Caballeros de la libertad

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Durante aquellas durísimas jornadas el Che debió combatir además contra el asma que lo agobiaba.

En julio de 1958 se consolidó la gran victoria del Ejército Rebelde sobre la aparatosa ofensiva de las Fuerzas Armadas de la tiranía de Fulgencio Batista contra el firme de la Sierra Maestra. Ante aquella coyuntura favorable, el Comandante Fidel Castro, jefe de las fuerzas revolucionarias, decidió no perder la oportunidad de acelerar el triunfo por medio de una operación estratégica que consistía en hacer avanzar hacia occidente dos columnas invasoras.

Se trataba de reeditar, en pleno siglo XX, la hazaña realizada en 1895 por el Generalísimo Máximo Gómez y el Lugarteniente General Antonio Maceo, cuando al frente de un nutrido contingente del Ejército Libertador irrumpieron en el occidente del país para incorporar esos territorios a la revolución independentista.

Fidel designó a los curtidos comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara para encabezar esas fuerzas y emitió al efecto sendas órdenes militares, en las cuales se asignaba a Camilo avanzar hasta los confines de la isla en la provincia de Pinar del Río, y al Che, llegar hasta la cordillera de Guamuhaya en la entonces provincia de Las Villas, y allí lograr la unidad entre todos los grupos, la cual se veía afectada por el sectarismo del II Frente Nacional del Escambray, que entorpecía sobremanera la lucha contra Batista.

DESDE EL SALTO Y JIBACOA

La Columna Invasora No. 2 Antonio Maceo al mando de Camilo partió el 21 de agosto de 1958 desde El Salto, sitio del municipio de Bartolomé Masó en la provincia de Granma, en plena Sierra Maestra, y el 31 le seguirían el Che y su Columna No. 8 Ciro Redondo, de Jibacoa, lo que confirma en nota a Fidel.

De inicio, todo fluyó de manera bastante “normal” hasta que ambos contingentes dejaron atrás el difícil terreno de las comarcas orientales para internarse en los llanos del Camagüey, donde al embate del hambre, se unió el de las plagas de mosquitos y jejenes, el azote de ciclones, y todo ello mientras se abrían paso entre frecuentes emboscadas y eran fuertemente acosados por la aviación y la infantería del régimen.

Cuando la Columna No. 2 entró a la provincia de Las Villas, el estado físico de la mayoría de sus integrantes era lamentable. El Comandante William Gálvez lo describe así: “La tropa padecía innumerables dolencias: pies llagados y afecciones bronquiales, además de diversos tipos de trastornos digestivos y otros males provocados por las agotadoras marchas que los difíciles caminos y la escasa alimentación habían hecho aún más extenuantes”.

El 7 de octubre revistió para los invasores una connotación especial. En su informe a Fidel, redactado horas después de su llegada al norte espirituano, Camilo escribió: “El día amaneció nublado y lloviendo, Camagüey nos despedía como nos recibió ¡con un ciclón!”.

“¡El río Jatibonico! Se puso una soga, el agua daba al pecho y la corriente era fuerte. Yo besé la tierra villaclareña, todos los hombres estaban alborotados (…) Camagüey quedaba atrás. Camagüey y sus horas difíciles. Camagüey y sus horas de hambre”.

El 8 de octubre, a las seis de la mañana, el entonces Capitán Sergio del Valle, médico de la tropa de Camilo, anotaba en su diario de guerra, lo siguiente: “Llegamos a un campamento —en Jobo Rosado— comandado por el Sr. Félix Torres, de ideas comunistas, muy bien organizado, desde el principio puso todo su interés en cooperar y ayudarnos, estamos convencidos de que tenemos una causa común, la lucha por la libertad, la lucha contra la tiranía”.

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Camilo, devoto lector, aún en los azarosos días de la Invasión.

DEL CREPÚSCULO AL AMANECER

Entretanto el Che, que avanzaba por el sur camagüeyano, en medio de ciénagas y muladares, se acercaba penosamente a su objetivo, con casi ningún apoyo humano a través de una geografía inhóspita y poco poblada.

A lo largo de casi 50 días los 140 guerrilleros —el número fluctúa— han recorrido más de 600 kilómetros desde la Sierra Maestra, jalonados de bombardeos y ametrallamientos aéreos, del constante acoso de fuerzas superiores del enemigo, de escaramuzas y combates, de casi no dormir, de prácticamente no comer, del azote de dos ciclones, mojados hasta los tuétanos y con los pies deshechos por la interminable caminata.

Pero resultan inconmovibles el apego a los ideales de redención para Cuba y la decisión irrenunciable de victoria. El 13 de octubre ya otean en lontananza por el oeste “una mancha azul en el horizonte”. El 14 los combatientes cruzan el río Jatibonico y entran en la jurisdicción espirituana, prosiguiendo luego su marcha hacia occidente. Los combatientes no pueden evitar que se desaten sus emociones al adentrarse en un medio frondoso y ver o presentir la promisoria cercanía de las montañas.

Che describiría después magistralmente ese momento: “El paso del Jatibonico fue como símbolo de un pasaje de las tinieblas a la luz”. La invasión, una gesta prodigiosa, había sido culminada con éxito por el argentino y sus hombres, al igual que por Camilo y los suyos, arribados al norte villareño una semana antes.

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