Camilo Cienfuegos: la obsesión por encontrarlo

Camilo Cienfuegos
Camilo Cienfuegos desapareció cuando apenas tenía 27 años.

Desde aquella madrugada de principios de noviembre de 1959 en que soñó con Camilo Cienfuegos, Yolanda de las Mercedes Ruiz no volvió a creer en sus dotes de médium. Se había despertado a las cinco de la mañana después de una visión tan nítida como para sacarle las dudas del cuerpo: el héroe que ella conoció en Yaguajay algunos meses antes, en medio de la vorágine libertaria, no estaba muerto sino malherido en los cayos al norte del poblado.

 

Una flor para Camilo

Camilo Cienfuegos: El mar no pudo llevarse la esperanza

“A mi alrededor todos se lamentaban por la pérdida, pero yo tenía la seguridad de que iban a encontrarlo —confiesa a los 85 años bien cumplidos sin perdonarse todavía el error—. Me desengañé tanto que nunca más traté de buscarle sentido a las cosas que se le ocurren a una cuando está dormida”.

La suya fue una corazonada común entre miles de personas a lo largo y ancho de la isla, más atribuible al estado de desasosiego general por la desaparición inexplicable del Comandante rebelde que a cualquier motivo de índole metafísica.

Afligido en extremo, el pueblo se mantuvo aferrado a cuanto recurso le diera esperanzas, al punto de que Luis M. Buch y Reinaldo Suárez en su libro Gobierno Revolucionario Cubano, primeros pasos, dieron fe de lo que llamaron la obsesión por encontrarlo.

“Aunque pueda parecer increíble a estas alturas, en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias fueron atendidas todas las personas que aducían haber soñado, visto o presentido cualquier circunstancia. Al decir de Fidel, se hizo lo humano y lo no humano por hallar a Camilo”. Pero no fue suficiente.

Aún el 29 de octubre no pocos oficiales confiaban en que Camilo hubiera hecho un alto en Mayajigua, Yaguajay o cualquier otro punto intermedio del recorrido, pero ninguna de las pistas confirmó el aterrizaje. El pueblo supo entonces de la desesperada búsqueda por mar y tierra que apenas comenzaba y que se extendería hasta el 11 de noviembre con la resignación como único resultado.

En su columna Última hora narró el periódico yayabero El Fénix los pormenores de las pesquisas: “… de Ciudad Libertad salieron numerosos aviones y dos helicópteros, para volar sobre la ruta de Camagüey a La Habana”; “… el doctor Fidel Castro participa a bordo del avión Sierra Maestra”; “… la Marina revolucionaria interviene con la fragata Máximo Gómez, un guardacostas y cuatro lanchas patrulla”.

La voz popular, ora deprimida, ora eufórica, enrevesaba y reconstruía nuevos relatos, salía a las calles cuando se anunciaba el descubrimiento de un ala de avioneta o para festejar el regreso en el que sólo creía por obra y gracia de la fe.

Aida Espinosa, una de aquellas espirituanas inmersas en las transformaciones revolucionarias, rescata de sus nostalgias las jornadas inciertas de octubre y noviembre del 59, cuando “a nadie le cabía en la cabeza que se perdiera así, sin dejar rastro”.

“Lo que más recuerdo es la angustia de la gente —evoca—. En la calle no se hablaba de nada más; hasta los que no habían visto nunca a Camilo se lamentaban y se dejaban arrastrar por las noticias de su aparición, que a la larga terminaron por ser todas falsas”.

Entre ellas, la de una vecina del Escambray trinitario que avisó a las autoridades locales sobre la caída de un objeto al mar. En un laboratorio de La Habana se corroboró que las manchas analizadas contenían aceite de aviación, lo que atizó el jolgorio de pueblo, pero investigaciones más exhaustivas echaron por tierra las esperanzas, que para ese momento ya habían comenzado a sucumbir.

Finalmente, tras dos semanas de recorrer el archipiélago palmo a palmo y de dividirlo en cuadrículas para auscultar los menores indicios, el desencanto se hizo tangible: el hombre que cautivó a Cuba entera a golpe de osadía y desenfado, el que se forjó en la lucha como la más genuina síntesis del ser nacional, había desaparecido definitivamente.

En el alma atribulada de la Patria quedó, para siempre, su imagen de héroe joven, la sonrisa suspendida en el retrato de los 27 años y el consuelo de haber agotado hasta el último recurso entre los cayos y las premoniciones de una isla a la que no ha dejado de hacerle falta.

Tomado de cubaprofunda.wordpress.com

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