Los misterios de la imagen

Tres fotógrafos espirituanos exponen sus particulares estéticas en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en la provincia

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Dos propuestas fotográficas definidas por su original capacidad de manipulación visual y destreza compositiva se exhiben en la sede de la Uneac espirituana. Se trata de Parajes, de Mildrey Betancourt Rodríguez, e Inocente culpable, del dúo Samuel Reina Calvo y Héctor Herrera Acosta. En la primera se incursiona en paisajes virtuales; en la segunda, en la problemática de la infancia.

La muestra personal de la Betancourt propone al espectador una serie de imágenes saturada de ambigüedad. Diríase que con la magia del lente ha logrado crear visiones entre la pura abstracción y la evocación del paisaje. Ella construye desde una zona de ribetes intangibles donde la dialéctica de los contrarios se hace visible.

Para crear ese andamiaje, acude a las trampas o habilidades que ofrece el oficio fotográfico. Con simulado lente macro y una inteligente distribución manipulada de la iluminación y el color logra crear escenas que muy bien podrían identificarse con paisajes extraterrestres. En realidad acude a reducidos espacios que pasan inadvertidos para componer sus imágenes magnificadas. Digamos que semillas, fragmentos de fósforos o cabellos al ser reorganizados pueden devenir objetos de provechosos encuadres.

Se ha dicho que en lo mínimo debe estar la trascendencia de lo grandioso, puede ser entonces que las pequeñas cosas al ampliarse proponen nuevos conceptos de valor. Sobre este postulado labora Mildrey, quien hace de los objetos micro una nueva versión saturada de misterio y belleza.

Las paradojas visuales que han ocupado tiempo de meditación se hacen aquí más patentes cuando se introduce la lógica de qué tipo de composición virtual se brinda al espectador. ¿Realmente estamos en presencia de un paisaje? ¿Se ha ido en busca de la pura abstracción? ¿Es lo pequeño un modo de concentrar lo magno? No hay posibilidad de la afirmación categórica, como en la naturaleza de su propia autora hay una permanente inestabilidad de funciones emotivas.

Desde enfoques diferentes dos padres espirituanos de familia bucean en el mundo íntimo de la infancia׃ Samuel Reina y Héctor Herrera, quienes logran captar a través de la fotografía zonas inéditas de niñas y niños en pleno acontecer cotidiano. En Reina se acude a la instantánea documental con valores semánticos; en Herrera, a la alegoría de la muñeca preparada desde el estudio. Los puntos de contacto se infieren cuando ambos artistas del lente intentan ir más allá de la epidérmica fotografía convencional, grácil, tierna, de inocentes sonrisas.

Estamos en presencia de dos creadores dispuestos a demostrar que en un movimiento, una mirada, un gesto, una toma de decisiones infantiles se visualizan posibles códigos de conducta solo reconocidos por la sensibilidad y la capacidad de observación de la propuesta estética. Hay como una especie de mirada antropológica que caracteriza y define al infante.

En Reina, la propuesta parte de la fotografía en blanco y negro, lo cual le permite penetrar en el alma de niños y adolescentes atrapados en un entorno de fuertes texturas que provocan contrastes a través de muros, puertas y rejas que delimitan su existir. Hay fotos donde se reitera la mirada infantil escudriñadora de espacios exteriores que revelan el deseo del acto liberador. Elaboradas con excelentes encuadres de cámara y sugestiva captación del momento fugaz, la propuesta de Samuel Reina vale por sus valores cognitivos.

Héctor Herrera busca, a su vez, en la fotografía en colores de manipulada iluminación un modo de comunicar procesos de aprendizaje de quienes se forjan en un mundo real travestido por muñecas. Aquí la relación imagen-realidad se sostiene por un inteligente contrapunteo forjado mediante códigos muy particulares de apreciar esa insondable zona de conductas infantiles. Podría afirmarse entonces que estamos en presencia de un psicólogo del lente capaz de transformar la muñeca en alegoría infantil.

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