Periódico de Sancti Spíritus

Raúl Ferrer: Un sinsonte con espuelas

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Acercamineto a la vida y obra de Raúl Ferrer a propósito de su centenario.

 

El pitazo del central Narcisa corta la voz de Raúl Ferrer que, como ola, sube y baja gobernada por el ritmo de los versos. Fernando, quizás el más pícaro de la escuela, sale del embeleso. Pero el viento del sur se lleva lejos esa otra voz, nacida del vientre del ingenio, y el maestro vuelve a caminar, con pasos de corredor de larga distancia, hasta el fondo del aula.

Raúl mira hacia la negra pizarra, donde se lee: “4 de mayo de 1938. Año 85 de Martí”. Ni el cumpleaños 23, que celebra hoy, le impide disfrutar de la sapiencia y la ingenuidad de sus alumnos en el batey de Yaguajay, los que el curso anterior, ante el anuncio de nuevos educadores, se preguntaban: “¿Quiénes serán? ¿Pegarán con reglas gordas o cujes largos?”.

En septiembre de 1937, junto con Onelio Jorge Cardoso, el Cuentero Mayor, Raúl Ferrer Pérez rebasó por primera vez la puerta carmelita de la escuela de Narcisa. Con el tiempo aquel inmueble de portalón de tejas criollas y piso de cemento pulido se convertiría en mito del magisterio cubano que trasciende las diabluras de Dorita, la “niña mala”, y las supuestas fuerzas telúricas que ayudaban al aprendizaje, solución salomónica —heterodoxa, en opinión de la sobresaliente intelectual Graziella Pogolotti—.

Ante la ausencia de alumnos al centro por carecer de zapatos, Raúl decidió con la mentalidad del ajedrecista que era:

—Vamos a quitarnos los zapatos. Cuando uno está descalzo las fuerzas de la tierra penetran por los pies y ayudan a los conocimientos.

Con la norma, el maestro pulverizó las jerarquías. Aseguran que los dedos de Ferrer eran gordos y enormes; mas, ninguna mirada burlona asomó.

¿MAESTRO O POETA?

Ni verso para hacerme una corona/ ni verso de acicate a mis instintos/ ni una mesa de versos/ ni versos para el llanto,/ ¡mejor los llevo al cinto! Calificado por el investigador Daniel Águila Ayala como “educador social” y por el escritor Enrique Núñez Rodríguez como “comunista con letra de Marx y Engels y música de Sindo Garay”, Raúl Ferrer sostuvo que aprendió a ser pedagogo para la poesía y a ser poeta para la pedagogía.

“Si la poesía no sirve para la vida, ¿para qué sirve entonces?”, expuso el autor de una obra literaria transida por su vocación de educador y de intelectual con el oído pegado a su época, numen de El romancillo de las cosas negras y otros poemas escolares (1957), Viajero sin retorno (1978) y El retorno del maestro (1990); este última, antología que, en palabras del poeta y narrador Félix Pita Rodríguez, se alza como “crónica de momentos centelleantes” de la existencia de Ferrer, dividida por ese ecuador llamado Revolución cubana.

Realidades —muchas veces subyacentes— que lucen la piel de las circunstancias vividas por el creador, pueblan El retorno del maestro, integrado por 85 poemas, testigos de que en su producción literaria “no hubo discontinuidad ni períodos infértiles”, dicho en la cuerda del pensamiento de la estudiosa Elia Fernández Escanaverino.

A juicio de la investigadora, una contribución significativa del yaguajayense —residió en La Habana a partir de 1952— a la tradición pedagógica cubana lo constituye su poesía de temática educativa, que trasciende los estereotipos de su género, al alcanzar un vínculo armonioso entre lo cognoscitivo, lo lúdico y lo estético;  idónea para la recitación, es capaz de imbricar “lo colectivo y lo íntimo, como vehículo expresivo de su misión de educador de marcada vocación social”.

La niñez, la escuela, la Patria, la naturaleza, la familia… componen la urdimbre de El retorno del maestro, donde aparece “Tiempos del verbo”, escrito en 1941 por quien se había iniciado hacía más de una década como obrero azucarero en central Vitoria, era notable líder sindical y militante del Frente Antifascista Municipal de Yaguajay.

Ayer es el pasado en que luché./ Hoy, el duro presente en el que lucho/ Mañana, mi futuro: lucharé./… Sin creerse héroe, en estos versos Raúl apela a su historia para reforzar un contenido gramatical y, al unísono, sembrar entre sus educandos la inconformidad ante el vía crucis enfrentado por Cuba hasta el nacimiento de 1959.

Animado en la enseñanza de la tilde, concibe “Para aprender el acento”, idea ingeniosa donde convergen la imaginación y el juego; por similar camino transitan “Jugamos” y “Problemita”.

A tenor de Fernández Escanaverino, el maestro poeta recurre a la educación estética y comprende, en sus reales dimensiones, su aporte en la formación de la personalidad plena, estrategia practicada en la escuela de Narcisa, adonde invitó a personalidades como el poeta Jesús Orta Ruiz (El indio Naborí) y la actriz Raquel Revuelta.

Pequeño oasis de aritmética, lengua y naturaleza, “Estudio del cocotero” revela que las ciencias no están reñidas con lo bello y cómo el pedagogo, creador per se, debe desatar los vientos serenos y vírgenes de la espiritualidad que habita en los escondrijos de los niños, niñas y adolescentes.

“Con verso se puede hacer mucho de lo necesario”, escribiría quien organizó y llegó a ser dirigente a nivel de país de la Federación Nacional de Maestros Rurales en la década de los 40 de la pasada centuria.

Porque si algo nunca estuvo ausente en él, incluso en su obra literaria, fue la épica por la dignificación de la figura del maestro; léanse “Cenizas”, venerable canto a una profesión imprescindible y no siempre reconocida, y “Las manos de la maestra”, versos sumisos al ver el estremecimiento cotidiano de Galina frente al aula.

La sensibilidad del educador arriba al éxtasis con “Romance de la niña mala”, quizás el testimonio lírico más trascendente de aquella escuela de Narcisa, que antes había sido la fonda donde almorzaban los trabajadores del central, los mismos que ayudaron a reacondicionarla y le pintaron el frente de amarillo tenue. Quizás el relato más elocuente de la sabiduría pedagógica de este creador, quien dejó boquiabiertos a sus alumnos cuando cierto día acomodó sin prisa —raro en él— y con la seguridad del padre que lleva de la mano a su hijo, los tomos de las Obras Completas, de José Martí.

LUZ CENITAL

Para marcar tus rutas, un lucero,/ Para  cargar tus libros, un gigante… El Apóstol era luz cenital en Raúl Ferrer, a tal punto que se opuso a la fiebre aparecida decenios atrás de crear en cada aula el Rincón martiano; un hombre de tanta estrella no debía esconderse en las esquinas. Aquella discrepancia le costó que algunos le miraran de soslayo; pero él no izó bandera blanca. Era “una especie de sinsonte con espuelas”, lo caracterizó el maestro y luchador clandestino Leslie Rodríguez Aguilera, cuando le preguntaron acerca de su compañero años atrás.

Basta ponderar la trayectoria del pedagogo, del poeta y del dirigente —fue vicedirector nacional de la Campaña de Alfabetización y asesor de Educación de Adultos—, para sostener que la mayor reverencia que hizo a Martí estuvo en la incorporación coherente de las ideas del Maestro a su actuación cotidiana. “Romancillo de las cosas negras” deviene hermano legítimo de “Mi raza”, tratado antirracista salido de la pluma del organizador de la Guerra de 1895.

El autor de los “Versos sencillos” aparece de modo literal en varios de los poemas del Hijo Ilustre de Yaguajay —recibió la condición en 1990— como ”Romancillo martiano”, “Ronda del 28 de Enero, “Lo necesario” y “Martí”.

Su vocación martiana raigal lo llevó a dictar conferencias sobre el Maestro de todos los cubanos en Colón, Matanzas, Caibarién, Las Villas, y Trinidad, también en el centro de Cuba, donde solía actuar Raquel Revuelta como declamadora.

Al fallecer el 12 de enero de 1993, quien fuera presidente de la Asociación José Martí de Yaguajay dejó inconclusa una antología de autores de la isla que se inspiraron en el halo heroico del creador de los “Versos libres”.

Cuentan que ese día, el central del batey Narcisa escondió sus pitazos ensordecedores que cortaban el paso rápido y la voz gruesa y sonora de Raúl dentro de la escuela. Se iba el viajero, pero dejaba su certeza pendiendo en el tiempo: “El que quiera mi verdad que lea mi poesía”.

Itinerario

Cuando se gradúa de bachiller en 1933, Raúl Ferrer opta por estudiar Medicina en la Universidad de La Habana; sin embargo, no puede matricular pues esta se encontraba cerrada por el dictador Gerardo Machado. Los apremios económicos lo conducen a convertirse en obrero del central Vitoria, de Yaguajay. En 1935 alcanza el título de profesor de Educación Física. Durante la República mediatizada, emerge como líder del gremio azucarero y, fundamentalmente, educacional; en consecuencia, sufre  persecuciones, detenciones y resulta prisionero en más de una oportunidad. En 1952 alcanza por concurso de oposición el aula de sexto grado en la Escuela Pública No. 7 de Varones en La Víbora, La Habana. A la par de todo ello, no cesa su producción literaria. Sus décimas “La Guayabera” son premiadas en 1956 y publicadas en la revista Bohemia. Ese propio año sale a la luz su poema “Yaguajay”, memoria de un pueblo hastiado por tanta dictadura.

Al triunfar la Revolución, se percata que se halla ante un suceso político y cultural, evidente en sus poemas ”Aquí la Patria”, “Invitación”, “Oriente” y otros. Con las vivencias de la Campaña de Alfabetización, concibe “La Campaña” y “Alfabetización”. En 1962 se desempeña en el cargo de Asesor de Educación de Adultos y dirige la superación de los alfabetizados. A partir de 1976 figura como integrante del Comité Especial de Expertos Gubernamentales de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Educación y la Cultura (Unesco), responsabilizado con los proyectos de recomendaciones relacionadas con el desarrollo de la educación de adultos en el mundo. Ese año es nombrado viceministro de Educación de Adultos y edita —a pedido de la Unesco— un libro sobre dicha enseñanza.

En 1977 publica el texto para los alumnos de sexto grado titulado Vademécum. Colabora con La Gaceta, UNEAC, Palante, Archipiélago, Escuela Rural… El 21 de mayo de 1984 se inicia como especialista de Publicaciones Literarias en el Ministerio de Cultura. Seis años más tarde edita la colección de poemas Espejo de paciencia.

Fuente: Dávila Montes, Lidia y otros: Cronobiografía de Raúl Ferrer Pérez. La Habana, 1998.

 


Comentarios

2 Respuestas to “Raúl Ferrer: Un sinsonte con espuelas”
  1. Luis Machado Ordetx dice:

    Ojito, saludos para ti desde Santa Clara. Cuánto me alegro del recuerdo espirituano a Raúl Ferrer, el inconfundible maestro-poeta; o mejor, poeta-maestro. Con humildad deseo hacer dos correcciones.
    Primero: cierto Raúl inauguró la escuela cívico-rural 273 de Narcisa en esa fecha, pero no junto con Onelio Jorge Cardoso, a quien conoció dos años antes en las sesiones del Club Umbrales de Santa Clara, a la cual acudió para mostrar sus primeros poemas a instancias de Tomás González-Coya Alberich, maestro normalista también. Onelio Jorge estuvo muy poco tiempo allí, de donde partió hacia Santa Clara para ubicarse como viajante de farmacia junto al también poeta Enrique Martínez Pérez. Los intercambios literarios entre ambos escritores, el primero, el maestro Ferrer, y Onelio, el cuentista-periodista, fueron reiterados en idas y venidas por Yaguajay, Caibarién o Santa Clara, incluso por Manzanillo, lugar al cual acudieron en 1955 junto al declamador Severo Bernal para tibutar un homenaje a Jesús (Indio Naborí) Orta Ruiz.
    Segundo: En la fuente cronobiográfica de Lidia Dávila Montes hay un error imperdonable. La revista se llamó Archipiélago, una voz de tierra adentro para el Continente (1944-1948), radicada en aibarién, con salida quincenal, tipo tabloide, dirigida por Quirino Hernández y Ramón Arenas Hernández (Ramiro de Armas), jefe de redacción y editor. Archipiélago fue una revista que inauguró en Manzanillo Max Henríquez Ureña, el dominicano, y fue órgano difusor en Oriente de la Institución Hispano-Cubana de Cultura.
    Espero que estos datos sirvan de mayor calzo historiográfico al artículo. Con saludos, Luis
    Fuente: Dávila Montes, Lidia y otros: Cronobiografía de Raúl Ferrer Pérez. La Habana, 1998.Archipiélago

  2. pedruco dice:

    Es uno de los cubanos cuya vida mas he admirado . Me gusta tanto su poesia como su actitud ante la vida. Hombres como el dejan una huella imperecedera entre los que lo conocieron.Yaguajay y el Narcisa deben sentir orgullo de contar con un hijo como el.


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