Che de futuro – Escambray

Che de futuro

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El Che queda en la memoria colectiva de los pueblos como símbolo de la resistencia y la defensa de los oprimidos.

Un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, que pertenece a los tiempos futuros. Así definió Fidel al Che instantes antes de lanzar aquella histórica sugerencia para todas las familias cubanas: educar a nuestros niños en el espíritu de ese hombre que actuó en perfecta concordancia con lo que pensaba y decía.

Habían transcurrido pocos días desde la noticia de su muerte, no caído en combate como se pensó entonces, sino asesinado a mano de esbirros que no consiguieron doblegarlo ni en el último de los instantes. Su corta vida, que no llegó a las cuatro décadas, es un prolífico compendio de actos de amor al prójimo, sobre todo al desprotegido y explotado; disposición inmediata para la misión de mayor peligro, trabajo incansable, ejemplo permanente. En él se evidenciaba casi una necesidad de darse todo por la causa mayor: la conquista de la independencia y de la dignidad para la América Latina.

Ya lo decía Fidel en aquel propio discurso: el Che reunía virtudes que raras veces aparecen juntas. Y con una juventud que pudo haber dedicado a otros menesteres se enroló, indistintamente y sin aspirar a ello, en los cargos de Presidente del Banco Nacional de Cuba, director de la Junta de Planificación, Ministro de Industrias, jefe de delegaciones en el extranjero. El asunto no es ni siquiera qué hizo, sino cómo lo hizo, sin descuidar la esencia en sus restantes roles.

“A lo mejor él estaría aquí diciéndonos cualquier barbaridad, porque el argentino no era fácil: ‘¿Ahora se están dando cuenta de esto? ¡Qué comemierdas!’ y nos hubiera puesto a todos a gozar. A veces yo me digo que si mi papá estuviera vivo la patá’ por el fondillo no me la quitaba nadie”, reflexionaba no hace mucho Aleida Guevara, la mayor de sus hijas, al conversar con jóvenes espirituanos.

Evocando su irreverencia, contaba que hace algún tiempo, de visita en una nación africana, el Presidente de ese país, gran admirador de Fidel, le aseguró que su papá “sí que no respetaba a nadie”, y ella le hizo notar la equivocación: “Mi papá lo único que respetaba era al pueblo”.

Era en nombre del pueblo que el Che llamaba a los miembros de la Unión de Jóvenes Comunistas a definirse con una sola palabra: vanguardia, y que los instaba a ser, a despecho de lo que dijesen los demás, casi unos románticos, idealistas inveterados, precursores de lo imposible, casi un arquetipo humano. Era también pensando en el pueblo que daba los mayores rapapolvos a quien fuera, si en sus actos había algo que oliera a guataquería, acomodamiento, irrespeto al trabajador humilde o apropiación de un bien estatal. “¿Qué habría dicho el Argentino de esto?”, cuenta Aleida Guevara que solía preguntarse Fidel en determinadas circunstancias. Y es que, por indispensable, se añoran sus consideraciones sobre este o el otro asunto, sobre este o aquel modo de actuar.

Hablaba de una sociedad perfecta, de un mundo nuevo donde habría desaparecido definitivamente todo lo caduco. “Para alcanzar eso —decía— hay que trabajar todos los días. Trabajar en el sentido interno de perfeccionamiento, de aumento de los conocimientos, de aumento de la comprensión del mundo que nos rodea. Inquirir y averiguar y conocer bien el porqué de las cosas y plantearse siempre los grandes problemas de la humanidad como problemas propios”. Un ejemplo más allá de la vida física, una dimensión que sobrepasaba con creces la existencia humana estaban en su mira en el momento en que conminó a sus asesinos a serenarse y apuntar bien, porque iban a matar no más a un hombre.

Aquel guerrillero casi harapiento, desgreñado y herido, con el fusil inutilizado —solo eso pudo explicar que fuese capturado vivo—, pero de mirada honda y firme, no era otro que el hombre tajante y original, capaz lo mismo de la más fuerte crítica que de una burla a sus compañeros dirigentes en la antesala de una comparecencia televisiva de Fidel: “¿Cuadritos o rellenos?”, les diría al pasar por su lado mientras esperaban en fila.

Aquel prisionero en torno al cual se activaron las comunicaciones entre Estados Unidos y Bolivia era el padre amoroso que escribió a sus hijos niños con frases de futuro, pero de forma que lo comprendieran; el hijo preocupado de don Ernesto Guevara y doña Celia de la Serna, el esposo tierno cuya última petición —lo ha declarado ahora el agente de la CIA que le comunicó la orden de matarlo y a la que él adujo: “Es mejor así” — fue que su amada Aleida se volviera a casar y procurara ser feliz. Eso, tras solicitar: “si usted puede, dígale a Fidel que muy pronto verá una revolución en América Latina”.

De futuro, pero no de nunca, diría él, muy probablemente, si se le diera a conocer aquella definición del jefe amigo. Y agregaría que sí es posible practicar su ejemplo, y tildaría cuando menos de palabreros a quienes solo le predican de verbo, y estaría en contra de homenajes hechos a base de consignas y formalidades.

Porque el Che no dejó un mensaje expedito sobre cómo evocarlo, pero lo dijo de muchas formas: el modo de honrar las grandes causas es vivir y hasta morir por ellas. Por eso cuando se le pregunta al respecto, su hija Aleida Guevara March, una doctora de sensibilidad genéticamente heredada, cuenta esta anécdota: “Una madre argentina encontró los restos de su hija —hay más de 30 000 desaparecidos—; les dio sepultura y colocó en la lápida esta inscripción: Si yo muero no llores por mí, haz lo que yo hacía y seguiré viviendo en ti.”

One comment

  1. Gracias por esas reflexiones, es lindo lo que se cuenta del mensaje para su esposa, algo de lo que nunca había leído o escuchado.
    Ciertamente, si el Che resucitara y viera algunos actos de homenaje a su persona se pararía en el podio y les diría horrores a muchos de los que organizan o protagonizan tales actos. La cuesión es hacer y no decir y decir tanto. Un hombre de tal estatura no se puede honrar con fórmulas cuadradas.
    Muy reveladoras las historias de su hija Aleidita, también.

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