El santo espíritu de una ciudad

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El parque Serafín Sánchez continúa siendo el corazón de la ciudad. (Foto: Vicente Brito / Escambray)

Los turistas foráneos, cada vez más numerosos, no han dejado de tomar imágenes del bulevar. Mucho menos del parque, que algunos de ellos vieron patas arriba y con las entrañas afuera. El parque, corazón de la ciudad incluso después que los festejos más importantes dejaron de centrarse en él, viene siendo esa especie de imán que atrajo toda suerte de transformaciones en la Villa del Espíritu Santo una vez emprendidos los trabajos para celebrar el medio milenio de su fundación.

Del antes y el después, más que la memoria misma, hablan las fotografías. Hay quienes se aferraron al viejo rostro de una plaza pública que nadie se imagina ahora en las pantallas de los celulares, las tabletas o las laptops, por medio de los cuales, tecnología wifi mediante, cientos de espirituanos se comunican con sus allegados en diversas partes del mundo. Cada cual procura tener de fondo no solo los colores del follaje en los jardines, sino también el entramado de edificios — azules, amarillos, verdes— en sus alrededores.

Con sus amplios espacios interiores, sus áreas externas, bancos y una glorieta marmolada donde por las tardes juguetean los niños, el parque Serafín Sánchez, hoy con árboles florecidos, atesora recuerdos de dos años atrás, cuando casi a diario afloraba un hallazgo y luego del sellado de las cavidades repletas de historia sobrevino el asfaltado de todo su entorno.

Pero no solo allí señorean los aires de desarrollo. La novedosa tecnología wifi se entrelaza con las transformaciones arquitectónicas en determinados tramos del Paseo de la Avenida de los Mártires, remodelado en su totalidad, al igual que el Paseo Norte, a contrapelo de los cuestionamientos de no pocos.

Nadie podría negar que Sancti Spíritus ganó en belleza y atractivo al término de aquella cruzada en que las edificaciones, por más altas que fuesen, recibieron retoque y pintura exclusivos en más de medio siglo. Encajes primorosos se dibujaron, a partir de entonces, en los pináculos de balcones o terrazas y las fachadas de las casas lucieron cual si fuesen nuevas. Hasta la Mayor, iglesia asociada al nombre mismo de la villa, adquirió un donaire que aún le asiste.

La ciudad y sus derredores ostentan con gallardía calles mayoritariamente asfaltadas, una limpieza celosamente defendida por los trabajadores de los Servicios Comunales —salvo sitios específicos— y opciones para el renuevo espiritual, marcadas en la zona de Olivos I con el surgimiento, el verano anterior, de una nueva Plaza Cultural a la que le siguen naciendo propuestas, y con un Beisbolito de rostro alegre, también beneficiado constructivamente. En tanto, diversas novedades continúan aflorando en el mundo gastronómico, sector por cuenta propia incluido, y crece el número de comunidades a las que ha llegado la cruzada por el mejoramiento integral, que desde la periferia hacia el centro ya toca al concurrido Consejo Popular de Jesús María.

No obstante, algún que otro propósito ha quedado dormido, pese a ser crucial. Tal es el caso de la Oficina del Conservador de la Ciudad, con un local inaugurado aquel 4 de junio de 2014, pero inexistente en los registros, por lo que no cuenta con presupuesto propio. De acuerdo con el jefe de la Oficina Provincial de Monumentos y Asuntos Históricos, Roberto Vitlloch Fernández, quien lleva las riendas del “fantasma”, dicha razón y la morosidad en aprobar el añorado Proyecto de Desarrollo Local laceran numerosos empeños, incluidos los de la Sala de Interpretación de la Ciudad (Maqueta), abierta en la propia fecha, que vive de favores, cuenta apenas con poder de convocatoria y ha visto crecer en dos años ese mismo número de cuadrantes, de 20 que deberá tener.

Suerte parecida corrió una de las iniciativas más aplaudidas en la remodelada villa. Luego de su puesta en marcha, con bombos y platillos, a mediados de julio del 2015, la Base Náutica, que con sede en la Casa de la Guayabera prometió animar la emblemática zona del puente Yayabo y despertar una conciencia ecologista entre sus visitantes, feneció ahogada en las aguas del río sin traspasar la etapa inaugural y sin que los costosos chalecos salvavidas pudieran rescatarla.

Valga reconocer: dos años después Sancti Spíritus ya no es el mismo, sino uno mejor. Pero tampoco huelga observar: para dinamizar los días, las tardes y las noches con ofertas puntuales y propuestas capaces tanto de recrear como de prodigar crecimiento espiritual, no se precisan fechas redondas. A quienes habitan en el Yayabo, sin importar lo que interese a los turistas, les viene bien, más que lo nuevo, lo bueno y perdurable.

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