Con Pancho al volante

El chofer más solicitado de Sancti Spíritus mantiene en óptimas condiciones el único ómnibus conocido como Colmillo Blanco que se mantiene activo para el transporte de pasajeros en Cuba

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Auxiliado por su hijo Diuniel, Pancho desanda todas las provincias de Cuba. (Foto: Vicente Brito / Escambray)

El oficio de chofer no se aprende en un día, aunque sí se lleva por dentro, en la sangre, en el alma, en el corazón. De niño siempre decía que quería manejar y se imaginaba con un timón en las manos; hasta ponía artefactos anclados en la tierra para que semejaran un camión y ahí pasaba ratos mientras su mente recorría las carreteras.

La entrada al Servicio Militar le abrió las puertas para la realización de ese sueño. Con solo 17 años salió de su natal Caracusey y en la primera oportunidad sacó la licencia de conducción; fueron momentos inolvidables para Ramón Basso García, el conductor más solicitado de la Base de Transporte de Sancti Spíritus, quien confiesa que su formación transcurrió encima de un carro. “Así aprendí y nunca más me separé del volante”.

Para este hombre de 53 años, amante del deporte y amigo de mucha gente, resulta casi imposible imaginarse fuera de esta actividad a la que dedica la mayor parte de su tiempo como chofer de la única guagua marca Hino, conocida como Colmillo Blanco, que sobrevive en Cuba tras 40 años de explotación y aún continúa al servicio de la transportación de pasajeros.

Conocido y admirado por el seudónimo de Pancho, con sobrada sabiduría como para llevar las riendas de los viajes más largos que se realizan desde Sancti Spíritus a cualquier provincia de la isla en el ómnibus que el mismo cacharrea, tornillo a tornillo, manguera a manguera porque, según revela, la seguridad de sus pasajeros le pertenece y no se la confía a nadie.

Aún recuerda cuando le entregaron este carro, hace más de 15 años, cargado de problemas. “Estaba en malas condiciones y me dieron la tarea de arreglarlo para que sirviera a la Empresa Provincial, estuve macaneándolo por muchos días, meses quizás, la intención era emplearlo en los viajes más largos, los que se contratan por diversos organismos y empresas. Trabajé duro pero lo dejé en óptimas condiciones y cuando aprendí su funcionamiento técnico, me sentí del todo seguro”, afirma.

Escambray fue testigo de la destreza de Pancho, quien trasladó a un grupo de trabajadores y sus familiares hasta la ciudad de Santiago de Cuba, un recorrido inolvidable que se materializó gracias a la maestría de este chofer y su copiloto, quienes, en solo ocho horas y sin exceder la velocidad de 90 kilómetros, nos llevaron hasta el destino pactado para rendir tributo a Fidel, el mismo día en que se cumplieron tres meses de su deceso.

Pero Pancho es mucho más que el conductor estelar; sae convierte en el amigo comprensible que a cada paso escucha la solicitud de algún pasajero, el que sugiere trayectos más asequibles, el que espera pacientemente en la guagua mientras los visitantes desandan las rutas de la historia; ese debe ser el secreto de su popularidad.

A su lado Panchito, o mejor dicho Diuniel Basso Álvarez, el hijo que ya sigue sus pasos, el discípulo obediente, un prospecto en estos menesteres que sigue fielmente los consejos oportunos del maestro. “Cuando manejo —dice el joven— el viejo me observa continuamente pero no interviene, solo espera la primera oportunidad para señalarme en qué trayecto pude haber hecho mejor las cosas, él respeta mi desempeño y eso me hace sentir seguro. ¿Mi propósito? Seguir su ejemplo, aunque para eso me falta un largo tramo por recorrer”.

De noche o de día, no hay horas específicas cuando lo importante es llegar y hacerlo bien. Pancho aguza el oído para advertir hasta el más mínimo ruido o movimiento brusco de la guagua, es como si en verdad le perteneciera. “Ella es parte de mi familia —añade—, por ello al regreso de cada recorrido extenso, que puede ser a La Habana, Pinar del Río, Guantánamo u otro territorio, siempre le dedico un día para revisar, hasta el más mínimo detalle, engraso aprieto tuercas, cambio aceite…; porque las carreteras no están buenas, solo así puedo mantenerla y prepararla para la próxima salida”.

Cada mes esta guagua ingresa más de 17 000 pesos al presupuesto estatal, cifra nada despreciable, atendiendo a los años de explotación que carga sobre sus ruedas. Pero el mayor orgullo del transportista espirituano es sentir cómo, desde que sale de Banao, donde reside, las personas se le acercan para mirar su ómnibus, considerado un sobreviviente de la generación que recorrió las carreteras cubanas en la década del 70.

Entonces el rostro de Pancho se ilumina cuando dice: “Muchos conductores de Yutong, Viazul o Transtur me abordan para preguntarme sobre el Colmillo Blanco que por un instante los pasó en la carretera, algunos le tiran fotos, otros expresan que es un museo rodante, pero si de algo estoy seguro es que todavía hay carro 741 para rato”.

5 comentarios

  1. ernesto hernandez

    Es bueno saber que todavia quedan buenos carros y buenos choferes,es un muy buen trabajo pero me gustaria optener mas fotos del omnibus.

  2. De lo mejor que ha tenido Cuba para el transporte interprovincial. Solo una pequeña correccion. Ese Hino RV 741 era el Hino de Fletes de Alfredito Vazquez #491. Llego a Cuba en 1983, asi que tiene 34 años.
    Buen trabajo!
    Saludos.

    • Gracias Adrian por tu corrección, sucede que esos datos los aportó el propio chofer, el que al parecer, no conocía los antescedentes, pero es válida la aclaración, muestra que el trabajo es leído, ese es nuestro principal objetivo.
      saludos

      • Por nada Xiomara! Muy buen trabajo. Conozco a Pancho desde hace algunos años.
        El problema es que a Cuba llegaron dos grupos de Hinos RV. El primero en 1977, donde llegaron 300. Despues en 1983 llego el segundo grupo de 100. Saludos

  3. Delia Proenza Barzaga

    Viajamos con esos dos seres a Santiago de Cuba, por eso nos consta la entrega al trabajo, la responsabilidad y la honestidad de ambos. Padre e hijo unidos por una vocación. El primero y su esposa educaron al segundo.
    En lo particular, mientras estaban parqueados junto al cuartel Moncada y yo aprovechaba para tomar fotos allí, fui testigo de cómo compartieron el helado que habían comprado para ellos con un custodio de una institución estatal cercana.
    Con choferes así se puede ir al fin del mundo.

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