Berta, una hija de Yaguajay, cumplió 85 años

Berta Martínez, directora, actriz y diseñadora escénica, sin la cual no podría contarse la historia del teatro cubano, cumplió este siete de abril 85 años de vida

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Berta Martínez en Contigo pan y cebolla. (Foto: Tomada de La Jiribilla)

Un amigo me escribe al correo y me recuerda que ayer Berta Martínez cumplió 85 años. Un amigo que, además, fue su alumno de Dirección Teatral en el ISA. Me pide encarecidamente que escriba sobre ella por dos razones: una, porque 85 es una edad respetable y otra, la más importante, porque una artista de talla mayor como la Maestra Berta, “nuestra Berta, la más grande directora teatral cubana viva” —me dice— me­rece siempre la evocación a su carrera, sin la cual no podría contarse la historia del teatro cubano. Coincido.

Caigo en la cuenta que las primeras referencias que tengo de Berta llegaron a mí a través de lecturas sobre teatro cubano. No tengo edad para haberla visto actuar ni dirigir, pero su nombre es, por supuesto, referencia innegable. Su audacia como directora; la relevancia de sus montajes lorquianos, espectáculos con un alto nivel artístico, comprometidos estilística y políticamente con su tiempo; y su imponente presencia, han hecho coincidir —de manera rotunda— a los críticos, teatrólogos y creadores en colocar su nombre en la “santísima trinidad” de la dirección escénica cubana junto al de Vicente Revuelta y Roberto Blanco.

Premio Nacional de Teatro en el año 2000 y Doctora Honoris Causa de la Universidad de las Artes, Berta (Yaguajay, 1931) se unió a la escena en 1946, como actriz aficionada. Cuatro años después se graduó como locutora radial y pasó a formar parte de elencos dramáticos de varias emisoras de la capital.

En 1955 viajó a Nueva York y logró aprobar las pruebas de actuación en la Bown Adams Pro­fesional Studio, aunque con limitados recursos financieros solo pudo cursar algunos semestres.

De regreso a Cuba, integró el Grupo Teatral Prometeo e intervino en títulos como Los fanáticos, Sangre verde, Réquiem para una mon­ja, entre otros. Allí —reseña la investigadora Esther Suárez Durán—“comenzó de cierta for­ma su carrera como directora cuando, ante el viaje de su director, Francisco Morín, a Europa, quedó encargada de llevar a cabo la puesta en escena de El difunto Sr. Pic, la cual también protagonizaba”.

En los años siguientes, la historia teatral destaca su puesta en escena de Santa Juana; las memorables actuaciones en el personaje de la muda Catalina para la puesta en escena de Madre Coraje y sus hijos, y en Contigo pan y cebolla, donde realizó una inolvidable creación del personaje de Lala Fundora, referente absoluto para las posteriores generaciones de actores.

A partir de 1966 hasta los primeros años de este siglo, Berta se concentró en la dirección artística y comenzó a subir a escena puestas tan memorables como Don Gil de las calzas verde, La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre, Macbeth, La zapatera prodigiosa, y La aprendiz de bruja, única obra teatral de Alejo Carpentier, entre otra larga lista de obras, imposibles de mencionar en tan pocas líneas. Sus puestas en escena exhibían, además, un  personalísimo diseño de luces, escenografía y vestuario.

Mientras, su labor pedagógica como profesora titular adjunta del ISA también ha dejado huellas en diversas promociones de actores que exhiben su impronta.

Sobre Berta mucho se ha escrito, sin embargo en este breve reconocimiento vuelvo sobre las voces de nuestros críticos y destaco esta pequeña compilación: “una mujer imprescindible del teatro cubano”, señala el profesor Eberto García Abreu.

“Una de las pocas personalidades de la dirección cubana capaz de argumentar una dramaturgia del espacio en sus montajes, donde la calidad y la pujanza de los elementos concentrados en las tablas, narra ya otra voluntad, otra manera crítica de activar el mecanismo de una puesta en escena”, manifiesta el dramaturgo Norge Es­pinosa.

“Una actriz de excelencia, directora trascendental y siempre profesora, investigadora, técnica de altísimos quilates que constituye un genuino paradigma de la escena y de la cultura de la nación”, dice el investigador Roberto Gacio.

“Su nombre es símbolo de artista integral; sinónimo de voluntad indoblegable, perseverancia, pasión sin límites, vocación infinita de investigación, conocimiento y autosuperación, afán perfeccionista, exigencia, rigor y entrega. Entre­ga de todo su ser, de sí misma, al arte milenario y trascendente de las tablas del que eligió ser cultivadora a la vez que se tornaba, sin proponérselo, en leyenda, y en algo más tangible, fecundo y agradecido: en noble y perenne savia nutricia”, nos señala Suárez Durán.

Para terminar, solo develar que mi amigo —quien me recordó su cumpleaños— también me contó que fue Berta la responsable de nombrar a nuestra más pequeña compañía infantil: La Col­menita.

Ella misma, en una ocasión, habló sobre el trabajo de formación creadora y compartió una esperanza: “Un teatrista mejor es posible”. Gra­cias a Berta, hoy en Cuba muchos lo son. Sirva entonces este escrito para felicitarle y darle las gracias, desde el deseo de todos sus discípulos, por estar entre nosotros.

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