Las diferentes caras del bloqueo a Cuba

En sus más de 50 años de existencia, el bloqueo estadounidense contra Cuba ha transitado por diversos momentos y modalidades, con mayor agresividad a partir de la disipación del campo socialista

Impuesto en octubre de 1960 como alegada respuesta a las nacionalizaciones del Gobierno revolucionario, el bloqueo estadounidense contra Cuba persiguió desde su inicio el cambio de régimen en nuestra patria por medio del estrangulamiento económico para hacer inviable el proyecto emancipador que sustentaba.

Esas intervenciones de empresas y otras propiedades extranjeras, la mayoría de capital norteamericano, formaban parte del programa mínimo de las nuevas autoridades, emanado del alegato defensivo del entonces joven líder Fidel Castro en el juicio que se le siguió por los sucesos del 26 de julio de 1953 en la antigua provincia de Oriente —cuando fueron asaltadas dos fortalezas militares de la dictadura de Fulgencio Batista—, el cual circuló clandestinamente por toda Cuba bajo el título de La historia me absolverá.

Pero Washington no estaba dispuesto a permitir que el pueblo cubano tomara en sus manos las riendas de su destino y, además, no podía darse el lujo de observar de manos cruzadas el nacimiento y desarrollo de un experimento democrático exitoso a 90 millas de sus costas, que sirviera de ejemplo para los pueblos de los países de la América Nuestra, tan golpeados por los regímenes de capitalismo dependiente, muchos de ellos dictatoriales, de los cuales los Estados Unidos eran el principal sostén.

De ahí que, desde las primeras semanas del triunfo de la Revolución, comenzaron las medidas restrictivas contra Cuba, las cuales se agudizaron en octubre de 1960 con el recorte de la cuota azucarera de ese año en 700 000 toneladas, a lo que siguieron varias leyes y proclamas presidenciales, para, institucionalmente, oficializarse en febrero de 1962, en plena Operación Mangosta, cuando el llamado “embargo” llegó a ser casi total.

No de balde, en un notorio documento fechado el 6 de abril de 1960 y suscrito por Lester D. Mallory, importante funcionario del Departamento de Estado, se acepta que “la mayoría de los cubanos apoyan a Castro” y que en Cuba “no existe una oposición política efectiva”, por lo cual señalaba que “el único medio previsible para enajenar el apoyo interno es a través del desencanto y del desaliento basado en la insatisfacción de las necesidades económicas”.

Por tanto, Mallory recomendaba negarle a Cuba suministros y créditos para disminuir los salarios monetarios y reales “a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. Sus sucesivas administraciones estadounidenses cumplieron cabalmente estos lineamientos y —de inicio— hubo solo uno que pretendió rectificar la errada y peligrosa política hacia Cuba, Vietnam y la URSS: John F. Kennedy, quien no sobrevivió al intento.

Aunque para muchas personas el bloqueo “ha sido siempre lo mismo”, lo cierto es que, a lo largo del más de medio siglo de su existencia ha transitado por diferentes etapas o modalidades, con tímidas atenuaciones, como durante la época de Carter y primera etapa de Obama, y fuertes recrudecimientos en la década de los años 90 del pasado siglo, a raíz de la caída del campo socialista europeo, y durante la administración de George W. Bush.

La OEA, manipulada por Washington, impuso sanciones multilaterales a Cuba el 26 de julio de 1964 y las suprimió el 29 de julio de 1975, mientras el 19 de marzo de 1979, EE.UU. suspendió las restricciones de viajar a Cuba para los cubano-americanos, porque Carter se negó a renovarlas cada seis meses, como se había establecido.

También se suprimieron las limitantes para el gasto de dólares en la ínsula por personas provenientes del país norteño, y se permitió que empresas estadounidenses radicadas en terceros países comerciaran con Cuba, pero esa “distensión” no duró mucho, pues el Presidente Ronald Reagan reinstauró las prohibiciones el 19 de abril de 1982, y se mantuvo en lo fundamental con altas y bajas las normativas del bloqueo.

Pero sobreviene 1991 y la desintegración de la URSS, momento en que Washington, como ave de rapiña, creyó ver la oportunidad de dar el tiro de gracia a la Revolución cubana y apropiarse de la “fruta madura”. Fue así que en octubre de 1992 el “embargo” fue reforzado por la titulada Ley de la Democracia Cubana, o Ley Torricelli, y en 1996 por la Ley para la Libertad Cubana y la Solidaridad Democrática o Ley Helms-Burton.

En 1999 el Presidente Bill Clinton amplió aún más el embargo comercial al prohibir a filiales extranjeras de compañías norteamericanas sostener comercio con Cuba por montos superiores a los 700 millones de dólares al año. Sin embargo, presionado por agricultores de su país, el propio Clinton suscribió en octubre del 2000 la Ley de Reforma de Sanciones y Mejora de las Exportaciones, que había sido aprobada por el Congreso.

El colmo en cuanto a extremos en la aplicación de las prohibiciones del bloqueo llegó con George W. Bush, quien, a partir de la invasión a Iraq en marzo del 2003, hizo amagos de agresión militar a Cuba y arreció hasta el paroxismo sus medidas de asfixia económica, llegando al extremo de restringir viajes, reducir a límites mínimos el monto de las remesas y decidir de forma arbitraria quién era familia y quién no, a la hora de tener derecho para recibirlas.

Lo demás, por reciente, es historia más conocida. El Presidente Obama retrotrajo el bloqueo a la época anterior a Bush, flexibilizando el monto de dinero que se puede enviar a Cuba, sin mediar las descocadas veleidades genealógicas de su antecesor y permitiendo la visita a su patria de origen a los cubano-americanos.

No obstante, el nuevo Presidente arreció la persecución de las operaciones comerciales de Cuba en el exterior por medio de la Oficina de Control de Activos Cubanos, haciendo aplicar multas exorbitantes a bancos extranjeros por comerciar con la isla y redoblando el dogal del bloqueo al tratar de hacer universal el cerco.

Por todas estas razones, al bloqueo a Cuba hay que reconocerle su excepcionalidad, en primer lugar porque devino la guerra económica más larga de la historia contra un pueblo que hoy apenas rebasa los 11 millones de habitantes y, además, porque se le aplicó junto con otras medidas de estrangulamiento y, sobre todo, porque ni sola ni de conjunto lograron el fin de destruir la Revolución cubana.

Pero si excepcional ha sido el bloqueo por su duración, más lo ha sido aún por su fracaso, pues ni Mallory ni sus adláteres —presidentes incluidos— pudieron sospechar entonces que 56 años después, Cuba seguiría adelante victoriosa, con su modelo consolidado y en plena actualización, con más prestigio que nunca.

Después del anuncio conjunto de los presidentes Raúl Castro y Barack Obama el 17 de diciembre pasado, cuando el mandatario estadounidense reconoció públicamente el fracaso de la política de agresiones contra Cuba, al bloqueo solo le aguarda un final ignominioso. Otra cosa sería tan irracional como el propio “embargo”.

2 comentarios

  1. Por favor concentren la energia en el futuro. EU va quitando todo el bloqueo, cosa se debe saludar y asî mejorar la situaciòn del pueblo.
    La falta de papas, yuca, boniato, etc tiene que ver poco con el bloqueo.

    • Sí, Bonia, ES CIERTO, LA FALTA DE PAPAS, YUCA, BONIATO, ETC, TIENE QUE VER MÁS CON LA SEQUÍA QUE CON EL BLOQUEO, PERO ¿QUIÉN TE DIJO QUE YA LO ESTÁN QUITANDO?

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