Fidel: la épica del Guerrillero del Tiempo

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Fidel tuvo la suerte de los elegidos, se dio al pueblo. (Foto: Ismael Francisco)

Vivió con el oído atento a los dolores del planeta; por ello, su inmensidad, la congoja por su desaparición física la noche de este 25 de noviembre; mas no partióEl constructor de utopías posibles que el pueblo no llamó Presidente sino, simplemente Fidel andará, como hasta ahora, honrando la vida misma.

Lo hizo desde siempre, desde  el Moncada, el yate Granma, la Sierra Maestra. Con el fango de sus botas aún prendido luego de difíciles travesías por ríos y montañas; permanece la imagen de este hombre que concretó los sueños de Martí y entró triunfante a La Habana en aquel enero de palomas posadas caprichosamente sobre sus hombros.

Advertido por él mismo, nació de madrugada y la noche pudo haber influido después en su espíritu guerrillero, en su actividad revolucionaria. “Habría que preguntarse ¿cómo fue ese día y si la naturaleza tiene alguna influencia en la vida de los hombres?”, dijo una vez refiriéndose al día en que Lina Ruz González le trajo al mundo en la finca de Birán, en la antigua provincia de Oriente.

Lo cierto es que nació rodeado de cedros y caguairanes, de palmas y algarrobos, y el monte fue su refugio seguro, el lugar donde libró decisivos combates, donde venció la ofensiva batistiana, y el Ejército Rebelde, bajo su liderazgo, tomó estatura y hermanó hombres y causas.

Trascendió en el tiempo por desmentir todos los mitos sobre la miseria y la ignominia de la Cuba sajada por la dictadura, lógico pretexto de una revolución, una reforma agraria, una campaña de alfabetización; trascendió en el tiempo por su sana terquedad, gracias a la cual nacieron escuelas, hospitales, círculos infantiles, centros de investigación científica…

Fidel tuvo la suerte de los elegidos, se dio al pueblo. Solía aparecer de improviso sin sirenas ni protocolos y andar sin prisa entre gente llana y sencilla. Hubo un ciclón Flora que arrasó hasta con la esperanza de los pobres y las piedras de los ríos, y Fidel estuvo allí. Otros huracanes de bloqueo, de período especial, de solo un boniato hervido sobre la mesa sobrevinieron, y el líder compartió con su pueblo esas tempestades.

Este hombre, más grande que muchos otros hombres, no ha partido. Es difícil que parta el Fidel universal, quien tenía de Sol el corazón y las manos, las manos que el pintor Guayasamín supo dibujarle almas.

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