Dialogar desde el folclor (+ fotos)

La comunidad de Condado, en el Plan Turquino trinitario, trasmutó este sábado en un escenario a cielo abierto donde la agrupación espirituana Cabotín Teatro presentó su obra La mano del negro

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Apenas vislumbraron la guagua amarilla en el pueblo, los habitantes de Condado sospecharon que la jornada de este sábado sería atípica; sospechas ratificadas minutos después al advertir tambores, vestimentas de esclavos, símbolos de la religión africana… interrumpir el paso de vehículos en la calle principal.

Atónitos, vieron cómo unos supuestos intrusos —¿acaso conquistadores postmodernos?— invadían esa comunidad levantada entre palmas y veredas pulverulentas, plantaban en el balcón de una casa una especie de estandarte que rezaba “Grupo Cabotín Teatro: La mano del negro, tocaban en las puertas del barrio e invitaban a los habitantes a asomarse.

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Empezó el toque de tambores, acompañado de una danza de los tiempos del azúcar. A lo lejos, un esclavo bailaba con delirio; otro cargaba con una cruz a cuestas y la voz de un sacerdote montado en zancos anunciaba a voz en cuello: “Aléjense de la villa de la Santísima Trinidad porque ese esclavo está maldito”. Entonces más de un morador creyó haber viajado en el tiempo.

Los zancos llamaron la atención de los pequeños de la comunidad.

Tal efecto solo ocurre cuando se está en presencia de un arte legítimo, de una propuesta de exquisita factura. Por eso ni las temperaturas inclementes lograron ahuyentar a los lugareños, quienes aumentaban a cada minuto, ávidos por disfrutar de lo que bien pudiera considerarse un acontecimiento en esos parajes: disfrutar de una obra de teatro, más si está basada en un hecho histórico de Trinidad.

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Por vez primera, Cabotín Teatro, de Sancti Spíritus, ponía a consideración de los espectadores de Condado la obra La mano del negro, escrita por Laudel de Jesús, director de la agrupación, basada en los sucesos de tiempos coloniales, cuando un esclavo, luego de recibir 50 azotes públicos, fue condenado a que se le cortara la mano derecha por hurtar comida al jefe del pueblo; hecho que el historiador Francisco Marín Villafuerte considerara “uno de los más trágicos y dolorosos del período”.

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Cantos, danzas, rezos, música e interpretación fueron asumidos por los actores, quienes encarnaron, incluso, más de un personaje; especies de hombres y mujeres orquestas con aptitudes en más de una manifestación artística, capaces de interactuar codo a codo con el público en plena carretera.

“El teatro constituye un diálogo con el pueblo —afirma Laudel de Jesús—. Para lograr llevarles un arte lo más orgánico y sincero posible, es necesario hacerlo desde el folclor porque es la cultura perteneciente al pueblo mismo. Según Eugenio Barba, director italiano e investigador teatral existen tres arquetipos que conmueven: el recuerdo de las humillaciones recibidas, la necesidad de ser amado y el recuerdo de aquello que nos han prohibido. La puesta en escena analiza la esclavitud como hecho humano e histórico. Los esclavos fueron sacados de su país, de su familia y cultura, sembrados en una tierra desconocida. El amor se les perdió. Ahí hay un dolor que nos acompaña todavía, y debe denunciarse”.

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Respaldada por una sólida investigación, la obra sorprende por la caracterización de los personajes. Por eso Carlos Valiño, especialista en el arte de las tablas a nivel nacional, escribía que La mano…“ha llegado hasta las fuentes mismas y se ha metido en el cuerpo de actrices y actores, quienes devuelven la ficción con inusual poderío (…) La agrupación absorbe, de este paraje de saber vivo, una memoria actualizada que le aportará nuevos cimientos para crecer y una sólida capacidad de trasmitir una cultura desconocida por muchos, y a su vez parte actuante del sustrato nacional”.

Luego de semejante jornada, los habitantes de ese punto en la geografía rural de la tercer villa de Cuba vieron con cierta pena en la mirada levantar la efímera carpa erigida horas antes. Entonces les quedó el dulce sabor si recordaban a aquel esclavo tendido en pleno asfalto, pero también la amargura que provoca la incertidumbre de saber cuándo volverán a experimentar otro sacudión cultural de semejante magnitud.

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