En el mismo Escambray

Polo Viejo, una de las comunidades más intrincadas del lomerío espirituano. (Foto: Borrego)
Polo Viejo, una de las comunidades más intrincadas del lomerío espirituano. (Foto: Borrego)

A 50 años de la victoria sobre las bandas de alzados que intentaron patentar el terror como método de lucha, en el Escambray se escribe una historia muy diferente.

El hallazgo y la posterior identificación hace algunos años de los restos del miliciano Ernesto Guerra Nieblas, quien se encontraba desaparecido en la zona de Topes de Collantes desde el 8 de agosto de 1961, vino a revivir la historia imperturbable de dolor y resistencia que subyace, por más de medio siglo, en las montañas del Escambray.

El joven combatiente, que por aquellos días se recuperaba de una dolencia en una de sus piernas, fue sacado por la fuerza de su propia casa, en Arroyo Grande, por integrantes de la banda de Blas Tardío, una de las tantas que operaban en la región, quienes no conformes con secuestrarlo y martirizarlo hasta la muerte, lo lanzaron al fondo de una cueva en Boca de Carrera, paraje casi inexpugnable del lomerío escambraico.

Tiempo después del asesinato, durante las jornadas de interrogatorios y reconstrucción de los hechos, los mismos hombres que halaron la soga con que fuera ahorcado Ernesto, reconocieron que el móvil del crimen no fue otro que ajustarle cuentas al muchacho por el único pecado de haberse involucrado en la confiscación de bienes mal habidos.

A lo largo del proceso captores y victimarios confesaron sus culpas, pero ni ellos mismos pudieron ubicar el lugar exacto donde ocultaron el cadáver del joven de 25 años, milagrosamente encontrado en el 2008 por un cazador eventual que se sumergió en aquella gruta enmascarada con esmero, de donde salió con su perro Canelo sano y salvo y con las evidencias que durante casi cuatro décadas habían esperado los familiares y amigos de Tico.

El mejoramiento de los caminos ha sido prioridad en las comunidades del Escambray. Foto: Vicente Brito

APLATANADOS EN POLO VIEJO

Con las mismas manos con que durante dos horas disparó su fusil para defender el cuar­tel de milicias, Julio del Sol ayudó a levantar hace un par de años el obelisco que hoy recuerda uno de los episodios más me­diáticos de la Lucha Contra Bandidos en esta parte del país: la defensa de Polo Viejo.

Cuentan que el 25 de enero de 1963 Julio Emilio Carretero, exguardia de Batista, autoproclamado comandante del Escambray y asesino de Manuel Ascunce, Pedro Lantigua y la familia Romero, había mandado a asar un puerco no muy lejos del lugar para festejar con sus allegados la toma de aquel objetivo, que más bien parecía un regalo de año nuevo para el medio centenar de alzados que se abalanzó sobre la humilde fortaleza.

La toma de aquel objetivo más bien parecía un regalo de año nuevo para el medio centenar de alzados que se abalanzó sobre la humilde fortaleza.

La quema de la escuela, la planta eléctrica y ocho casas de la comunidad; los asesinatos de Eustaquio Calzada Ponce y Fermín Rubén Trujillo y la exhortación a los sitiados a que entregaran las armas a cambio del perdón, no hicieron más que enaltecer a los defensores del cuartel: solo tres hombres, una mujer y un niño de nueve años, que a la postre forzaron la retirada de los asaltantes y le malograron el festín a Carretero.

Alrededor de las ruinas del cuartel, donde ahora se levanta el monumento que Julio del Sol ayudó a construir, se asentó el batey que los bandidos intentaron borrar y, tiempo después, en 1984, se fundó la cooperativa de producción agropecuaria 21 Aniversario de la Defensa de Polo Viejo, dedicada al cultivo del café y también a la producción de viandas y vegetales.

Cuando el camino está reparado, como en los últimos tiempos, a la comunidad se pue­de llegar lo mismo en una guagua que en un Lada, pero cuando las lluvias dicen aquí estoy y las riadas borran el atajo, hasta los mulos se las ven negras para trepar por unas cuestas tan escarpadas.

Aun así, Arnaldo Rodríguez, presidente de la cooperativa y hombre orquesta en estos predios, dice que la gente de Polo Viejo se siente a gusto en el lugar y que raras veces emigra de la zona, un comportamiento que, según él, se corresponde con la vocación serrana de vivir monte adentro y también con las condiciones creadas en la comunidad, donde la gente tie­ne empleo seguro y funcionan la escuela, el consultorio médico, la tienda, la farmacia y el círculo social.

Guarandinga típica para el ascenso a lo más alto de la serranía espirituana. Foto: Vicente Brito

CON LAS NUBES EN LA VENTANA

Poblada también por guajiros mansos y laboriosos, la zona de Topes de Collantes por suerte no es reconocida únicamente por historias tan crueles como la del miliciano Ernesto Guerra Nieblas, uno de los cientos de víctimas que dejó aquella contienda de seis años, cuyo epicentro se ubicó, precisamente, en las lomas del Escambray.

Expertos en medioambiente aseguran que de todas las fortunas que atesora Topes de Collantes ninguna resulta tan promisoria co­mo su excepcional microclima, una coraza invisible que como promedio le garantiza a los lugareños temperaturas inferiores en unos ocho o diez grados centígrados a las que se registran en Trinidad, a escasos 22 kilómetros de distancia: abundante sombra y lluvia du­rante la mayor parte del año.

Expertos en medioambiente aseguran que de todas las fortunas que atesora Topes de Collantes ninguna resulta tan promisoria co­mo su excepcional microclima.

Anayansi Albert Rodríguez, una ingeniera pecuaria que ganó su doctorado en el Instituto Nacional de Ciencia Animal y ha ejercido como profesora invitada en universidades de Brasil, Venezuela y Perú, prefiere subir y bajar todos los días la Loma del Mirador o la Curva del Muerto antes que dejar de dormir en la comunidad. “Es que aquí las nubes te entran por la ventana”, acostumbra a responder a quie­nes le reprochan ese aferramiento casi patológico del que, según dice, no sabría salir.

Los de Topes presumen de producir el me­jor café del país, materia prima para la reputada marca Crystal Mountain por la que los japoneses pagan en la actualidad hasta 16 000 dó­lares la tonelada; de contar con una de las reservas ecológicas más auténticas de Cuba y de exhibir en el antiguo chalet de Hor­nedo una de las más completas colecciones de la plástica cubana creada por la vanguardia artística del país en la década de los 80.

A 800 metros sobre el nivel del mar se encuentra el centro del Parque Natural Topes de Collantes, que abarca unos 200 kilómetros cuadrados e incluye opciones tan sorprendentes como Guanayara, Codina, Altiplano, El Cu­bano, El Nicho y cayo Las Iguanas, todas administradas por el grupo Gaviota S.A., que fomenta en la zona el turismo de naturaleza.

Por tal de escuchar el alboroto de las cotorras silvestres, zambullirse en una de las tantas pozas naturales de la zona o simplemente contemplar la feracidad de los valles, cada mes son miles los visitantes nacionales y ex­tranjeros que desafían la carretera angosta y zigzagueante, que más bien parece tatuada en las costillas del lomerío y que no pocas veces pone a hervir los radiadores de los vehículos a la subida del Mirador.

LIMPIO PARA SIEMPRE

Denominado oficialmente Macizo de Gua­muhaya por la Comisión Nacional de Nom­bres Geográficos, pero desde hace unas cuantas décadas rebautizado por la vox populi co­mo Escambray, el segundo grupo montañoso más importante del país (el primero es la Sierra Maestra) se lo reparten desde la Di­visión Político Administrativa de 1976 las provincias de Cienfuegos, Villa Clara y Sancti Spíritus.

Denominado oficialmente Macizo de Gua­muhaya por la Comisión Nacional de Nom­bres Geográficos, desde hace unas cuantas décadas el sistema montañoso del centro del país fue rebautizado por la vox populi co­mo Escambray.

Con una extensión territorial de 1 642,4 kilómetros cuadrados, la coordillera se extiende de este a oeste desde las inmediaciones de Banao y Sancti Spíritus hasta las proximidades de Cienfuegos, y de norte a sur, desde las espaldas de Santa Clara hasta el mar Caribe, espacio que da cobija a unas 30 000 personas, la mitad de las cuales, aproximadamente, está radicada en la geografía espirituana.

Una de ellas, Teresa Tamayo, delegada de la circunscripción 42, en Méyer, no vivió la zozobra de los años sesenta —¡Solavaya!, dice cuando le preguntan—, pero ha escuchado más de una vez las historias de bandidos que se cuentan en el pueblo: que si Osvaldo Ra­mí­rez vino a tirotear un baile pero el río Agabama estaba crecido y no pudo pasar; que si cuando masacraron a la familia Romero los criminales dejaron un papel arriba de los muertos; que si al maestro Conrado Benítez le cortaron los genitales cuando lo estaban ahorcando en San Ambrosio…

A medio siglo de la proclamación de la victoria sobre el bandidismo —este 6 de septiembre se cumplen también 55 años del inicio de la llamada Limpia del Escambray—, en Méyer, uno de los sitios más recónditos de toda la cordillera, Ederto Sotolongo, Hum­ber­to Carpio y Osvaldo Lasval, veteranos combatientes que más de una vez se jugaron el pellejo bajo las órdenes del legendario Ca­ballo de Mayaguara*, confiesan en sus tertulias de ju­bilados que duermen más tranquilos que nun­ca porque, según ellos, el Es­cambray que­dó limpio para siempre.

*Seudónimo por el que se conocía al combatiente Gustavo Castellón Melián, ícono de la Lucha Contra Bandidos en el Escambray.

2 comentarios

  1. Pedro pablo jimenez villa

    Vivi durante 21 años en topes de collantes mi padre fue combatiente de la lucha contra vandidos en el escambray y al concluir la misma se quedo en esa zona por lo que me siento un concedor de la historia local y muy orgulloso de pertener a topes de collantes siendo militar activo atendi esa zona por las fuerzas armadas y hoy siento el mimo amor de mi niñes.

  2. Mateo 7, 2; 13, 12 Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá

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