El clamor que estremeció a Leandro – Escambray

El clamor que estremeció a Leandro

Leandro Lima aún recuerda aquel grito de pueblo voceado y repetido por mil gargantas en el trayecto a Girón: “¡No los dejen pasar!”, “¡No los dejen pasar!”…

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“Nos llegó a la vida aquel grito unánime del pueblo”, afirma Leandro. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Con apenas 21 años entonces, el joven Leandro de la Caridad Lima Rimbau recibió como un shock cuando escuchó a su mamá allá en la localidad camagüeyana de La Vallita, donde vivía, exclamar con una mezcla de azoro y preocupación: “Mira, acaban de decir por radio que están bombardeando los aeropuertos”… 

Aquella noticia fue para Lima Rimbau, alumno del segundo curso de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, quien se encontraba de pase en su casa, como un llamado urgente al combate, de ahí su respuesta tajante: “Entonces prepárame la ropa, que me tengo que ir, porque la orden que tenemos es que si se produce cualquier movimiento amenazante o agresión enemiga debemos reincorporarnos de inmediato”.

A su arribo al centro, en la tarde de ese propio día 15 de abril  —refiere— aquello era un hervidero, pues corrían mil rumores y se tomaban medidas organizativas en espera de instrucciones, prácticamente ya en alarma de combate. El 16 por la tarde se escuchó por la radio la transmisión del entierro de los mártires y el discurso de Fidel, que declaró el carácter socialista de la Revolución.

“El amanecer del 17 de abril fue para nosotros totalmente distinto a lo acostumbrado, pues el ‘¡de pie!’ no convocó esta vez a los rutinarios ejercicios matutinos antes de desayunar para ir a las aulas y polígonos, sino que se dio ya en estado de guerra, seguido por un torrente de instrucciones y órdenes. Como la escuela no contaba con transporte propio, nos dieron la tarea de requisarlo.

“En cumplimiento de esa misión salimos a la carretera a parar todos los carros que pasaran, en especial camiones y camionetas, que luego introducíamos en el perímetro de la escuela. Acto seguido se fue montando el personal y partimos en dirección a la zona de acciones combativas en la Ciénaga de Zapata.

“Cuando aquello no había la red vial que hoy existe, no se había hecho la autopista ni nada parecido, así que fuimos por la Carretera Central a salir a Aguada de Pasajeros hasta doblar hacia el central Australia. Fueron momentos muy duros porque cuando salimos para el frente de combate, allí estaba la población al lado de la carretera gritándonos: ‘¡No los dejen pasar!’, ‘¡No los dejen pasar!’, con un dejo de urgencia que por mi juventud no pude comprender del todo.

“Menos de dos horas después avistamos las altas chimeneas del central Australia. Hacia allí afluían otras unidades de infantería, sobre todo de milicias, pero nos percatamos de que todo nuestro equipamiento —el de los alumnos de la escuela— eran fusiles FAL, ametralladoras BZ y algunas granadas, y los demás, apenas metralletas y fusiles checos. No contábamos con armas pesadas.

“Sin embargo, algo que nos dio mucha moral combativa fue que en el central se reunieron el Comandante Fidel Castro, José Ramón Fernández y prácticamente todos los dirigentes principales del país y eso te da confianza, te da valor. Hay que decir que después del batallón 339 de Cienfuegos, la primera unidad que se enfrenta a los invasores fue nuestra Escuela de Responsables de Milicias. Del Australia salimos con la misión de quitarles Pálpite y Soplillar a los paracaidistas mercenarios.

“Allí todo era difícil. Avanzábamos por la carretera, en columna de uno en fondo por ambas orillas, con la ciénaga y el pudridero de agua y fango por las dos cunetas. Nos acechaba el peligro de los mercenarios emboscados, pero también los ataques de los aviones enemigos, que los veías pasar por arriba de ti, rociando a veces la carretera con sus ametralladoras y cañones y no había con qué tirarles en ese momento. Después fueron llegando los cañones de 37 milímetros y las Cuatro Bocas…

“Íbamos avanzando y llegó un momento en que sentí miedo, pero no de cobardía, entonces me pregunté: “¿Será posible que me puedan matar aquí y yo no logre tirar ni un tiro?”, y puse el selector del FAL en ráfaga, y cuando pasó el B-26 bajito —que le veíamos hasta los remaches—, me dije: Bueno, yo por lo menos le voy a disparar un depósito lleno a este cabrón. No me puedo morir sin tirar.

“Los compañeros allí formaron una algarabía tremenda, pero cuando el avión volvió a pasar, ya no fui yo solo el que tiró, sino el pelotón completo, y un pelotón de FAL tirando al mismo tiempo en automático es algo impresionante. El aparato tuvo que elevarse y perderse de allí. Ya para entonces empezó a llegar la artillería, que sin pérdida de tiempo fue emplazada y empezó a batir a los invasores. El volumen de fuego nuestro y la falta de valor del enemigo lo hicieron emprender la retirada…

“Al llegar a Playa Larga, todavía había allí combates, pero eran más débiles y esporádicos. El enemigo retrocedía rumbo a Girón. Por esta parte estuvimos desplegados, pero al poco rato nos dijeron que las misiones asignadas a la escuela se habían cumplido, y que debíamos retirarnos, pues otras unidades nos habían relevado.

“Cuando regresábamos, ocurrió de nuevo el fenómeno de hacía solo una pocas horas, ya que al desfilar por las mismas localidades y caseríos allí estaba ese pueblo en la calle con cara de fiesta dándonos las gracias, porque los invasores mercenarios no habían podido pasar. Con el tiempo nos percatamos del tremendo significado de aquel hecho. En otras partes no pudieron lograrlo y su gente tuvo que pagar un precio terrible”.

Nota: Militar y luego dirigente estatal y partidista en Jatibonico, donde vive desde 1963, Leandro fue siete veces Vanguardia Nacional de la ANIR.

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