Fernández Morera sigue moviendo pinceles

Este pintor autodidacta dejó el legado de más de 1 000 obras y una forma de pintar que a 135 años de su nacimiento continúa influyendo entre quienes hoy expresan el arte con colores

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Un paisaje de Fernández Morera partiendo de la ciudad hacia el suroeste.

Pareciera como si en cualquier rinconcillo de la villa del Yayabo, de esos apartados en que predominan aleros y tejados con fachadas marcadas por el tiempo, ventanas con balaustres de maderas o fierros degradados, se encontrara ahora mismo la figura enjuta de Oscar Fernández Morera, plasmando sobre un lienzo paisajes entrañables de esta tierra que pasarán a la posteridad.

Se le puede imaginar también a don Oscar en una estancia, pincel en mano, reflejando en la tela los rasgos distintivos de un caballero o de una dama de la localidad, o de objetos o frutas, porque a la sensibilidad artística de este pintor autodidacta que nos legó más de 1 000 obras, no escapó prácticamente nada digno de ser pintado en los lugares que frecuentó, especialmente en su natal Sancti Spíritus, donde vino al mundo el 31 de octubre de 1880.

Siendo un precursor hecho a sí mismo y con méritos indiscutibles como artista plástico, inmanentes en su monumental quehacer, Fernández Morera no siempre fue visto ni apreciado por todos con el prisma de la objetividad, pues ha tenido críticos que encasillan su pintura dentro de moldes estrechos porque —dicen— se mantuvo en los ámbitos del impresionismo clásico frente a nuevas corrientes que por entonces nos llegaban de Europa.

UNA VISIÓN CONTEMPORÁNEA

Los cuadros del maestro, pese sus detractores, lo sobrevivieron; estarán ahí y seguirán siendo apreciados tanto como perduren esta villa querida y sus moradores, los muchos que lo admiran y, por supuesto, los que pincel en ristre se consideran sus discípulos. No es óbice decir que quienes poseen algunos de los exponentes que llevan su firma, en Cuba y otras partes, lo justiprecian también, ya sean dibujos al creyón, óleos, pasteles, acuarelas, plumillas…

Si se estableciera un orden entre los han seguido la senda de Fernández Morera habría que empezar quizá por Jorge A. González Pérez, quien fue alumno de Rogelio Valdivia, pintor yayabero graduado de San Alejandro, de cuyas conferencias y clases prácticas bebió este maestro de la cultura devenido artista de la plástica, junto a otros de su generación. En realidad son muy pocos —si existe alguno— que no hayan sido influidos por la obra de Oscar.

De aquellos tiempos ya idos nos dijo el propio Jorge: “Allí aprendimos técnicas de ligar el óleo con la trementina y el aguarrás para pintar en el lienzo, aparte de que ya practicábamos las acuarelas y otras técnicas, pero los bodegones de Oscar Fernández Morera marcaron en mí una huella indeleble”.

¿Cómo es que a través de las influencias de esta época y de tantas tendencias “renovadoras” persisten usted —y otros — aferrados en practicar el estilo de Fernández Morera?

Yo reconozco ese influjo. Sus bodegones —naturalezas muertas— , por ejemplo, despiertan en mí todas las sensaciones perceptuales, olfativas, táctiles, porque cuando tú contemplas un cuadro de Fernández Morera, lo haces a través de la vista, el color, pero te dan ganas de tocar para ver si es de verdad la textura esa que se aprecia en las cáscaras de sus frutas.

 

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Oscar Fernández Morera, autorretrato.

Pero él fue criticado, a veces con juicios un tanto severos acerca de su obra…

Si, fue criticado quizá porque los “eruditos” o los “iluminados” decían que Fernández Morera no pertenecía a la vanguardia de las artes plásticas en el país en aquel entonces, y pongo los ejemplos de Fidelio Ponce, Pogolotti y Carlos Enríquez, entre otros. Se pudiera decir que en el aspecto técnico le reprochaban mantenerse en los límites de la pintura realista, pero contemplativa.

¿Y qué piensa usted de ello?

No puedo estar de acuerdo con esos criterios ante un hombre que fue fiel a su gusto y a su estilo. Cuando usted ve un mango pintado por él, ve que es un mango; cuando ve una fachada, sabe que se trata de la casa tal; o sea, que una de las dificultades que afronta él con la crítica es esa, que se aproxima a la fotografía, sí, pero es que le daba unas tonalidades, unas luces, unas sombras que la foto no puede reflejar.

Y entonces ese estilo hay que mantenerlo vivo, igual que se mantienen vivas la música antigua clásica, el ballet clásico, las danzas ‘antiguas’, ¿por qué no la pintura?

¿DESDE OTRA PERSPECTIVA?

Allá en su “castillito” bucólico ubicado en la campiña 2 kilómetros atrás de Zaza del Medio, como remedando otro Hurón Azul, se afana con sus pinceles José Perdomo García, también excelente paisajista, pero de una generación más joven, quien no siente reparos en admitir la influencia de Fernández Morera.

Perdomo se acercó al maestro mediante los criterios de los estudiosos y la contemplación de sus cuadros, cuando ya él se había enrumbado hacia la plástica y cursaba su carrera en el Instituto Superior de Arte. Después los estudió a conciencia.

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En las pinturas de Perdomo, como en las de otros pintores espirituanos, se aprecia la influencia del maestro.

¿A qué conclusión ha llegado en cuanto a la técnica de Fernández Morera, su forma de utilizar los distintos empastes, los temas que abordaba?

Me parece que estamos en lo cierto al presentarlo como una de las figuras más importantes de la plástica espirituana, y uno de los primeros maestros en esta modalidad de las artes plásticas. Yo noto en la pintura de Oscar la influencia del impresionismo y de otros movimientos no impresionistas que le sucedieron.

Lo veo como un cronista de su tiempo, porque a través de su pintura se muestra cómo eran determinados sitios de la ciudad en aquella época, como por ejemplo, el acueducto, algunas calles coloniales, algunos patios interiores. Me parece también que él les supo impregnar a esas pinturas un sello personal que a su vez está en sintonía con todo el sentido de la nacionalidad cubana que se forjaba en la etapa de la República a medias que tuvimos aquí.

¿De ello se deduce que aprecia en su obra la cualidad de trascender a su autor y a su tiempo?

Si, la obra de arte influye en tres aspectos, que son la personalidad, la sociedad y la naturaleza. O sea, que hay que ubicar a Fernández Morera en el momento en que él creó esa obra. Él influye en los nuevos pintores porque en este mundo variopinto en que ya casi todo está inventado, él sigue ahí con su legado y continúa la práctica de pintar paisajes y naturalezas muertas en medio de los nuevos estilos y formas de pintar de nuestros días.

CON OJOS DE POETA

Parecería un tanto fuera de lugar, incluir en estas líneas la visión de un rapsoda, en este caso Esbértido Rosendi Cancio, el poeta de la ciudad, para opinar sobre Fernández Morera y su obra; pero, ¿qué es la pintura sino la poesía del color? Y ese hombre que esgrimía pinceles ¿no le cantó acaso a Sancti Spíritus con la lírica de su paleta?

Conocedor del tema —le valió en su momento ser el primer presidente del Consejo Provincial de las Artes Plásticas—, Rosendi tiene una opinión formada sobre el artista y su obra: “Por momentos notas que no es plenamente realista a la usanza de los clásicos de ese estilo, sino que él empieza quizá a romper con la forma de hacer de aquel momento, y en sus marinas, sus bodegones y todos sus retratos hay proposiciones que son atrevidas para su época por la utilización de los colores y el uso de la técnica pictórica”.

¿Sobre qué bases se sustenta ese criterio?

Digo esto porque Fernández Morera, a pesar de ser un artista con pocas o ninguna relación con pintores de su época, en la primera mitad del siglo XX, logró pinturas osadas, de un colorido a veces extraño, de una composición también distinta, no a la usanza de etapas anteriores, y son composiciones en las cuales el paisaje a veces se decolora, se difumina… Él logró un colorido muy particular. Por eso su pintura y su recuerdo perviven, no obstante su pérdida física ocurrida el 5 de enero de 1946.

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