Madrina Dania

Dania es enfermera fundadora del sanatorio La Rosita.
Dania es enfermera fundadora del sanatorio La Rosita.
Una enfermera fundadora del hoy sanatorio territorial La Rosita revela sus vivencias de más de 25 años enfrentando el Sida junto a personas que lo padecen.

En medio de sus esfuerzos para estabilizar al anciano que acababa de llegar en estado grave, la frase a sus espaldas cortó su respiración: “Seño, seño, cuidado, tenga cuidado que el paciente tiene Sida”. Una enfermera en el Centro de Diagnóstico Integral de San Cristóbal, en el estado venezolano de Táchira, lanzaba la alerta no solo innecesaria, sino además dolorosamente cruel.
“Yo le asentí y continué en mis maniobras con el señor, que estaba lúcido. Se quedó muy agradecido de mi amabilidad, según me manifestó después. Iba con frecuencia al CDI y un día pidió hablarme a solas. Me contó que había sido diagnosticado seis años antes, ‘pero cada vez que vengo aquí tengo un problema, casi nunca me quieren atender y cuando me atienden lo hacen de malas ganas’, se me quejó.
“Yo le puse la mano en el hombro y le dije: Si de mí depende a partir de hoy no va a ser así, o al menos en el tiempo en que yo esté. Tenía 65 años e iba siempre sin compañía, un desamparo que aprecié también en otros casos durante la misión”.
Dania Pernas Pérez narra la vivencia como quien está curado de espanto, pero más allá de su verbo valiente y sus palabras firmes, aunque suaves, sufre por cada acto ajeno que lacera el alma de los enfermos. Podría escribir un libro, al igual que el doctor Jorge Pérez, a cuya conferencia aquella mañana en el Sanatorio de Santiago de Las Vegas debe el haber adquirido conciencia sobre lo que sería su vida a partir de los 17 años. “Fuimos más bien de visita, a buscar a un grupo de pacientes que venían de pase”, cuenta ahora. Poco antes de aquello acababa de convertirse, de golpe y porrazo, en enfermera fundadora del sanatorio La Rosita, que en febrero de 1999 abrió sus puertas a personas de la provincia de Sancti Spíritus, con énfasis en Cabaiguán, aquejadas del VIH Sida.
“¿Pero tú estás loca, cómo vas a trabajar allí?, me preguntaban casi todos después que el primero de diciembre de 1988 me llamaron para formar parte del colectivo; el centro estaba todavía en construcción. Y yo les respondía: ¿Por qué no?, esta es una misión para ayudar a seres humanos que también merecen recibir asistencia médica y, sobre todo, mejorar su calidad de vida”. En aquel entonces existían muchos tabúes, las personas en la calle rechazaban no solo a los pacientes, sino también a los trabajadores. Mis propias compañeras de la carrera y hasta personal médico de los distintos hospitales que nos preparó después, como parte de la licenciatura, se mostraban reacios a la idea”, detalla la seño a la que algunos llaman “mami” y otros “madrina”, amiga de muchos de quienes antes fueron sus pacientes y hoy están insertados al quehacer socioeconómico de la provincia.
En la rutina de los análisis, el suministro de los tratamientos anti-retrovirales, las confesiones a deshora, la zozobra por quienes empeoraban y hasta la pérdida de seres queridos Dania se convirtió en adulta; hoy es madre de dos hijos. De algunos golpes le costó más trabajo reponerse, como el contagio, primero, y la muerte, después, de una compañera de aula, o la partida de aquella muchachita que en la etapa inicial entró con solo 13 años y no sobrevivió a los 16.
“No hay nada de tremendo en eso, son personas infectadas por un virus que tiene sus vías de transmisión, idénticas a las de la Hepatitis B o C, pero que cumpliendo las medidas de bioseguridad no trae problema alguno. Todo está en la precaución y el cuidado con que se trabaje. La empatía llega con la comunicación, con la sinceridad y principalmente con la escucha. Muchos vienen de hogares disfuncionales y cuando llegan a nosotros se abren, en su mayoría y ven en uno la familia que no tienen o no les dio apoyo”.
Hoy su trabajo es para ella una victoria con cierta veta de tristeza. “Los pacientes que tenemos ahora de forma permanente presentan problemas psicosociales y como regla no tienen a nadie más. Al regreso de la misión tuve varias propuestas de trabajo, afronté la duda de si me iba o no. En mi corazón yo sentía que ese era mi lugar y cuando vi cómo me recibieron ya no vacilé más”.
Lo haría todo de nuevo esta mujer donde confluye la relevancia de varios diciembres: su nacimiento, aquella jornada inaugural, la proclamación luego de esa fecha como Día de lucha contra el Sida y la entrega del Premio Esperanza con que la sorprendieron en 2008. Otra vez removería cielo y tierra en busca de la atención igualitaria, afrontaría los sinsabores de más de dos décadas viajando lejos solo por ver, al llegar a la Enfermería o a alguna de las cabañas, la sonrisa de alguien con ansias de vivir.

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