Plaza sitiada

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Revuelo de palomas semejaba el ondear de banderas. (Foto: Reidel Gallo/ Escambray)

Es mañana de la Santa Ana. Amanece en la Plaza Mayor General Serafín Sánchez Valdivia, explanada cuatricolor repleta de pueblo, cuartel tomado desde la medianoche.

Los acordes de El Mambí y la ofrenda floral ante el monumento al guerrero que tenía, a decir de Martí, de columna hasta la estatura, suceden a la entrada del Presidente cubano Raúl Castro Ruz, acaecida justo en el instante en que el cartel lumínico recoge un fragmento de frase: para los humildes. En el aire, el aliento de los Héroes que minutos antes tomaron asiento en la primera fila, la gloria exhalada por asaltantes de la Historia de Cuba y por rebeldes que desembarcaron su insurgencia en las costas de Oriente; el triunfo de una larga Batalla de Ideas hecho cuerpo en el joven ingeniero Elián González, que degusta el orgullo del pueblo espirituano y devora canciones, danzas, décimas y tonadas.

La mirada, curiosa, se detiene en una gran pantalla que devuelve los sucesos del 26 de Julio más célebre del mundo. Los oídos captan, como si fuese nueva, la crónica de una masacre, la ironía del reporte sobre jóvenes “caídos en combate”, el dolor nacional; mientras los ojos sufren los cuerpos mancillados en el propio escenario del Moncada.

Rostros humildes, ora sonrientes, ora serios; de cejas más o menos pobladas; de cabellos lisos o ensortijados; de tez morena, blanca o negra, emergen desde la tela iluminada. Unos pocos murieron en acción. Se alcanza a leer los nombres de Renato Guitart, Flores Betancourt, Gildo Miguel Fleitas, Guillermo Granados, Pedro Marrero, Carmelo Noa. Los que les siguen en orden de aparición, y que son aplastante mayoría, fueron víctimas de la ira de un tirano y sus secuaces, empecinados en la lección de sangre que no amedrentaría a cubano alguno.

“La felicidad de este pueblo es el único precio que puede pagarse por ellas”, resumiría Fidel sobre sus muertes. Se escucha a la pionera y a la joven hablar de derechos negados antes, conquistados después; de gratitud y compromiso. A la par, el segundo puñado de semblantes va desfilando, en tonos grises; mirando a todos desde sus cuerpos enterrados, desde sus vivos corazones, como arengando a aquella misma marcha ordenada por Serafín al caer en el Paso de Las Damas.

Y cuando las palabras en voces tiernas surcan el aire para evocar un futuro mejor se distinguen las fotos de Abel Santamaría, Ángel Guerra, Lázaro Hernández, Boris Luis Santa Coloma, Rolando San Román, Hugo Camejo y José Luis Tassende, entre 58 estrellas que entrarían aquel día al firmamento de exclusivos mártires. Se evocaría desde el podio, en alta voz, a los tres hijos de esta tierra que tatuaron el santo amanecer, uno de ellos con su muerte: Reemberto Abad Alemán, Antonio Darío López y Ricardo Santana, quien en la retirada de la acción auxiliaría a Fidel.

Revuelo de palomas semeja el ondear de banderas en las manos de todos. De tanto en tanto, aplausos. Durante la hora y dieciséis minutos en que transcurre el acto, fulgor en las miradas, agitación de corazones. Un Mayor General con vestimenta recién lustrada vislumbra la masa viva que desborda el espacio. Mientras descansa el brazo sobre el hombro del angolano combatiente devenido su alumno, escucha la alusión a Gómez y el especial significado que tuvo para él el suelo donde viniera al mundo su Panchito y donde comandara a 4 000 hombres en aras de la libertad.

Tras los elogios al pueblo espirituano y a su dirección política, tras la advertencia de lo que cabe esperar de Cuba, sobreviene la evocación al discurso de Fidel 30 años atrás en esta misma ciudad, cuando dijera que un pueblo que no se doblega ante nada ni ante nadie es y será siempre un pueblo invencible.

Con una luna como testigo desde el cielo, ya azul, toma cuerpo el orgullo de ser centro de atención en Cuba y en el mundo, barricada para nuevos combates, terreno fértil a las nuevas siembras. Y al cerrar el festejo rojinegro, un Elián afincado en suelo patrio lanza la certidumbre repleta de lealtad: “Que ningún espirituano, que ningún cubano sienta que se esforzó por un joven que no valía la pena”.

A seis semanas y tres días de esfuerzo decisivo en que codo a codo los hijos del Yayabo se crecieron, con broche de oro cierra la operación Plaza sitiada.

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