Cien años de jovialidad – Escambray

Cien años de jovialidad

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Durante 40 años el vueltabajero manejó camiones cargados de caña. (Foto: Yanela Pérez Rodríguez)

Más que su cumpleaños 100, el mayor privilegio de Alberto Rodríguez Mutis es la alegría de saberse vivo y querido

Sentado en un sillón del portal de la casa que terminó con más maña que conocimientos de albañilería, quien lo observa no encuentra indicios para adivinar su edad, ni siquiera cuando camina por el caserío a la orilla de la carretera; su piel, su visión, la fidelidad con que escucha las preguntas, y apenas un bastón para asegurar mejor los pasos, arrastran desde el subconsciente hasta la punta de la lengua una misma interrogante: ¿cómo ha podido Alberto Rodríguez Mutis, el vueltabajero, ganarle 100 años a la vida?

Nacido en una finca cercana a la comunidad de Tres Palmas, del Consejo Popular de Guayos, Alberto nombra los sitios donde transcurrió su niñez de mudanza en mudanza: El Dagamal, La Pelá, La Impedimenta. En la memoria le pesa más la tristeza de no saber leer porque el viejo no podía pagarle la escuela, que la sentencia de que antes había que trabajar apenas que uno nacía. Con cada detalle deja abierta la puerta a la esperanza de que no es una quimera aferrarnos a la lucidez en la longevidad.

Su nieta Yanet deja el atareo de la cocina y llega hasta donde estamos para redescubrir a su abuelo en esta particular posición de entrevistado al que quizás por primera ocasión le escucha decir que sembró tabaco por 50 kilos el día y que su papá lo llevaba a cortar caña escondido hasta que arribó a los 18 años.

Se sentó detrás de un timón por primera vez a inicios de los años 40 para cargar caña hasta el central Tuinucú que, él mismo especifica, lo administraba Rafael Colunga y es hoy el Melanio Hernández; tampoco necesito preguntarle los años del oficio, antes de que pase esa porción de su vida como si fuera la hoja de un libro, repite varias veces que durante 4 décadas manejó los camiones para el tiro de caña, y recorrió las rutas hasta Jatibonico y el central 7 de Noviembre; cuando triunfó la Revolución ´pegó´ a trabajar con los camiones de la Revolución, recalca.

Asegura que nunca tuvo un accidente y entona más sus palabras cuando alzo un poco las cejas en expresión de sorpresa. Los primeros caballos que se herraron en El Pedrero después de 1959 los cargó él para la Revolución, según retoma como quien deja clara su postura cívica. La historia toma un rumbo inesperado para esta reportera al escucharle pronunciar un nombre al centenario, y percibo el orgullo de Alberto al decirme que cargó comida para el Che Guevara y su gente desde Santa Lucía hasta Las Cuabas.

Con la jubilación a inicios de la década de los 80a comenzó el oficio de carpintero; el salario de 90 pesos no “encajaba” para comprar comida y, respecto a sus habilidades, reconoce que era más atrevido que buen carpintero.

El vueltabajero responde el sui géneris cuestionario con disposición. Aprovecho para asaltarlo con otras preguntas sobre sus comidas y ríe a carcajadas cuando me dice que le gusta la carne de cerdo, pero no puede comer chicharrones porque no tiene dientes, mas se conforma con servido de arroz y frijoles para estar satisfecho; la jovialidad es otro trazo del mapa de señales hacia una vejez como la de él.

Supongo que aún me falta algún secreto por descubrir, quizás esté en la alimentación o un hábito oculto. Al respecto asegura que siempre tenía sus pesitos para comer desde que empezó a gobernarse y que nunca ha estado grave ni lo han intervenido quirúrgicamente, solo dos o tres heridas con machete, y alguna que se le infestó; aparte de eso, hipertensión arterial y linfangitis en los últimos años, cuyas manchas me enseña levantando la pata del pantalón.

Si hubiera estado de pie habría caído de bruces en el sillón al escucharle afirmar que empezó a fumar desde que era muchacho, y durante todos sus años de chofer compraba las ruedas de cigarro fuerte para guardarlas en la gaveta del camión, hasta un día que sintió el pecho apretado y decidió poner punto final, aunque reconoce que rabió porque no es fácil dejar un vicio.

Andar borracho no, pero confiesa que a lo largo de su vida siempre le ha gustado darse unos traguitos de ron, y que para eso prefiere ir los domingos a Guayos. De cuánto ha dormido calcula rápidamente que de las horas de sueño siempre trabajó la mitad.

No hay raíces canarias en los ancestros de Alberto, y sobre el origen del alias de vueltabajero, narra con nitidez cómo le confirieron el apodo de un camarada a partir de la costumbre de llamar a otros así.

Se casó una sola vez a los 20 años con Elena Aquino, quien lo acompañó hasta los 85 años; tuvieron cinco hijos de los cuales, dos de ellos ya murieron, y esa evocación sube la marea de sus ojos, porque una larga vida es un regalo, pero también incluye el dolor por los que se quedan en el camino.

Más que su cumpleaños 100, el mayor privilegio del vueltabajero es la alegría de saberse vivo y querido, y ni siquiera ahora desempolvará el otro bastón que guarda, dice que para no acostumbrarse a caminar con dos.

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