El vía crucis de la finca Palmarito

El asesinato hace 54 años del joven alfabetizador Manuel Ascunce y su alumno Pedro Lantigua clasifica como uno de los crímenes más repugnantes de los cometidos por las bandas de alzados en todo el país.

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Monumento erigido en Limones Cantero a la memoria de Manuel y Pedro. (Foto: Vicente Brito)

Cuando fue ahorcado en la noche del domingo 26 de noviembre de 1961, el joven Manuel Ascunce Domenech no había cumplido más que 16 años, llevaba en el lomerío villareño apenas tres meses y como maestro voluntario había alfabetizado a una única alumna, Neysa Fernández, una guajirita de Limones Cantero a la cual él mismo ayudó días antes a preparar su fiesta de quince.

Nacido en Sagua la Grande, pero desde los dos años radicado en la barriada habanera de Luyanó, Manolito como le decían, se aclimató enseguida a los rigores del campo y en casa del matrimonio formado por Juan Fernández y Teresa Rojas, fue aceptado como un hijo más de aquella familia humildísima, que lo enseñó a sacar agua de un pozo de brocal, a comer pan con caldo loco y a tomar la leche recién extraída de las vacas.

Como encantados quedaron los muchachos de la casa aquel 8 de octubre al descubrir la tableta de hielo seco que había traído desde La Habana Evelia Domenech, la madre de Manuel, para preservar el cake de helado que el brigadista había solicitado exclusivamente en una carta, cuando invitó a los suyos a la fiesta de quince de su alumna.

Casi un mes después, el 5 de noviembre, el maestro firmaría el certificado de alfabetización de Neysa en un acto celebrado en Condado y se iría a casa de Pedro Lantigua, un miliciano recio y a la vez bondadoso, que cuidaba la finca Palmarito, intervenida a su dueño meses atrás y ubicada en una zona cercana al río Ay, también en Limones Cantero, término municipal de Trinidad.

Evelia no pudo visitarlo en casa de los Lantigua, pero sí tuvo noticias de que Manolito también allí se sentía a sus anchas, que era mimado como un hijo más por doña Mariana de la Viña, la esposa de Pedro, y que este último lo llevaba a recoger café por aquellos montes casi vírgenes, donde los muchachos se bañaban en los ríos transparentes y correteaban a caballo.

MAESTROS A LA HORCA

Aunque quizás fue el de mayor resonancia en toda Cuba, el crimen del 26 de noviembre de 1961 no fue el primero de los perpetrados por las bandas de alzados que por órdenes directas de la Agencia Central de Inteligencia pretendieron hacer fracasar los planes de desarrollo económico y social de la naciente Revolución, entre ellos el atrevido proyecto cultural que representó la Campaña de Alfabetización.

Considerada como una experiencia inédita de la que todavía se sigue bebiendo en el continente, en la empresa participaron 34 772 educadores voluntarios, 120 632 alfabetizadores populares, 13 016 brigadistas Patria o Muerte (del sector obrero) y más de 100 000 estudiantes de las brigadas Conrado Benítez (de la juventud), quienes literalmente peinaron el país de este a este y de sur a norte.

Maestros a la horca pareció ser la traducción que hicieron los grupos terroristas de las órdenes emitidas por los agentes de la CIA y el gobierno de los Estados Unidos, un festín que comenzó con el secuestro y posterior asesinato, el 5 de enero de 1961, del joven Conrado Benítez García y del campesino Eliodoro Rodríguez Linares, conocido como Erineo, los que fueron ejecutados en Las Tinajitas, San Ambrosio, Trinidad, por los hombres de Osvaldo Ramírez.

Días después, el 21 de febrero de 1961, la banda de Benito Campos Pírez, “Campito”, apuñaló y estranguló en la finca Cayo Bonito, zona de San Pedro de Mayabón, en Los Arabos, Matanzas, al alfabetizador popular Pedro Miguel Morejón Quintana, de apenas 20 años de edad, y el 29 de mayo en El Nicho, Cumanayagua, el brigadista Pedro Blanco Gómez, un niño de solo 13 años, fue asesinado por un disparo en la cabeza.

El doctor Pedro Etcheverry Vázquez, especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado, del Ministerio del Interior, que ha estudiado profundamente esta etapa del terrorismo contra Cuba, asegura que el inventario de crímenes continuó el 4 de agosto del propio 1961 cuando la banda de Pedro Celestino Sánchez secuestró al campesino Modesto Serrano Rodríguez, en la zona de Rangel, en Pinar del Río, y lo sometió a brutales torturas hasta producirle la muerte.

Como si no fueran suficientes tales crímenes, el 22 de septiembre fue ahorcado en Palo Prieto, de Jiquiabo, en Santo Domingo, Las Villas, el campesino Tomás Reinaldo Hormiga García, quien fungía como colaborador municipal de los alfabetizadores; el 3 de octubre, en La Luisa, barrio Paso Cavado, en Quemado de Güines, el brigadista Patria o Muerte Delfín Sen Cedré y el día 7 del propio mes, en la finca La Esperanza, de esa misma localidad, fue secuestrado y posteriormente ahorcado el campesino José Taurino Galindo Perdigón, quien se había destacado por su desempeño como alfabetizador popular, los tres a manos de la banda de Margarito Lanza Flores, alias Tondike.

Un mes antes del vía crucis de la finca Palmarito, el 26 de octubre, falleció en La Habana el campesino Vicente Santana Ortega, un entusiasta colaborador del proyecto revolucionario en Pedro Betancourt, Matanzas, que días atrás había sido salvajemente golpeado por un grupo de alzados de la zona.

Ninguno de estos hechos, sin embargo, malogró la movilización nacional que implicó la Campaña de Alfabetización, valorada hoy como el primer gran acontecimiento cultural de la Revolución, que no solo enseñó a leer y a escribir a más de 707 000 cubanos en cuestión de meses, sino que le permitió al país rebajar su índice de analfabetismo de 23.6 por ciento a 3.9 (quedaron como iletrados solamente personas de avanzada edad o con padecimientos de salud invalidantes).

YO SOY EL MAESTRO

Los cientos de turistas extranjeros que hoy transitan a diario por el Circuito Sur entre las ciudades de Sancti Spíritus y Trinidad difícilmente hayan podido descifrar el significado de una valla metálica sembrada a un costado de la carretera en el poblado de Manaca Iznaga, la cual tiene grabadas las imágenes de un adolescente y un farol chino junto a la inscripción: “Yo soy el maestro”.

Según testimonió más de una vez Mariana de la Viña, con esa frase desafió Manuel Ascunce a los bandidos camuflados de verde olivo, cuando ella intentó disimularlo entre la prole aquel aciago 26 de noviembre de 1961.

—Con que este es el maestro comunista que tienen por aquí, masculló uno de aquellos hombres, servidores de Julio Emilio Carretero, Pedro González y Braulio Amador, de los más connotados jefes de bandas en todo el Escambray.

Los gritos de Mariana se los tragó la noche más oscura de cuantas hayan transcurrido en Limones Cantero y los cuerpos de Pedro y Manolito fueron encontrados al día siguiente colgados de una acacia mediana, no muy lejos del sitio donde la esposa y los hijos del combatiente buscaron refugio a la espera de que alguien les confirmara la macabra noticia que ya todos venían presintiendo.

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