Abriendo caminos al arte

Ismaray Díaz León y Yanira Puerta Fernández, dos jóvenes miembros de la Brigada de Instructores de Arte José Martí, reconocen la trascendencia del trabajo comunitario

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Ismaray y Yanira dedican parte de su tiempo al grupo de teatro jatiboniquense. (Foto: Lisandra Gómez)

El Cucaracho Martínez esperó a que el amor verdadero tocara a su puerta. No exigía una amada con cualidades extraordinarias, sino que realmente pudiera ver en sus ojos lo que no encontraba en el resto de los que se tropezaba. De esa forma, y escoltado de luces, dicharachos, colores, doble sentido y canciones se presenta así una obra contada al revés de la versión original y llegada con el talento del grupo jatiboniquense Carpa de Tin Marín, donde se evidencia el sello de dos miembros de la Brigada de instructores de arte José Martí de Sancti Spíritus.

Y es que ese proyecto comunitario, que tributa a la Casa de Cultura María Montejo Pérez de ese municipio, ha sido el escenario perfecto para que Ismaray Díaz León, profesora de Teatro, y Yanira Puerta Fernández, especialista en Danza, consoliden la formación recibida en la Escuela de Instructores de Arte Vladislav Volkov, donde, además de adentrarse en la historia de sus respectivas manifestaciones, se arroparon de todas las herramientas para fomentar el amor por la cultura y formar públicos.

“Cuando cursaba el octavo grado, se abrieron las convocatorias. No lo dudé y un año después me presenté a las pruebas de aptitud de Teatro. Solo tres estudiantes de Jatibonico pudimos matricular ese año en la especialidad”, recuerda Díaz León.

Luego, llegaron los días en que el estudio se alternaba con las clases prácticas, hasta que, tras su graduación, se incorporó a laborar en la escuela primaria Antonio Darío López, de Jatibonico.

“El teatro es una especialidad completa. Me gustan los retos y estudiar. Agradezco siempre a los diferentes profesores por lo aprendido y porque me inculcaron sentir satisfacción por cada uno de los estudiantes y los padres que me han ayudado. He apostado por merecer sus respetos con el trabajo desempeñado en todos estos años”, explica quien asumió la dirección de la obra El Cucaracho Martínez, multipremiada en los festivales de teatro Por los caminos de Cañambrú, celebrado en Taguasco, y en la edición XXVII del Olga Alonso, en Fomento, donde se alzó con los lauros a la mejor puesta en escena y al mejor texto teatral inédito para niños.

Tras esa primera experiencia en las aulas, una vivencia de gran significado tocó sus puertas: cumplir la Misión Cultura Corazón Adentro en la República Bolivariana de Venezuela. Cargó sus maletas con sueños y conocimientos y partió hacia ese destino durante dos años.

“Fue un período difícil porque estuve lejos de la familia. Empiezas de cero, aunque formé extraordinarias amistades y aporté a que valoraran como merece el quehacer de los cubanos. Logramos transformar un espacio donde se consumían sustancias nocivas, en uno cultural. Además, impartí metodología para que instructores venezolanos dieran sus talleres”, rememora con el sabor de la nostalgia.

Tras su regreso se insertó a laboral en el preuniversitario José Luis Tasende, de Jatibonico, donde, otra vez, llegó a su vida una oportunidad que trastocaría su cotidianidad.

“Olisvael Basso, director de la Carpa de Tin Marín, me pidió que le dirigiera la obra del Cucaracho porque él actúa en ella. Entre los dos comenzamos a trabajar y hoy muchos de los reconocimientos obtenidos nos han sorprendido y nos han motivado a seguir, principalmente, gracias al elenco más nuevo del grupo que sólo tiene un año de vida.

“Somos una gran familia, compartimos los buenos y malos momentos. En la escuela aprendes lo básico, pero en el día a día te debes enfrentar a las carencias, obstáculos, que nunca deben desmotivarte. Aplico lo aprendido, consumo teatro, leo y  humildemente trato de hacerlo bien. Tras cada presentación consulto a los profesores, directores y actores para aprender. De esa forma, apuesto por perfeccionar mi trabajo”, reconoce.

Y en esa gran familia, también está Yanira Puerta Fernández, otra egresada de la Vladislav Volkov, de Sancti Spíritus. Su responsabilidad en el proyecto recae en el montaje de las danzas y el sonido de las puestas en escena.

“Estoy en todos los ensayos. Me encanta este trabajo. De esa forma, siento que me complemento”, refiere quien sintió los primeros flechazos por la danza gracias a las coreografías que aprendió en los primeros años de la enseñanza primaria, con una de las descendientes de la familia Cervantes, de gran tradición en la cultura comunitaria jatiboniquense.

En los diferentes centros donde ha laborado esta joven ha apostado por insertar en los talleres de creación a los varones, a fin de romper con los estereotipos que muchas veces rodean a ese grupo.

“Los motivos con videos y diferentes métodos. Aunque siempre apuesto por la aptitud de mis alumnos. Sin eso, no pueden obtenerse resultados.

“Cuando me pidieron mi apoyo en la Carpa… me enamoré inmediatamente del proyecto y desde entonces estoy aquí. Me aporta mucho. Exhorto a los demás brigadistas a no quedarse solo en el trabajo en las escuelas, sino  abrir sus horizontes en el trabajo comunitario. Esto te nutre espiritualmente. Me satisface demasiado cuando veo cómo cambian los rostros de quienes disfrutan las puestas en escena”, concluye.

Mientras el Cucaracho Martínez decide a cuál de las pretendientes deberá aceptar u otros personajes infantiles suban a escena, estas dos brigadistas jatiboniquenses apuestan por transformar en el escenario la cotidianidad de actores y público, quienes se refugian bajo la magia de la Carpa de Tin Marín.

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