Trinidad: Sin concesiones a la nostalgia

Resignada a las interpretaciones actuales de su legado patrimonial, Trinidad cede terreno en cuestiones tradicionales como único garante de no naufragar en el mare mágnum de la contemporaneidad

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Pese a las modificaciones, los trinitarios aguardan cada aniversario de la localidad. (Foto: Carlos Luis Sotolongo/ Escambray)

De vez en cuando Trinidad debe sacudirse los recuerdos y aceptar, aunque le pese, el transcurso del tiempo, la vorágine del siglo XXI, el nuevo prisma con que sus hijos la ven, la reinterpretación de lo que un día devino paradigma para Cuba. De lo contrario, cada año regresará el dejà vú, los paralelismos con la era dorada, acompañados de las evocaciones.

Todo será en vano: la tercera villa reacomoda sus tradiciones (aunque los expertos insistan que lo tradicional no cambia) ante los aprietos financieros y la dinámica de los nuevos tiempos.

Nada ayudan las remembranzas cuando la ciudad asoma a un nuevo cumpleaños, no por renegar del pasado (Dios libre al terruño de semejante sacrilegio), sino porque prefiere complacer a la mayoría de sus moradores y conformarse con que al menos sobrevive buena parte de su legado patrimonial, mutilado por momentos.

Hablar cada enero, en pleno apogeo de la Semana de Cultura, de plataformas emblemáticas para el jolgorio, de balance entre las sonoridades para alimentar el espíritu y las que animan al esqueleto, de distinguir la diferencia entre cultura y feria pueblerina… resulta volver siempre al punto cero, con insatisfacciones sobre la mesa, cuya respuesta definitiva se rubrica con la escasez de recursos.

Tales descalabros solo parecen aquejarle a una minoría que, representación ínfima al fin, queda desdeñada ante la implacable cultura de masas, permeada de nuevas formas de asumir festejos tradicionales e interesada en anteponer el goce ante la cosecha intelectual por mucho ímpetu de ciertas instancias locales por revertirlo.

Tal vez sea mejor dejar las concesiones a la nostalgia, abrazar la reinterpretación que llega al calor de estos tiempos y aceptar de una vez lo que una trinitaria resumió de forma magistral en las inmediaciones del parque Céspedes: “La cultura profunda tiene las horas contadas”.

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