René Fernández: El papalotero mayor

El Premio Nacional de Teatro 2007 apuesta por el regreso a los escenarios espirituanos, donde ha encontrado el abrazo cariñoso de muchos amigos y el aplauso del público

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En Sancti Spíritus he dejado algo de mi herencia porque he impartido varios talleres, expresa René.

“Te cambio este teatro por el mío”. René Fernández Santana, reconocido director matancero del mundo de las tablas, no necesitó muchas más expresiones para evidenciar su sorpresa y alegría al ver la majestuosidad del Centro para las Artes Serafín Sánchez Valdivia, de la ciudad del Yayabo. La instalación, ahora convertida en verdadera plaza cultural, acogió, por vez primera, al grupo yumurino Teatro Papalote, dirigido por ese reconocido dramaturgo cubano hace más de cinco décadas.

“Sancti Spíritus cuenta con esta institución con un teatro del futuro. Las dimensiones de su escenario te devoran; te invitan a trabajar”, añade mientras pierde su mirada por el vacío proscenio, en busca de las huellas de la última escenificación. Arropado con 72 abriles y alma juvenil, el único Premio Nacional de Teatro residente fuera de La Habana, ha apostado por mantener el legado de los fundadores del guiñol en Cuba.

“Hemos formado con Papalote parte de todo el proceso cultural, económico y político de nuestro país. A pesar de los cambios y dificultades, somos una institución que sigue de pie. Socializamos con nuestro entorno y hemos crecido al calor de los estudios e indagaciones que hemos hecho sobre las raíces de nuestra idiosincrasia”, asegura quien ostenta en su currículo la condición de Miembro Emérito de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

 El colectivo de Teatro Papalote tiene en su repertorio obras devenidas clásicos del teatro para el público infantil y con títeres como Otra vez Caperucita y el lobo, Andariegos, Tres somos tres, Los ibeyis y el diablo y Tropical show, entre otras.

“Somos titiriteros por excelencia. Pero hemos logrado atrapar a todos los públicos con ellos, gracias al respeto que profesamos a nuestros muñecos y a quienes nos visitan”, confiesa en una conversación que poco a poco desnuda las interioridades de un hombre irremediablemente enamorado del mundo de las tablas.

Precisamente, una de las facetas que distingue su creación como director y dramaturgo es el apego con fuerza a los payasos, quienes son los principales motores impulsores de su proyecto sociocultural  La calle de los títeres, a fin de ganar más seguidores, quienes tras disfrutar de un pequeño espectáculo en la arteria, apuestan por descubrir la magia de su pequeña sala.

“Esos personajes que llegan a varias de mis obras están llenos de valores para ser interpretados así por la familia”, considera, quien recibió por su estrecha relación con este terruño el Escudo de la Ciudad conferido por la Asamblea Municipal del Poder Popular de Sancti Spíritus.

¿Qué encuentra en el escenario espirituano, que le inspira al regreso, una y otra vez?

Amigos sinceros, con quienes desde la sabia de la crítica puedo dialogar. Aquí también he dejado algo de mi herencia porque he impartido varios talleres.

¿Cuál ha sido la clave del éxito de Teatro Papalote para vivir durante casi 55 años junto a los aplausos?

La constante dinámica de búsqueda frente a realidades de todo un país. Hemos encontrado en las mismas contradicciones la luz oportuna para seguir. Papalote, afortunadamente, ha sido escuela y muchos de sus alumnos hoy prestigian con sus proyectos las artes escénicas cubanas. Hemos sobrevivido, además, por la constante superación.

Nuestras puestas responden a objetivos, necesidades, a estudios. Jamás hemos abandonado los valores reales del arte, a pesar del fuerte influjo del comercio artístico.  

¿Qué no le puede faltar al grupo?

La energía para exigirle al actor entrenamiento, a fin de que supere sus limitaciones. Tampoco nos ha faltado el respeto ante cada momento de cambio.

¿Deudas?

Dejar mi herencia y formar a artistas más integrales. Tengo 72 años y durante todo este tiempo me he basado en la superación tanto en mi ética, mi pedagogía y mi forma de ser. Pienso que aún me queda mucho tiempo por lo que el futuro exige ayudar más a los jóvenes para que comprendan nuestra profesión, su necesaria entrega y para que se despojen de valores falsos, banales y superficiales que muchas veces acompañan al arte. Pienso que están necesitados de ver un horizonte mayor.

Usted recibió la distinción de Maestro de Juventudes, otorgado por la Asociación Hermanos Saíz. ¿Cuánto cree que le falta a esa organización, con 30 años recién cumplidos, para convertirse en verdadera vanguardia artística del arte joven?

La juventud es hermosa. Fui airado, rebelde, como se suele ser en esa época. Considero que tienen que trabajar mucho en el respeto y consideración al pasado, viéndolo como el asiento y raíz de lo que somos. Son los responsables de transformarlo, pero con estudio, porque quienes construyeron lo que hoy somos nunca podrán ser olvidados.

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