Escuela primaria Rafael Trejo: un diamante en Perea (+Fotos)

La escuela primaria rural Rafael Trejo, perteneciente al municipio de Yaguajay, refrenda la valía de una vieja aspiración del magisterio cubano: convertir los colegios en centros culturales de las comunidades que los acogen

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La escuela fue declarada Centro cultural más importante de la comunidad. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

Vengo de ver, al salir de casa, un panorama aterrador: niños muertos, heridos o llorosos. Son resultado de las guerras que por estos tiempos marcan la dinámica del mapa mundial. La geografía los ubica en Siria, como podría ubicarlos en tantos otros puntos donde los poderosos usan las armas para imponer regímenes que les ayuden a dominar recursos, ajenos, por supuesto.

Indago por una escuela, que “está al doblar allí, usted va a tropezar con ella”, según me explica un lugareño. Pero antes de llegar a la oficina del director mi vista se detiene en un panorama que aún puedo ver con tan solo evocarlo: niños cubanos de estos lejanos confines limítrofes con la provincia de Ciego de Ávila, por el norte de Sancti Spíritus, corren, saltan y juegan en el patio de la institución. Nadie les requiere ni grita. Están en un recreo de esos que ya no abundan tanto dada la rigidez de algunas disciplinas escolares, de aquellos que describe en su libro El retorno del maestro el insigne pedagogo Raúl Ferrer, cuya ceiba aledaña a la escuelita del central Narcisa preside, en un mural confeccionado por instructores de arte del colegio, una Sala de Historia sui géneris.

De entrada me dirijo a los niños, cuyos nombres apunto con premura: Roselín, Yunieski, María Carla, Leina, Keila, Yudenia, Aliana…No alcanzo a recoger a todos en el esfuerzo por escuchar lo que me dicen. Valga aclarar que dicen lo que piensan y lo dicen bien, como quería Martí. Me rodean, cual mariposas; conversan con naturalidad y un brillo alegre danza en sus miradas. Se ríen, responden, explican, algunos hasta indagan, corren hacia el parquecito rústico que alguien acaba de mencionar y el fotógrafo los captura en imágenes que hablan de sueños hechos realidades, de sosiego y de paz, de comprensión y de cariño.

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La tranquilidad y el disfrute de los niños son perceptibles desde la propia entrada al colegio. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

¿Qué es lo que más les gusta de su escuela?, tal es la interrogante que formulo desde el centro del ruedo y las respuestas llueven como cascadas saltarinas. Aprender, es lo que dicen casi todos. Mas van rememorando sus restantes disfrutes y nos hacen partícipes de ellos: ir a las caminatas que Isbel Camacho, el director y amigo, les organiza de cuando en cuando; en tales días visitan las tarjas erigidas en memoria de mártires locales, como Abel Roig y Santos Caraballé. En otros, realizan acampadas en las que, a diferencia de muchos centros, pernoctan y conocen por ello mejor las bondades del campo. Crean obras de arte cuya valía ni siquiera aquilatan. Y llegado este punto varias niñas corren en desbandada y regresan con disímiles objetos en las manos: “Mire, estas son las figuritas de barro”, “Estos cuadros los hacemos con semillas”, “Y estas flores que ve las hizo ella, con pajas de maíz”, y las exclamaciones siguen mientras atrapo rostros y sonrisas.

Rafael Trejo González es el nombre de la escuela, la primera, al menos de su municipio, en crear una sala destinada a atesorar jirones de la historia del pueblo. La sala fue inaugurada un año atrás y lleva el nombre de Silvestre Manuel Cárdenas Luna, un maestro insigne del colegio, que fue abierto en 1922. En ella, además de presenciar la ceiba de Ferrer y las pisadas de los pies descalzos de sus alumnos, puede escucharse la disertación lo mismo de Isbel que de algún maestro, incluso de Aliana, quien es la jefa de colectivo y tiene, entre las fotografías allí guardadas como prendas valiosas, a algunos de sus ancestros. “Esa es mi abuela de joven, en las parrandas”, dice señalando a una foto.

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Los niños comentaron los atractivos de la escuela, cuyo director, Isbel Camacho (en la foto, a la derecha), promovió la creación de una singular Sala de Historia. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

Allí figuran, igualmente, los abuelos, los tíos y las madres o los padres de otros niños y niñas, ya sea en eventos lugareños o vestidos con uniformes grises de pañoletas bicolor, como los de mi infancia; o rojiblancos, como los de ahora. “Un museo, en verdad”, me digo mientras observo fotos originales de Fidel junto a los pobladores de Venegas y Perea que protagonizaron un histórico juego de pelota en 1968, o los recortes de periódicos que han dado cuenta de este o aquel suceso, del quehacer de esta u otra personalidad que huelan a Yaguajay. Ante mi vista, un resumen estadístico de la Campaña de Alfabetización por aquellos lares, un libro sobre Roberto Rodríguez (El Vaquerito), nativo del lugar; y legajos, más recientes o antiguos. Los más añejos, registros de asistencia y evaluación de 70 años atrás, recogen caligrafías recias o enrevesadas con los nombres y firmas de maestras y maestros de entonces.

De vivir, todos ellos se sentirían orgullosos al saber que en esa escuela primaria, apenas una de las cuatro de una zona rural espirituana, donde el pasado 8 de octubre se hizo justicia al declararla Centro cultural más importante de la comunidad, están a salvo los recuerdos y el porvenir, también.

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El aprendizaje en la “Rafael Trejo” se toma como un disfrute. (Foto: Vicente Brito/Escambray)
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La escuela fue declarada Centro cultural más importante de la comunidad. (Foto: Vicente Brito/Escambray)
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El espacioso patio sirve para avivar los ánimos durante el recreo. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

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