La escuela nos civilizó

La mejor egresada de la segunda graduación de la Escuela Ana Betancourt, la espirituana Georgina Rodríguez, resalta las dimensiones de aquel proyecto humanista, liderado por la Federación de Mujeres Cubanas

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“La vida nos cambió con la escuela”, comenta Gina. (Fotos: Arelys García)

Lucía saya gris, blusa blanca y las ballerinas de salir y de ir a todas partes; las cuidaba tanto como las plantas de sus pies. El maletín era una jaba de papel amarillo grande, que se ponía doble, amarrada por arriba para que no se salieran las cosas. Así partió para La Habana en 1962 la espirituana Georgina Rodríguez García, más conocida por Gina entre los pobladores de Banao.

El dedo índice de esta mujer descansa en la fotografía que le regresa la imagen de aquellos días, cuando llegó asustadiza al Hotel Nacional, donde la alojaron provisionalmente, junto a cientos de campesinas procedentes de las montañas del Escambray y de otros sitios intrincados de Cuba.

Después la situaron en suntuosas viviendas en Miramar; 40 casas solo para ellas. “Vivimos en palacetes construidos por los ricos, con el sudor de nuestros padres. Con nosotras allí se convirtieron en escuela; nos daban clases de corte y costura y de enseñanza primaria para las muchas que no la habían concluido y para quienes habían sido alfabetizadas”, rememora Gina.

EL ASOMBRO

“Esa idea de Fidel y Vilma de llevar a estudiar a las campesinas a La Habana fue maravillosa porque nosotras solo estábamos destinadas a lavar, planchar, cuidar niños y a ser esclavas domésticas. La Escuela Ana Betancourt nos civilizó; muchas ni siquiera habían visto las luces de una ciudad”, señala.

“Cuando íbamos en las guaguas, Julia, una de las muchachas, miró al mar y dijo: ‘¡Qué río tan grande!’. Las había, como yo, que nunca habíamos visto un elevador, un baño sanitario o que no sabíamos apagar una luz o encender el aire acondicionado”.

Como recuerda Gina, costó empeño salir de aquella ignorancia. En la escuela aprendieron Lenguaje, Aritmética, Historia… y hasta coserse sus propios uniformes, bordar. “Nos enseñaron a sentarnos, a peinarnos. Nos dieron atención médica y estomatológica”, añade.

“Fuimos a los mejores teatros de La Habana, al Chaplin, a la sala Hubert de Blanck; allí vimos el ballet ruso, el de Alicia Alonso. ¿Cuándo en la vida una campesina de la Sierra Maestra o del Escambray iba a soñar con vivir esa experiencia?”, se pregunta hoy Georgina Rodríguez.

IR A LAS RAÍCES

“La Revolución nos abrió el camino, nos llevó a esa escuela, nos emancipó”, agregó Gina, quien nació en La Herradura, un batey humilde de Banao, sembrado en el Escambray espirituano.

“Mi papá, Benigno Rodríguez, tenía una tiendecita, que nos daba para vivir medianamente. Había mucha pobreza en el barrio y  cuando terminaba la zafra los hombres se quedaban sin trabajo y pedían que le fiaran el poquito de arroz, manteca o sal y mi papá decía: ‘¿Cómo le voy a negar la comida a esa gente?’.

En un bohío de guano y piso de tierra, Gina vivió su niñez y, aunque su padre logró construir una casita con mejores condiciones, los 14 años la sorprendieron a ella lavando bajo pago ropa de vaqueros y cuidando cuatro niños huérfanos que dejó su hermana al morir por falta de asistencia médica.

Cuando las esperanzas parecían sepultadas entre planchas de carbón y camisas almidonadas, triunfa la Revolución y llega la noticia: formaría parte del segundo contingente de las Anita, como se les conoció a las egresadas de la Escuela Ana Betancourt. Con casi 1 000 muchachas, viajó a la capital cubana. Gina resultó la graduada más integral de esa promoción y fue seleccionada para estudiar en el Instituto de Alta Costura habilitado en La Habana para 300 muchachas; pero un llamado de la dirección del país para formar maestros populares marcó el camino del magisterio que por más de 30 años seguiría la joven.

“Después de un curso de seis meses en Matanzas, elegí ir para la escuela de El Blanquizal, el mismo lugar donde había alfabetizado cuando la campaña a cinco personas; tenía el compromiso conmigo misma de continuar quitándole la pena a los campesinos de solo saber firmar y poner su nombre”.

Bajo el acoso de las bandas contrarrevolucionarias que operaban en la zona montañosa del Escambray, la maestra impartió clases a 15 alumnos, algunos casi hombres. La escuela era de tabla de palma y piso de tierra, pero lucía impecable; todos los días se baldeaba con agua y tierra seca.

Minas de Frío fue otra prueba de fuego para la pedagoga, quien subió hasta la Sierra Maestra para formar, en condiciones de campaña, otro contingente de maestros primarios.

“Las aulas —recuerda Gina— eran improvisadas; las hicimos de madera y guano. Nos sentábamos en el suelo; no había pizarra y así dimos las clases. Dormíamos en hamacas y permanecimos allí un año”.

Georgina Rodríguez en la escuela ana betancourt

Directora Municipal de Educación en Guayos, Guasimal y Taguasco, y fundadora del Internado Banao fueron otros capítulos en el itinerario de la educadora quien debe esta vocación a la escuela Ana Betancourt.

“Cuando recibí el diploma de graduada de manos de una mujer tan grande como Vilma Espín, supe que todo lo aprendido debía multiplicarlo y así ha sido; no he dejado de enseñar”.

Las manos casi octogenarias de Georgina se posan suavemente sobre una revista amarillenta. “Gina se gradúa”, reza el título de un artículo dedicado a la graduada más integral del segundo contingente de las Anita. Las fotos, los testimonios de aquel instante la regresan a la butaca del teatro Chaplin: lleva el uniforme que ella misma confeccionó y el brillo en los ojos que todavía no ha perdido.

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