Periódico de Sancti Spíritus

El holocausto que no ocurrió

En octubre de 1962 el mundo estuvo abocado a su destrucción por la llamada Crisis de los Cohetes. Tres combatientes espirituanos comparten con Escambray vivencias de aquellos días inolvidables…

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Ponono: “Luego supimos que estuvimos a un tantito así de la guerra nuclear. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Octubre y noviembre de 1962 fueron para millones de compatriotas un punto extraordinario de tensión que se marcó en sus vidas con el signo de una inminente guerra atómica entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, cuyo teatro de operaciones principal sería, precisamente, Cuba.

El coronel (r) Luis Ángel Barreras Figueroa, entonces jefe del G-2 en la División U/M 19/74 de Sancti Spíritus, José A. Marín Gómez (Ponono), soldado jefe de Personal de la Oficina Secreta de una unidad de la citada División, y Félix Cruz Cruz, político de esa fuerza, rememoran para Escambray algunos hechos entre la vorágine de sucesos de aquellos días “luminosos y tristes”, como los definió el Che.  

Para Ponono, como para sus compañeros, los recuerdos de los meses y semanas anteriores a la llamada Crisis de Octubre de 1962 coinciden en subrayar el continuo agravamiento de las tensiones internacionales en torno a Cuba por la política agresiva de Washington y, de forma simultánea, la espiral de actos desestabilizadores a cargo de elementos contrarrevolucionarios en la isla, como parte del Plan Mangosta. 

MISILES NUCLEARES EN SANCTI SPÍRITUS

Pocas semanas antes de su desencadenamiento, la Crisis tuvo un indicio importante que, en aquel momento, pasó inadvertido para Ponono y Barreras, y fue el paso frecuente en horas nocturnas de caravanas de vehículos militares tapados con lonas por la carretera de Trinidad, la de El Jíbaro y Carretera Central, que seguían su camino y se perdían “como si la tierra se los tragara”.

Una de esas noches, cerca de las 11:00 p.m., Marín Gómez salió a la calle y vio una gran columna de motores con sidecar tripulados todos por gente blanca vestida de civil con aspecto extranjero que circulaban por la vía Central. Detrás de los motores seguían grandes rastras tapadas con lonas de color verde olivo y en la retaguardia otro grupo de motocicletas con sidecar.

 “Eran unos cilindros grandes que llamaron la atención de los espirituanos. Luego conocimos que esos medios y tropas habían venido como parte de la Operación Anadir en cumplimiento de un acuerdo secreto entre la URSS y Cuba con el objetivo de impedir una invasión directa a nuestra patria por tropas de los Estados Unidos.

“Para que esos cohetes pudieran pasar, hubo que hacer en tiempo récord un terraplén entre la carretera de Trinidad y la de El Jíbaro, que se llamó primero Camino Soviético y después Avenida Soviética, pues el largo de las rastras con los misiles era de más de 20 metros y eso resultaba demasiado para las carreteras de que se disponía entonces”.

 

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Combatientes de la U/M 21/29, desplegados en El Cacahual.

EN ALARMA DE COMBATE

El 22 de octubre, al recibirse la orden de alarma de combate la División 19/74, cuyo jefe era el capitán Luis R. Gómez Molina, contaba en ese momento con la Jefatura, la Unidad de Zapadores, la de Aseguramiento, la de Transporte y seis batallones: uno en Cabaiguán, otro en Guayos, otro en Taguasco y tres en Sancti Spíritus, según refiere Barreras.

Cada batallón constaba de 528 hombres. El armamento eran subametralladoras, ametralladoras BSA, ametralladoras BZ y fusiles FAL en manos de los oficiales, quienes también tenían armas cortas y abundante parque. Todo este personal se movilizó en un plazo de tres a cinco horas y marchó hacia las zonas de concentración previamente designadas.

En El Cacahual —dice Barreras— se concentraron cuatro batallones y dos en la costa, desde cerca de Júcaro hasta Tunas de Zaza, pues de ahí en adelante correspondía a Trinidad.

Según Ponono, es casi increíble la cantidad de personas que se presentaron en los lugares de las unidades de combate pidiendo un fusil para partir a defender la patria, entre ellos numerosas mujeres. “Yo recuerdo a algunas que querían incorporarse, que insistían, pero no se permitían mujeres, excepto las sanitarias. También hay que decir que allá en el monte se nos aparecía cantidad de gente queriendo que las incorporáramos”.

 

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El holocausto atómico que —por fortuna— no tuvo lugar.

COMIENDO CANDELA…

“¿Que si se pasó trabajo? Mucho”, se pregunta y se responde Ponono. Hubo unidades que la zona de concentración escogida no fue la mejor, por su difícil acceso y la ausencia de agua. Está el caso de la UM 21/29, que subió la loma asignada, no había agua y hubo que regresarla para El Cacahual. Había un pozo criollo sin brocal, donde escurría el estiércol de los animales y la tropa tuvo que beber aquella agua echándole limón…

“Vivimos una experiencia dura, la de hombres concentrados en un lugar incómodo sin poderse mover y bajo constantes aguaceros, pues llovió intensamente en octubre y noviembre y había que cocinar a la intemperie.

“En El Cacahual había una vaquería donde pululaban los majáes. Ahí todos los días se mataban tres o cuatro bichos de esos. ¿Qué pasó?, que por el hambre y la necesidad que había, empezamos a cazar aquellos animales, a descuerarlos y a freírlos y la gente a comer majá”.

REGRESO VICTORIOSO

Aproximadamente al mes de estar movilizados e ir cediendo la tensión paulatinamente después de los acuerdos entre Kruschov y Kennedy, nos ordenaron prepararnos para el retorno, recuerda Ponono. 

“A nuestro regreso, barbudos, peludos y flacos, el pueblo nos recibió masivamente en las calles. Eso fue increíble, la gente tenía mucha alegría, porque se había impedido la guerra. La Revolución había salido airosa”.

 

 


Comentarios

Una respuesta to “El holocausto que no ocurrió”
  1. Raul dice:

    segun toda la literatura que he podido leer hasta ahora, sabre la crisis, los cohetes no pudieron pasar por la ciudad, por eso el desvio, este permitia avanzar por la carretara de El JIbaro hasta La Ferrolana, al crucero El Majá y carretera central.


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