Periódico de Sancti Spíritus

Examen de familia

La discrepancia fue subiendo de tono hasta rozar los límites de riña. ¿Implicados?, una madre y un padre que no miraban desde la misma óptica la misión asumida a deshora y con vehemencia, aunque a regañadientes, por la progenitora. Que si una tarea así no es para niños de esa edad, que si fuera yo con mi noveno grado ¿qué?, que si lo hago para que él no quede mal y si no te gusta vete al diablo… Y el escolar, entre dos aguas.
En similar encrucijada, centenares de discípulos. Un encargo del colegio por estos tiempos tiene eso, el poder de polarizar criterios no solo en el hogar, sino entre este y la escuela, dentro de la institución en sí misma e incluso entre familias cuyos vástagos estudian juntos.
Hace tan solo días más de una cuadra en la provincia se movilizó con una petición mínima: llevar a clases los nombres de todas las hermanas de José Martí. Cuentan que cinco pedagogos juntos, cuya ayuda solicitaron desde un domicilio, no lograron identificar a las cinco mujeres por las que se indagaba. En otra, alguien con ganas de colaborar descubrió, luego de numerosas consultas, que se trataba de siete hermanas y anotó de Internet la retahíla de nombres, pues casi todas llevaban más de uno y al menos una fue inscrita con tres apelativos. Al final una misma pregunta rondó a todos ¿No habría sido más didáctico provocar búsquedas acerca de los lazos afectivos entre el Apóstol y sus seres amados?
Las encomiendas suelen ser sencillas o complejas, según el grado de que se trate y las habilidades del pedagogo que pretende evaluar. Con frecuencia las averiguaciones traen como resultado trabajos exhaustivos semejantes a tesis de grado o de maestría, con abordajes en demasía profundos y también inexactos, al centrarse en sitios digitales desactualizados o poco fiables. Cierto maestro de experiencia tuvo en sus manos un lujoso legajo que algún otro docente recibió. “Tenía encima no solo dólares, sino hasta libras esterlinas”, ilustró al comentar. En el análisis del problema, ya que se le pedía consejo, comprobó que al orientar el ejercicio el preceptor obvió lo elemental: informar a los educandos cómo y dónde encontrar cada uno de los elementos para cumplir el objetivo; tampoco controló la tarea de modo sistemático.
En un sondeo de opinión que incluyó a integrantes de equipos de dirección de varias escuelas y a discípulos dentro o fuera de ellas, Escambray consiguió desatar no solo esquinas calientes de madres o abuelas, sino además valoraciones de pedagogos respetables alarmados por lo que consideran regla y no excepción: hay familias que se apropian de los trabajos de sus hijos mientras los “evaluados” cumplen apenas pequeños encargos y mayormente transcriben con sus letras lo ya impreso, dada la exigencia, apoyada por muchos e impugnada por una minoría, de que el contenido sea manuscrito.
Aunque no todas pecan por igual, las defensas de textos primorosamente diseñados y con una estructura algo compleja —dedicatoria y agradecimientos son los únicos requisitos discrecionales— suelen estar matizadas por anexos concebidos con recortes de libros valiosos, revistas o fotografías impresas en colores, pegados a las páginas, aunque tampoco está normado y en ocasiones los devuelven. Detrás de ellas, por mucho que se ignore, hay horas robadas al trabajo o al descanso, cientos de megabytes, decenas de carpetas y centenares de archivos tecleados o copiados por dedos adultos. Al propio tiempo, hogares ajenos al corre-corre, diferencias individuales abandonadas, aspiraciones a notas que los pequeños no ganaron.
La Resolución No. 238 del 2014 o Reglamento para la aplicación del sistema de evaluación escolar en todos los niveles educativos es clara en cada aspecto. Tocante al primer ciclo de la Educación Primaria, las pruebas finales de segundo grado incluyen solo Lengua Española y Matemática, a las que se le suma, en cuarto, El mundo en que vivimos con un trabajo práctico integrador que debe, además de pertrecharlo de conocimientos, preparar al educando para habilidades investigativas.
Tras consultar a fuentes oficiales, Escambray sacó en claro que en las evaluaciones sistemáticas del primer ciclo el maestro elabora su clave de calificación y determina qué alumno merece una u otra categoría sobre la base de su diagnóstico individual. En las parciales, en cambio, un solo error invalida la excelencia, en tanto en el segundo ciclo es mayor la flexibilidad al descontarse 0.25 puntos por cada equivocación y 0.15 cuando se trata de otras comprobaciones.
Una alarma recorre no pocos colegios de primaria: el deficiente estado técnico de los ordenadores, que pone en jaque las posibilidades de encontrar adentro lo que suele procurarse afuera. Aunque los directivos del sector insisten en que las fuentes de consulta son los libros de texto y otras publicaciones en sus bibliotecas, así como los softwares educativos de probada efectividad, los colegios se duelen de cada vez menos medios digitales en activo. El seminternado Julio Antonio Mella, uno de los mayores, ubicado en la cabecera provincial, vio colapsar recientemente los clientes ligeros que sostenían su sistema de computadoras.
El asunto devolvió a mi memoria una graciosa canción de Alla Pugachova, en la que un escolar de primer grado, agobiado por la sobrecarga docente, añora convertirse en adulto. Ahora imagino el estribillo, pero en boca de abuelas y madres: ¡Y lo que viene, uy, uy, uy!



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