Sida: historias con rostros

Conmemoran en Sancti Spíritus Día Mundial de lucha contra el sida

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La única vez que lo vi fue en una fotografía desteñida pegada en una sábana blanca inmensa. Aun en sepia me impresionó su rostro de quien apenas comienza a vivir y aquella sonrisa a medias como el que esconde quién sabe cuáles complicidades; pero lo que más me conmocionó fueron los zapatos de canastilla al lado de la foto —que obviamente ya no calzaba pese a la cara juvenil— y aquellas trazos de plumón donde se leía: “Estás siempre presente mi niño, aunque el sida te haya llevado tan pronto. Un beso: mamá”.

Puedo recordar que eran esas más o menos las palabras exactas. Bastaba el mensaje, tatuado también en el lienzo blanco, para que el sida doliera más allá de los rostros, de los objetos personales que se aferraban a la tela blanca, de las dedicatorias que intentaban asir la eternidad.

Y detrás de cada uno de esos sorbos de vida las historias de intolerancias, de inseguridades, de desprotecciones, de contagios, de muertes… Se revuelven todas de golpe cada primero de diciembre cuando aquellas sábanas —estandartes del Proyecto Memoria que intentan recordar los flagelos del VIH/sida— se tienden sobre el parque Serafín Sánchez en Sancti Spíritus o en cualquier calle de la isla.

Este año puede que no sea diferente. Al menos, desde hace un mes se vienen adelantando las conmemoraciones, quizás porque la pandemia acecha todos los días de este mundo. Hasta centros educacionales y laborales del territorio han llegado las charlas educativas, la proyección de películas sobre el tema, los conversatorios recurrentes para recordar la importancia de la protección, las galas culturales…

Hoy se abrirán, una vez más, los buroes de información y se pregonará a los cuatro vientos la necesidad de usar preservativos y de unir varias manos en una lucha que por estos días repite a coro los lemas: “Cero nuevas infecciones”, “cero muertes relacionadas con el sida” y “cero estigma y discriminación”.

Este primero de diciembre quizás me sorprendan de nuevo los lazos rojos colgados en no pocos pechos; pero podría asegurar que no podrán arrancarme lágrimas. Y no por insensibilidades. Lo único que sé es que si el piso del parque Serafín Sánchez vuelve a convertirse en una inmensa sábana blanca y aparece aquella foto en sepia, unos zapatos de canastilla que solo han quedado de reliquia y las letras tristes de una madre inconsolable, difícilmente podré evitar ese nudo en la garganta.

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