El fuego de Octubre

Lenin, Revolución Socialista de Octubre,
La genialidad de Lenin hizo posible aquel cataclismo liberador en el mayor país del planeta.

Cataclismo político y social tan extraordinario no lo había visto el planeta en sus miles de años de evolución. Los precarios medios de comunicación de inicios del siglo XX difundían una noticia espectacular: el 25 de octubre de 1917 —7 de noviembre por el calendario actual—, destacamentos de obreros, marinos y soldados tomaron el Palacio de Invierno en la ciudad rusa de Petrogrado e instauraron el poder soviético.

Mientras en el imponente edificio, sede hasta febrero del zar Nicolás II y su pútrido régimen, se efectuaba la detención de los integrantes del gobierno provisional burgués, encabezado por Alexander Kerenski, en el palacio Smolni sesionaba el II Congreso de los Soviets de toda Rusia, presidido por Vladimr Ilich Ulianov, Lenin.

 

Revolución Socialista de Octubre: Cien años que estremecieron el mundo

En medio del tremendo incendio de la Revolución proletaria y del caos que vivía el país, azotado por la guerra mundial imperialista y el hambre, Lenin y la dirección bolchevique al frente del Congreso lograban la aprobación de los trascendentales decretos sobre la paz y la tierra. Rusia salía de la contienda empeñada entre las potencias capitalistas por el reparto del mundo y se dedicaba a construir un sistema nuevo basado en la dictadura de las mayorías obrera y campesina sobre los elementos monárquico-feudales y capitalistas.  

Del Congreso, que sesionó del 25 al 27 de octubre, salió el primer gobierno soviético, llamado Consejo de Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin. Todo el poder pasaba al Comité Militar Revolucionario (CMR); a los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos.

NECESIDAD HISTÓRICA

Detrás de aquel triunfo grandioso había torrentes de sudor y sangre. El pueblo, bajo la dirección bolchevique, venía a cobrar la inmensa deuda contraída con él por todos los reaccionarios. El emperador lo había masacrado criminalmente el 9 de enero de 1905 cuando pedía humildemente ayuda y comprensión del zar-padrecito para mitigar sus necesidades y su hambre de siglos. Aquel crimen masivo dio lugar a la explosión revolucionaria que se extendió dos años y sacudió el podrido andamiaje feudal-capitalista, aunque no logró derribarlo.

Desde finales del siglo XIX Vladimir Ilich Lenin libraba al frente de la vanguardia obrera una tenaz lucha por organizar al proletariado y a los campesinos y acabar con aquel régimen despótico de opresión y muerte. En medio de ese esfuerzo creó círculos obreros, mientras surgían células de combatientes y se avanzaba hacia la creación de un partido revolucionario.

Pero el partido en perspectiva necesitaba un medio de expresión y propaganda que extendiera sus ideas y orientaciones a los más lejanos confines del inmenso país, y surge Iskra, La Chispa, cuyo lema era: “De la chispa surgirá la llama”. Iskra comienza a editarse en el extranjero y entraba y se distribuía en Rusia de forma clandestina. En sus páginas encontraron tribuna los obreros para expresar sus penas y anhelos y, al mismo tiempo, el periódico los convencía de la necesidad de un partido proletario y cómo hacer para lograrlo.  

En 1896 celebra Lenin en Minsk, capital de Bielorrusia, el Primer Congreso del Partido Bolchevique, pero su Comité Central en pleno cayó preso casi inmediatamente. El Segundo Congreso se tuvo que celebrar en Londres, Inglaterra, en 1903, debido a la feroz persecución de la policía zarista. El primer programa adoptado preveía agrupar a la clase obrera de Rusia y, bajo su dirección, levantar al pueblo a la lucha contra los opresores.

Al estallar la Revolución de 1905, los bolcheviques se sitúan a la vanguardia y libran una lucha heroica en las barricadas, combates callejeros y en las huelgas multitudinarias de los obreros de las grandes empresas. En noviembre del propio año regresa Lenin a Rusia para dirigir aquel desigual enfrentamiento, matizado de hechos tan gloriosos como la rebelión del acorazado Potemkin. 

Dos años duró la contienda que se decidió a favor del enemigo debido a la falta de unión en el campo revolucionario, la carencia de armas y la no cooperación del ejército. A finales de 1907 Lenin se vio obligado a salir clandestinamente del país en una arriesgada marcha a través de los hielos del Golfo de Finlandia.

El fracaso de la primera Revolución —la de 1905— fue seguido por una enorme ola de represiones que dejó como saldo miles de muertos o encarcelados, desterrados y desaparecidos. Dirigidos desde el exterior por Lenin, los comunistas —que aún no ostentaban ese nombre— prepararon a la clase obrera para nuevos enfrentamientos, pese a que tenían que obrar de forma clandestina.    

En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial de los países imperialistas por un nuevo reparto del mundo y Rusia entra en la contienda en alianza con Francia e Inglaterra. Las nefastas consecuencias del terrible choque entre potencias golpearon a Rusia más que a cualquier otro estado, debido a la inoperancia del régimen y la mala preparación y equipamiento del ejército.

La sangría desmedida en las Fuerzas Armadas por la gran mortandad de hombres en el frente, principalmente entre soldados de leva reclutados entre obreros y campesinos, desorganizó la industria, el transporte y la agricultura y desató el hambre.

En tales condiciones, en febrero de 1917, después de casi tres años de guerra, se inició en la fábrica Putilov, de Petrogrado, una huelga general auspiciada por los bolcheviques. Los proletarios salieron en manifestación a las calles y para el 27 del citado mes la capital estaba sublevada y el zar envió al ejército contra el pueblo, más esta vez, la mayor parte de las unidades se sumaron a la Revolución.    

La autocracia zarista se derrumbó como castillo de naipes; el zar y su familia fueron arrestados y pocos días después se constituyó en el país un nuevo gobierno controlado por la burguesía, la cual aprovechó en su favor la acción desplegada por obreros, campesinos y soldados.

El 3 de abril de 1917 el pueblo acudió masivamente a la Estación de Finlandia a recibir a Lenin. El gran líder del proletariado ruso venía a dirigir la lucha desde dentro y, en un derroche asombroso de coraje, inteligencia y energía, preparó a las masas para la toma del poder político, una vez demostrado que el gobierno provisional burgués ni sacaba al país de la guerra, ni repartía la tierra, ni combatía el hambre.

Esa lucha abnegada y heroica tuvo su colofón glorioso el 25 de octubre de 1917 —7 de noviembre por el actual calendario—, con la clarinada de los cañones del crucero Aurora disparando contra el Palacio de Invierno, los cuales anunciaron al mundo la toma del poder por el proletariado revolucionario de Rusia, encabezado por Lenin y su Partido Bolchevique.

A MANERA DE EPÍLOGO

Transcurrido un siglo entero desde aquel clarín llamando a un tiempo nuevo, la Revolución de Octubre ya es historia y, si bien sucumbió en su momento —1991— por la acumulación de errores, abusos e insuficiencias de muchos de sus cuadros dirigentes y la traición de otros, aquel proceso y su inmensa obra merecen ser recordados en tanto creación humana, más por los enormes aciertos que tuvo, que por sus muchos defectos.

Baste recordar la tarea ciclópea de construir una superpotencia mundial en un atrasado país semifeudal, bloqueado y agredido, que hizo enormes aportes en todos los campos del saber humano y una obra de manumisión más que extraordinaria; que convirtió en ciudadanos con todos los derechos a la gente más humilde de una nación multinacional y multiétnica que abarca territorialmente la sexta parte del planeta.

Por si fuera poco, se debe reconocer que durante la II Guerra Mundial y atacada traicioneramente por la Alemania nazi y un grupo de Estados lacayos, la Unión Soviética fue el país que llevó el peso principal de la lucha en la derrota del monstruo del hitlerismo y contribuyó como nadie a liberar a la humanidad del flagelo terrible del nazi fascismo y el militarismo.

La ayuda de la hoy desaparecida URSS al proceso emancipador de las naciones del llamado Tercer Mundo resultó inconmensurable y si hoy existen países independientes como el nuestro, ello se debe en gran parte a la solidaridad de los discípulos de Lenin, forjados al calor de los ideales y enseñanzas del gran Octubre.

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