Tengo la mejor maestra del mundo

Así califican los alumnos a una educadora de enseñanza especial que desconoce las lejanías y obstáculos por amor al magisterio

Celia y Evelín interactúan con los alumnos en un paseo por el zoológico hecho por ellas mismas. (Foto: Elisdany López Ceballos)

Dulce como turrón de azúcar y con una sensibilidad que le inscribe en la popular categoría de “las que ya no vienen”, la maestra Evelín Ortega Herrán decidió quedarse en Mapos, una intrincadísima localidad a casi 50 kilómetros de Sancti Spíritus, donde anuló todas sus frustraciones.

“Estuve tres años de misión en Venezuela y a mi regreso todos juraban que compraría una casa en la capital de la provincia. Pero yo soy guajira y siempre ‘goloseé’ esta aula”, reconoció quien ha dedicado el último quinquenio a la enseñanza especial.

Un espacio de ensueño es aquel salón por el que apenas han pasado nueve niños. No hay allí más que una sencilla estructura campestre, mas cada detalle en su interior ostenta el sello de la dedicación.

“Todos estos medios de enseñanza cumplen su fin didáctico y hacen mucho más real el conocimiento ante los ojos de los niños. A través de ellos aprenden a contar, calcular, trabajamos con el lenguaje, les ilustramos el entorno.

“Hicimos una granja para que diferencien los animales salvajes de los domésticos y también construimos la maqueta de un zoológico porque la mayoría de nuestros alumnos jamás ha visitado un lugar así. Quisimos regalarle la experiencia, al tiempo que aprenden en un safari imaginario”, comentó la educadora.

LABOR DE AFECTOS

Única de su tipo en Mapos y con solo cinco años de vida, la pequeña aula acoge cada amanecer a niños de primero a séptimo grados; una mixtura de ciclos que motiva a la maestra para hacer magia y darles herramientas a “sus pollitos para enfrentar al mundo por sí solos”.

“Cuando Samara llegó a mis manos no sabía leer ni escribir, a pesar de que contaba con edad suficiente; ahora sus lecturas son la mejor música para mis oídos y en el cálculo es un lince”, dijo Evelín con el orgullo estampado en el rostro.

Parte de motivaciones generales hasta llegar a las diferencias específicas de cada estudiante. Capitanea la clase junto a su compañera Celia Benítez Varona, la seño que completa esta labor de afectos.

“Celia y yo amamos a nuestros niños. Incluso nuestra aula brinda servicios a los que viven en la comunidad de San Carlos. Mi cabeza no descansa, siempre pienso en una iniciativa que pueda gustarles a los muchachos, sueño con el aula. Ni durante el tiempo que estuve en Venezuela dejé de añorar este espacio”.

UN AULA PARA TODOS

Algunos ubican ese sitio donde el diablo dio las 10 voces y, ciertamente, la lejanía de Mapos lo caracteriza tanto como la fertilidad de sus tierras para cosechar arroz; pero sí algo distingue al poblado es aquella aula en medio del caserío y hacia la que toda la comunidad se vuelca en un “todos para una”.

“Existe retroalimentación entre los vecinos y nosotros. Hace poco se reanimó el pueblo y los trabajadores de la UBPC arrocera nos pintaron el aula y repararon el techo. El apoyo fluye de todas partes, si hasta Betty, la señora del correo, provee a los niños de las revistas Zunzún en cuanto llegan al estanquillo”, reconoció la profesora.

Insertos en los proyectos A Prepararnos y a protegernos y Yo amo mi lugar, los alumnos de aquella aulita forman un auditorio heterogéneo y, a la vez, común. Se tratan como hermanos y el acercamiento con su maestra compone una de las imágenes más tiernas que he podido presenciar.

Espontáneos cuando me hicieron notar que la profesora por su estatura parecía una alumna más; observadores ante el gesto de la educadora, el mismo que siempre les revela saberes, historias o mundos inimaginables en aquel paisaje bucólico. Esos niños ya no son exclusivamente de sus mamás o papás, en la familia hay que añadir a Evelín y a Celia, dos mujeres que han dedicado 29 y 24 años, respectivamente, al magisterio y a diario dejan en aquel local una entrega que legitima el amor por su profesión.

Tres estudiantes ya han cursado hasta el noveno grado y no hay galardón de honor con más valía que esos resultados. Aunque ya Evelín Ortega alcanzó la Medalla de Hazaña Laboral, distinciones como la Rafael María de Mendive y Pepito Tey, así como la condición de Vanguardia Nacional, toda su gloria pervive en las sonrisas de sus pupilos, en las miradas ávidas de conocimientos, en los trazos ondulantes que ahora llenan el papel para colorear su día con un: “Tengo la mejor maestra del mundo”.

One comment

  1. Mis saludos para Evelin desde Boyeros la Habana, espero me recuerde..Siempre la conoci como una profesional excelente y un ser humano de gran sensibilidad..Un abrazo para ella..

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