Runas de papel

La escritora trinitaria Anisley Miraz Lladosa transforma en versos capítulos de su existencia para compartir con los lectores una vida signada por la escritura.

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El texto fue presentado en la pasada Feria del Libro en Santa Clara y, recientemente, en Trinidad. (Foto: Carlos Luis Sotolongo Puig)

Necesitaba desandar el camino construido desde las palabras, mirarse ante el espejo con sus ángeles y demonios, repasar el peregrinaje por este mundo. Y encontró en las runas el soporte para perpetuar las memorias; mas no en piedras, sino en hojas.

“He vivido cien años maldiciendo/la brevedad de los sepulcros,/ mi rostro que no habita las mies, el sobresalto./ He vivido como la madre que arroja sal y nervios/ en las huellas ocultas de su hijo,/ en la espera de una consagración menos absurda,/ o como esa callada soledad,/ desde otras muertes,/ que agotan, incluso, la nostalgia”. Es esta la primera confesión que el lector encuentra si se dispone a acompañar a la escritora Anisley Miraz Lladosa en este viaje autobiográfico, poesía mediante.

“Tenía esta deuda conmigo misma hace mucho tiempo —revela la autora—. En otros libros también están pasajes de mi vida de una u otra forma, pero este en particular es una historia muy personal. Y no, no me da miedo a ser tan explícita. Llega un momento en que es necesario hacer este recuento. Es algo que siempre le escuché decir a varios creadores, y parece ser verdad”.

A base de recuerdos se va escribiendo Runas de papel, una suerte de diario público, conformado por más de una veintena de poemas que abarcan los días cuando la madre de la autora “era feliz y se iba al mar,/ y la ciudad y yo estábamos creciendo en sus entrañas”, el nacimiento en Cienfuegos, la llegada a Trinidad “sitio que siento mío porque aquí crecí, maduré, me consolidé como creadora y como el ser humano que aprendió a vivir de los sueños y la espiritualidad”, los Informes para el expediente colegial de A. M. Ll, alumna que “(…) aún desciende a la calle de las rondas/ tras perros que no deja morir bajo el furgón./ Aún viaja en el agua de los tanques/ y borda, invisible, sus muñecas./ Es promedio la alumna… (…)/ Tiene ideas (…) pero si no mejora problemas de carácter…/ Se aburre. Se aburre como si hubiese estado escrito./ (…) sufre del mal de la nostalgia/ con ese medio serio problema de domingos.”, entre otros episodios.

También aparecen los amigos, los abuelos, los hijos todavía inexistentes, la relación con los seres cercanos, la inconformidad con la vida, la autodefinición, la búsqueda de la belleza en escenarios hostiles. Se trata de una poesía de la madurez donde, si bien está presente el ambiente familiar, predomina la ciudad como asidero ante los avatares, como savia constante para escribir.

“Otro rasgo admirable es el concepto auténtico de verso libre por parte de la autora —refiere Edelmis Anoceto Vega, a cargo de la edición y presentación del texto—, quien no hace concesiones con los patrones rítmicos y de entonación determinados del versolibrismo. Las líneas están sujetas al estado anímico del tema: gradualmente van adquiriendo nuevas sonoridades, matices, imágenes visuales e intelectuales”.

Tales consideraciones permiten al también editor de la revista Signos afirmar que el alcance del libro trasciende las fronteras del entorno, la época y la experiencia vital de la autora para adentrarse en asuntos que competen a hombres y mujeres de una generación. “En Anisley existe un descontagio con la moda porque en materia de poesía la moda es aquello que nos hace menos auténticos. Hay una existencia propia, singular, la cual se proyecta en cada palabra, y sospecho su inserción genuina en una tradición poética”, añadió Anoceto Vega.

Hojeando su hijo más joven, la autora repasa los capítulos, como si verificara la presencia de los acontecimientos en las páginas.

¿Queda algo por revelar?, pregunta indiscreto Escambray.

Siempre quedan entre líneas el misterio, la magia de la poesía, los códigos dentro de los códigos, los mensajes que solo algunos podrán descifrar en toda su magnitud.

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