escapaban de las haciendas donde eran sometidos al látigo y al cepo.

En animado diálogo comentó que fueron los negros esclavos sus descubridores, animados por sus tradiciones africanas de buscar cura de la naturaleza.

Recibían los dadivosos favores que sobre sus pieles llagadas y adoloridas por el castigo del mayoral ejercían las aguas.

De los manantiales brota el bendito líquido a 30 y 33 grados centígrados, que contribuye al tratamiento de diversas enfermedades.

Los especialistas afirman que las aguas son bicarbonatadas, cálcicas, alcalinas y catabólicas, excelentes para tratamientos renales, sedantes, gastrointestinales, metabólicos y dermatológicos.

Los baños cristalinos tienen una acción sedante, y se indican en problemas de estrés, neurosis, neurastenia, insomnio y neuralgias.

LEYENDA AL ESTILO DE ROBINSO CRUSOE

Durante las acciones del Ejército Libertador Cubano (creado en el siglo XIX para redimir la Isla del coloniaje español) surge en esta zona un singular personaje, El peludo de Mayajigua, al estilo de Robinson Crusoe, el personaje de la famosa novela inglesa.

Distintos historiadores afirman que en Abras Grandes, lugar próximo a Mayajigua, se sucedió un encarnizado enfrentamiento entre cubanos y españoles, quedando en el campo herido el joven negro Enrique Rodríguez Pérez.

Ante la posibilidad de ser apresado decide esconderse en el monte donde logra sanar sus heridas y mantenerse gracias a los beneficios de la naturaleza, poco después se fractura una pierna.

Para alimentarse acudió a las frutas de los árboles y los pocos medios que le acompañaban: los cueros de sus zapatos y la vaina del machete, mientras se frotaba el pie dañado con resina de los árboles y miel de abeja.

Sorteando estas trágicas adversidades, Rodríguez Pérez, acompañado por un perro jíbaro, se va transformado en una leyenda. Toma las cuevas para evadir a los españoles, coloca trampas y otros ardides aprendidos en la manigua.

Se relata que fue descubierto de forma casual por dos mujeres. Horrorizadas llegaron al poblado afirmando que habían visto un monstruo.

El campesino Plácido Cruz, mulato, se decidió ir al encuentro del desconoció y poco a poco -en un lapso de tres años- se convirtió en su amigo.

La paciencia y la humanidad de Cruz pudieron más que la rebeldía de aquel hombre de color azabache con ropas tejidas con fibras. El 4 de junio de 1910 los pobladores, algunos asustados y otros asombrados, vieron llegar al crusoe cubano: El peludo de Mayajigua.



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