Escambray contra el olvido

Palabras pronunciadas por Gisselle Morales Rodríguez, subdirectora de nuestro periódico, en la presentación del dossier Las sombras del Escambray.

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En el sitio predominan reportajes, reseñas y entrevistas; galerías de fotos, cronologías, mapas y otros recursos.

El hallazgo y la posterior identificación hace algunos años de los restos del miliciano Ernesto Guerra Nieblas, quien se encontraba desaparecido en la zona de Topes de Collantes desde el 8 de agosto de 1961, vino a revivir la historia imperturbable de dolor y resistencia que subyace, por más de medio siglo, en las montañas del Escambray.

El joven combatiente, que por aquellos días se recuperaba de una dolencia en una de sus piernas, fue sacado por la fuerza de su propia casa, en Arroyo Grande, por integrantes de la banda de Blas Tardío, una de las tantas que operaban en la región, quienes no conformes con secuestrarlo y martirizarlo hasta la muerte, lo lanzaron al fondo de una cueva en Boca de Carrera, paraje casi inexpugnable del lomerío escambraico.

Tiempo después del asesinato, durante las jornadas de interrogatorios y reconstrucción de los hechos, los mismos hombres que halaron la soga con que fuera ahorcado Ernesto, reconocieron que el móvil del crimen no fue otro que ajustarle cuentas al muchacho por el único pecado de haberse involucrado en la confiscación de bienes mal habidos.

A lo largo del proceso captores y victimarios confesaron sus culpas, pero ni ellos mismos pudieron ubicar el lugar exacto donde ocultaron el cadáver del joven de 25 años, milagrosamente encontrado en el 2008 por un cazador eventual que se sumergió en aquella gruta enmascarada con esmero, de donde salió con su perro Canelo sano y salvo y con las evidencias que durante casi cuatro décadas habían esperado los familiares y amigos de Tico, como le decían sus más allegados.

Pero esta es apenas una de las tantas historias que pudiera tragarse el olvido si no se trabaja intencionada y concienzudamente este período de nuestra epopeya revolucionaria, cercano en el tiempo pero vilipendiado y tergiversado como el que más.

La proliferación de bandas armadas en suelo cubano, que Estados Unidos y los enemigos e Cuba se han esforzado en presentar al mundo como una guerra civil, un enfrentamiento entre el naciente gobierno revolucionario y la oposición interna negada a aceptar el comunismo, puede ser explicada de manera fehaciente a partir de documentos oficiales de las propias administraciones norteamericanas, que reconocen abiertamente la participación estadounidense en este capítulo de guerra sucia.

Basta solo recordar el memorando sobre la reunión celebrada el 17 de marzo de 1960 en la que participan las más altas autoridades de aquel país y en la cual el presidente Einsenhower aprobó el llamado “Programa de acción encubierta contra el régimen de Castro”, que entre otras medidas incluía la promoción y el apoyo directo a grupos contrarrevolucionarios dentro de Cuba.

En dicho memorando el general Andrew J. Goodpaster, funcionario de la Casa Blanca y uno de los asistentes al encuentro, realiza una anotación reveladora de la perversidad y la doble moral con que el gobierno norteamericano deseaba conducir el tema cubano desde aquel entonces:

“El presidente dijo que él no conocía plan mejor para manejar esta situación. El gran problema es la filtración y la falta de seguridad. Todo el mundo tiene que estar dispuesto a jurar que él [Eisenhower] no sabe nada de esto. […] dijo que nuestras manos no deben aparecer en nada de lo que se haga”, anotó el general Goodpaster aquel 17 de marzo de 1960 en un acta que Einsenhower seguramente no tuvo tiempo de revisar y mucho menos imaginó que sería revelada varias décadas después.

Como un modesto grano de arena en la construcción de un rascacielos moderno viene a ser Las sombras del Escambray, una suerte de dossier en el que ha trabajado durante meses el colectivo de nuestro periódico, que por fortuna heredó el nombre del sistema montañoso que tenemos a nuestras espaldas, con el imprescindible apoyo de la Delegación Provincial de la Unión de Periodistas de Cuba, que aportó el diseño, la realización y la compilación de algunos textos.

El producto que presentamos hoy es también una vieja deuda del colectivo que hace diez años había realizado una labor similar, incluidos el rastreo y la infatigable búsqueda bibliográfica,y que por razones de cambio de plataforma digital, lamentablemente quedó fuera de la red.

Disponible ahora en la dirección www.escambray.cu/sombras el dossier lo dedicamos al aniversario 50 de la victoria de la naciente Revolución sobre las bandas de alzados que, en esta parte del país, intentaron patentar el terror como método de lucha.

A propósito vale subrayar la frase “en esta parte del país” ya que por la magnitud de los acontecimientos, al menos para nosotros resulta imposible abarcar de manera íntegra el fenómeno que los cubanos bautizamos como bandidismo, un flagelo que perduró durante más de un quinquenio y se extendió a las seis provincias que existían entonces, incluido el sur de La Habana.

No constituye descubrimiento, sin embargo, afirmar que el núcleo principal de aquella lucha se ubicó en las montañas del centro de Cuba, que la Comisión Nacional de Nombres Geográficos denomina oficialmente Macizo de Guamuhaya y que la vox populi desde hace mucho tiempo rebautizó como Escambray.

“Aquí, en esta provincia —dijo Fidel refiriéndose a Las Villas—, el imperialismo y la contrarrevolución enseñaron al pueblo sus entrañas; en esta provincia perpetraron sus crímenes no sólo contra maestros y alfabetizadores, sino contra obreros agrícolas y contra campesinos, tratando de sembrar el terror, perpetrando los mismos crímenes que el pueblo conocía de etapas anteriores“.

De los porqués de aquella guerra, de las operaciones más renombradas, de los héroes humildísimos que hicieron posible la victoria y de cómo sus hijos se quedaron para siempre en esta geografía de 1 642,4 kilómetros cuadrados se habla en Las sombras del Escambray.

El altruismo de Alberto Delgado y su esposa Tomasa del Pino; la astucia del Caballo de Mayaguara, de Puro Villalobo, del Capitán Descalzo y de Mongo Treto; el talento y la entrega de Luis Felipe Dennis, la bondad del Comandante Piti Fajardo y la entrega de de los milicianos de Méyer, que según sus propias confesiones estuvieron cinco años sin dormir por tal de que el pueblo nunca cayera en manos de los bandidos, son algunas de las historias que se cuentan en el dossier, al que deben integrarse los nuevos estudios que se sucedan y la propia dinámica de la realidad.

Construido sobre WordPress, un CMS de indudables ventajas para el usuario, el sitio contiene una parte significativa de la producción periodística generada por el medio desde su fundación hace casi 37 años en la que predominan reportajes, reseñas y entrevistas; galerías de fotos, cronologías, mapas y otros recursos.

En la propuesta que presentamos hoy se privilegia el empleo del hipertexto, el diseño adaptable a todos los dispositivos y al entorno en que se consulte y las posibilidades de interactividad, herramienta esta última que indudablemente debe contribuir a enriquecer el producto.

Hace 10 años en nuestra sede, en Sancti Spíritus, la Doctora María Dolores Ortiz nos dijo que el empeño de compendiar la historia de la Lucha Contra Bandidos nunca estaría completo si no incluía la valiosa literatura que inspiró, una exhortación que ahora comenzamos a corresponder, pero todavía de manera incipiente.

Lo mismo pudiera decirse de la prolífera producción cinematográfica sobre el tema que se ha venido generando en el país durante décadas, una épica que también debiera entroncarse con nuestro proyecto a partir de las posibilidades que ofrece la multimedialidad.

Sería de ilusos atribuir este resultado sólo a sus ejecutores más inmediatos: Las sombras del Escambray es también una obra del Museo de la Lucha Contra Bandidos que por décadas ha tributado información a nuestros periodistas; de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, por los valiosos testimonios de sus integrantes; de la Delegación Provincial del Ministerio del Interior que ha puesto en nuestras manos decenas de expedientes y la confesión de sus agentes, y particularmente del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado con el que mantenemos vínculos de trabajo desde hace década y media.

La dirección de nuestro periódico pone este modesto aporte al servicio de toda la sociedad, de sus usuarios habituales, de los centros estudiantiles, de los museos y las universidades, de los investigadores e historiadores con la esperanza de recibir como recompensa sus criterios enriquecedores, sus críticas y sus recomendaciones, algo que también nos gustaría contar algún día.

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