Una colmena en el puente Dulce Guayaba

La obra es clave para comunicar varios asentamientos rurales en zonas cercanas a Zaza del medio. La filosofía campesina de atajar el problema antes de que se hinche marcó la reparación de un emblemático puente en zonas rurales del municipio de Taguasco

 

Cuando hace algunos días un misterioso hueco amenazó con tragarse la gente, los vehículos y hasta el mismísimo puente Dulce Guayaba, un pasadero que desde tiempos inmemoriales comunica a Zaza del Medio con varias comunidades del municipio de Taguasco, a nadie en la zona se le ocurrió sentarse a esperar el proceso de rendición de cuenta, que entonces se estaba gestando, para formular un planteamiento con todas las de la ley.

El emblemático viaducto, que debe el nombre precisamente a su parecido con las antiguas cajas en que se envasaba uno de los dulces más populares de la región —estrecho, alargado y con tapias a  ambos lados—, es ruta obligada para los habitantes de La Amistad, La Larga, Los Tramojos, Gandarilla, La Nueva, Las Varas y La Rana.

Cuentan los más viejos que antes de construirse la carretera Tres Palmas-Jíquima de Peláez, cuando las crecidas del Zaza ahogaban el paso por El Saltadero, muchos choferes avispados se la jugaban por el puente Dulce Guayaba para ahorrarse decenas de kilómetros en su tránsito hacia Yaguajay, aunque el lance les pareciera un examen de equilibrismo y les costara algún que otro roce de espejos en esta suerte de desfiladero artificial.

Construido sobre uno de los meandros del Zaza con una tecnología relativamente apropiada para su época, el puente ha resistido el paso del tiempo, el tránsito de vehículos ligeros y pesados, los temporales de todo tipo y hasta la falta de mantenimiento por años, pero los sucesos de los últimos días, entre moraleja y moraleja, vinieron también a probar que tampoco está dotado del don de la perpetuidad, atribuido en no pocas versiones folclóricas.

Hasta la furnia del Dulce Guayaba llegaron en cuestión de horas y sin mucho formalismo la gente de Comunales y de Mantenimiento Vial; el concurso de la Unidad Empresarial de Base Asistencia y Servicio, de la fábrica de cemento Siguaney; el empuje del gobierno de la provincia y por supuesto del municipio.

El zafarrancho se completó con el diligencia de los operarios, un trompo de hormigón y dos camiones de rajón, que si bien no son la solución definitiva para salvar esta suerte de pieza de museo extraviada en medio de la manigua —otros problemas estructurales mantienen la cabeza asomada—, al menos le devolvieron su valor de uso en unas pocas jornadas, una fórmula que en buena medida está emparentada con la filosofía campesina de atajar el problema antes de que este se hinche.

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