El Salvador: verdadero Virginius trinitario

La segunda expedición del precario navío a las costas cubanas en octubre de 1870 fue un completo fracaso donde la cobardía y la impericia se unieron para conducir a la tragedia.

sancti spiritus, cuba, historia de cuba, la guerra de los diez años, trinidad
Muchos de estos barcos llegaron a las costas cubanas por puro milagro. Tal era su deplorable estado.

Ocho de octubre de 1870. Desde un aislado apartadero del puerto de Nassau, Bahamas, entonces colonia británica al norte-noreste de Cuba, zarpó silenciosamente con las primeras sombras del anochecer, el viejo y maltrecho vapor Salvador, con 21 expedicionarios a bordo y un cargamento de armas y suministros que debía desembarcar cuanto antes en el centro-sur de Cuba.

Esos medios bélicos eran esperados con impaciencia por el general Federico Fernández Cavada, que operaba en la zona de Trinidad y apremiaba a los encargados en la emigración para que los alijaran cuanto antes en la próxima expedición que fuese posible enviar a la isla, la cual debía desembarcar cerca de Tayabacoa.

Pero el hado siniestro del fracaso parece que acompañaba a toda empresa de Fernando López de Queralta, jefe de aquel contingente, notorio un cuarto de siglo después por haber hecho fracasar a inicios de 1895 el plan maestro de Martí para la independencia de Cuba: la triple expedición de Fernandina.

Además de las múltiples vicisitudes que afrontó este proyecto del Salvador durante los preparativos, una vez hecho a la mar pronto empezaron los tropiezos de todo tipo. Seis horas después de la partida la embarcación tuvo que echar anclas entre los cayos

porque por ineptitud o mala fe, ni el capitán Halker ni el piloto bahamés Edquerint sabían como orientarse en la espesa penumbra.

Después de incontables peripecias y discusiones con el capitán y otros miembros de la tripulación, por fin el día 17 de octubre avistaron la costa de Cuba y el piloto Vicente Jiménez ordenó poner rumbo a cayo Zaza, a donde arribaron aproximadamente a las siete de la noche. Desembarcan y observan numerosas luces moviéndose de abajo arriba, como si se tratara de señales hechas desde tierra.

A bordo de un bote el capitán, pese a la oposición de Jiménez, bogó en dirección a las luces hasta comprobar que nada tenían que ver con ellos, por lo que deciden poner rumbo mar afuera y retornar a la noche siguiente después de que —a una hora fija— pasara la cañonera española que patrullaba el litoral por esa zona.

Así lo hicieron, y explorando la costa en una lancha, no encontraron un lugar apropiado para bajar el alijo, pero sus tripulantes dijeron que más al noroeste, hacia Trinidad, había uno con mejores condiciones. Hacia allí navegó el Salvador y empezó la descarga.

Con las primeras luces y anclado el bajel a la vista de la villa de Trinidad, donde se observaba el movimiento de tropas peninsulares, la tripulación intentó marcharse, pero no lo logra porque los maquinistas, conscientes de la falta de carbón, también habían desembarcado; de ahí que, de consuno con el capitán, intentan desfondar el navío golpeando desde dentro con mandarrias el precario casco, pero las aceradas planchas resisten.

Entonces decidieron abrir las válvulas situadas sobre la quilla y, mientras el buque se iba sumergiendo con la mayor parte de los 1 200 fusiles, 200 cajas de municiones y cierto número de machetes aún a bordo, ellos subieron a los botes y empezaron a alejarse.

Entretanto, un pequeño grupo encabezado por Ramón Roa avistó una casa a cierta distancia y salió a explorarla por tierra, mientras otros en un pequeño esquife lo hacían por mar. Habían llegado, sin saberlo, al hogar del Calafate Mayor de Casilda, y allí se enteraron de que estaban en el puerto de Trinidad y que sus señales solo sirvieron para alertar a los soldados, que ya confluían sobre el lugar.

En el ínterin, los expedicionarios que se quedaron en la playa abandonaron el cargamento y se ocultaron en los manglares, desde donde observaron como el enemigo ocupaba el vapor medio hundido entre los obstáculos de la costa. En la huida todos lograron reunirse, menos el habanero Andrés Penientes, de 44 años, quien fue ejecutado el 15 de octubre y el médico Vicente Rodríguez, también de 44 años, fusilado el 13 del propio mes, en La mano del negro.

Años después el periodista Manuel de la Cruz relató el destino posterior del grupo, que en un inicio avanzó por el río Guanayara en dirección a las montañas y padecieron penurias y sufrimientos indecibles: “El infatigable Juan Osorio murió fusilado en Nuevitas; su hermano Pascual, macheteado; José Feu y el habanero Jackson murieron de hambre; Pedro Ambrom y Joaquín Pizano, ahorcados por el enemigo; José Botella, graduado alférez, asistió a una acción, enfermó de fiebre, y murió de dos balazos”.

La relación de calamidades para los participantes en la malhadada expedición parecía no terminar, pues Manuel Pimentel, teniente jefe de la escolta de Ignacio Agramonte, murió en la acción del Carmen; Eduardo Toralla, asaltado en un rancho, pereció peleando con un machete; Narciso Martínez falleció en Las Tunas y los 17 tripulantes del Salvador fueron apresados en el mar y sometidos a sumarísimo.

Fue, en fin, uno de los desastres más sonados entre todas las expediciones mambisas de la Guerra Grande, equiparable —salvando las distancias— al del Viginius en Santiago de Cuba, en noviembre de 1873, que se saldó con el fusilamiento de 53 de sus casi 300 tripulantes y expedicionarios.

Nota: Para la elaboración de este trabajo resultaron esenciales los textos Expediciones navales de la Guerra de los Diez Años, de Milagros Gálvez Aguilera —Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2000— e Historia de Trinidad, Parte Quinta, Capítulo IV, de Francisco Marín Villafuerte.

One comment

  1. Me gustan mucho sus articulos sobre la poco conocida historia de las guerras mambisas en Snacti Spiritus.Ojala continue ilustrandonos con ellas.

Deja un comentario

Escambray se reserva el derecho de moderar aquellos comentarios que irrespeten los criterios ajenos, ofendan, usen frases vulgares o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social.