Periódico de Sancti Spíritus

La guerra de carne y hueso (+fotos)

Luberta: pensamos que la gente debía saber a la crueldad a la que eran capaces de llegar esos bandidos. (Foto: Portal de la TV Cubana)

Alberto Luberta Martínez desafió códigos del relato de los libros de Historia para devolver a los televidentes el drama cercano a la vida real en la serie LCB: la otra guerra

A la sombra de un árbol, padre e hijo cuelgan de la muerte. A quemarropa, Monguín ve truncada su mocedad y hasta el caracol que piensa entregar a la amada, mientras a Mongo Castillo, ensangrentado, le tiemblan hasta los dientes…

Así se le fue encrespando a Cuba toda la piel en plena noche de sábado, cuando se vio envuelta en lágrimas. Así supo, otra vez, que lo de los libros no es exageración ficticia, aunque los recuerdos llegaran ahora con el toque de la ficción por las exigencias de la tele.

Entonces Alberto Luberta Martínez, Albertico, para los cubanos, dio mil gracias a Eduardo Vázquez por el día que le puso en sus manos y su mente prolífica la idea que se tradujo, después, en  LCB: la otra guerra.

Descontaminado del estrés, la tensión y hasta los mosquitos de los recovecos del monte espirituano que quedaron para la posteridad tras las cámaras, el director y coguionista de la serie conversa con los lectores de este medio, a sabiendas de que aquí se le miró con otra lupa luego de escarbar en historias que muchos han enterrado.

CAPÍTULO 1

Bajo las piedras del Escambray, Manuel, Conrado, Pedro, la familia Romero, de un bando; Osvaldo Ramírez, Cheíto León, del otro. Milicianos y bandidos. Otra vez, frente a frente, con sus carnes, con sus huesos… Otra guerra, otros hombres y mujeres tienen también su historia.

“Estaba sentado en la sala de la casa de Eduardo y me dijo: ‘Tengo este proyecto, una serie de aproximadamente 13 o 14 capítulos’. Sabía que era complejo y era una de las cosas más atractivas, luego vino eso de montarme en el tren de la investigación que él tenía adelantada de toda la vida, desde que escuchó el primer relato sobre el tema en el Servicio Militar. Traté de ponerme a la par de él en la medida de lo posible, haciendo un equipo de guionistas  que fuera sólido y escribiera la misma historia, eso es importante”.

“Estudié mucho, aunque nunca es lo suficiente. Utilizamos varias vías, desde materiales que tenía Eduardo, otros que fuimos buscando en entrevistas a personas reales en Sancti Spíritus: militares, a milicianos, a los famosos Potricos de Méyer. Hablamos con el hijo de El Caballo de Mayaguara, fue un encuentro muy provechoso para todos. Dialogamos con el teniente coronel Pedro Etcheverry, asesor de los guiones; con Luis Rodríguez, Fernando Galindo, veteranos de esa guerra, y luego en el rodaje con el general Pedro Jorge Romero, que nos nutrió mucho.

Escena de la serie televisiva LCB: la otra guerra. (Foto: Portal TV Cubana)

“¿Por qué el Escambray? La LCB es muy desconocida para una buena parte de la población, no solo los jóvenes, lo fuimos comprobando mientras nos adentramos en el proceso de investigación. Se dio en todo el país, pero el Escambray fue un poco el epicentro de esa lucha y había que concentrar la acción para que no se disgregara y poder fundir personajes e historias y llevarlo todo a 14 capítulos. Esa lucha tiene historias dramáticas impactantes y muy ricas para explotarlas dramatúrgicamente, tal como se vio en la serie”.

CAPÍTULO 2

El negro “Caracusey” no quiere admitir la muerte que toca con las manos, A Fila se le adivina la angustia por el hijo que no cree bandido, Cristóbal no se inmuta con el olor de la sangre… Félix Beatón o Porfirio le disputa las orejeras a sus bueyes, Noelio Piñera, Noel Peña o Raúl Enríquez, Ray Cruz, Sergio o Santiago Gutiérrez. Ramón-Mongo Treto o Mongo Castillo…, no importa. La historia se entrecruza y vuelve a colarse, oportuna, entre los huesos.

¿Cómo encarar un diálogo  sobre temas que muchos acá prefirieren enterrar?

Siempre encontramos a alguien dispuesto a hablar, incluso  a veces conversamos con cinco interlocutores y cada uno daba su punto de vista. Ahí viene lo de observar, madurar y ver qué se coge de cada uno y cómo se llega a un camino correcto. Eduardo tiene una experiencia tremenda en eso de sacar el zumo, leer entre líneas y gran parte de eso se lo debemos a él como otras tantas cosas.

¿Que fue lo más difícil al “chocar” con los bandidos?

Fue más complicado. No quedan muchos bandidos vivos a los cuales pudimos acceder, encontramos una que en un momento determinado terminó siendo agente, pero al principio colaboraba con los bandidos, cuando le hacíamos las preguntas nos contestaba otras cosas que no tenían nada que ver. En Méyer, donde había un colaborador de un jefe de banda importante, tratamos de llegar a él, pero no nos fue posible. Intentamos ir conformando esas personalidades a través de algunos que eran jefes de pelotón, de compañía, soldados, para que también tuvieran su verdad.

La serie les puso corazón a los bandidos. ¿No temió a interpretaciones por lo que aquí implica humanizar enemigos?

No temí, aunque sí lo esperé, lo conversé con un amigo el día que iba a salir un capítulo donde había algo de eso y me dijo: “Te vas a buscar un problema”. Le contesté: No, porque la gente al final lo va a interpretar de la manera correcta. Muchas veces lo discutíamos con el general Romero en las grabaciones, me decía: “Oye, el bandido no puede decir esto o lo otro”, y yo le explicaba: Mira, el bandido está diciendo que está luchando por la libertad de Cuba, pero el televidente está viendo que él lo que busca es hacer esto o lo otro, está mostrado en acciones dramáticas que es como mejor llegan las cosas. Por eso me gusta hacer ficción porque creo que los mensajes llegan mas efectivos en una situación dramática, no está dicho en palabras para que a la gente no le suene a muela.

¿Cómo evitar el tono panfletario que suele acompañar estos temas?

Siempre tuvimos claro que la serie tenía que llegar al público, emocionarlo y entretenerlo, nos alejamos de ese tono para llegar a las personas en una situaciones más humanas, humanizando a esos personajes, se vio que tanto los negativos como los positivos tenían virtudes, motivaciones claras en muchos de ellos, aunque no las compartiéramos; los positivos tenían defectos, en un momento determinado sintieron miedo, tenían asperezas, así nos alejamos de ese panfleto para usar el mismo término que usa usted.

Desde Miami se le achacan mentiras a LCB…

Sí, un amigo que vino de visita, me dijo: “Allá te están pidiendo la cabeza porque aseguran que todo lo que dice la serie es mentira”. Solo le dije: menos mal que dio qué hablar, malo que pase inadvertida.

¿No temió el riesgo de la credibilidad en la representación simbólica de personas vivas que iban a ser televidentes?

(Sonríe) Eso sí lo temí, sabía que iban a ser todos unos críticos muy agudos, tengo la satisfacción de que el padre de un amigo, que un día leyendo un libro vi su nombre, era un soldado de a pie en aquella época, siempre es muy crítico con las cosas de la televisión, y cada vez que lo veía pensaba que me iba a tirar un zapato cuando viera la serie; sin embargo, por el capítulo 12 me dio la mano y me dijo: ‘Tengo mis cositas que señalarte, pero te felicito porque lograste un buen trabajo’. Esas personas vivas, amén de que hayan encontrado cosas con las que no hayan estado de acuerdo, creo que se sintieron reflejadas, satisfechas de que se contara esta historia de la que tan poco se habla en la televisión.

Escena de la serie televisiva LCB: la otra guerra. (Foto: Portal TV Cubana)

No rehuyó de escenas sangrientas, violentas, ¿rejuegos para la credibilidad? ¿Realismo mágico o lo real maravilloso?

Realidad y verdad totales. Apostamos por eso sabiendo que era un peligro cuando supimos que se iba a poner a las ocho y media de la noche y hay niños despiertos, pero pensamos que la gente debía saber a la crueldad a la que eran capaces de llegar esos bandidos, muchos nos han dicho que la serie en determinado momento era violenta, he encontrado en las redes, en el Granma, que quienes  vivieron la época dicen que quedó por debajo de lo que fue la realidad.

¿Por eso mató a Monguín?

La muerte de Monguín está basada en un hecho real de un muchacho muy joven que cuando estaba peinando en un lugar medio llano tropezó con un bandido, se abrazaron y se mataron así abrazados, pretendíamos que a esa altura el público sintiera a Monguín como un personaje más de su familia, que se hubiera encariñado con él y que sintiera esa pérdida y supiera lo que era perder un familiar en una guerra como esa, tratamos de parecernos lo más posible a como se había contado, no los pusimos abrazados, pero mantuvimos el espíritu de aquel hecho.

¿Se enamoró de él, de Mongo, de El Caballo de Mayaguara?

Me enamoré de muchos, cada cual tuvo su momento: Doimeadiós, espectacular; Fernando, me quito el sombrero. Te pudiera mencionar a muchos otros, pero tengo uno específico, el momento en que la novia de Monguín, que se llama Jennifer González, llega al velorio y se da cuenta de que han matado al novio, ese me sigue emocionando desde la primera vez que lo vi.

Apostó por actores jóvenes, algunos poco conocidos, ¿cómo lograr interpretaciones creíbles en temas lejanos para ellos?

En esa guerra hubo muchos milicianos jóvenes, incluso los jefes ese era uno de los grandes retos. A la hora de trabajar personajes  como el de Sergio, que es Raicell Cruz —un actor de experiencia, pero igual joven—, cuando aparecía alguna opción, que fuera de un poco más de edad, trataba de llevarlo a la juventud de los protagonistas en aquella época, se trató de que la historia se contara desde el miliciano de a pie, que se enfrentaba lo mismo a tres noches en un cerco bajo la lluvia o con la comida escasa, quisimos homenajear a esa gente y apostamos porque al público joven de hoy la atrajera la serie. Cuando fuimos a ver a los potricos supimos que ellos tenían un poquitico más de edad que mi hijo de 17 años y entregaron todo lo que había que entregar para que aquella lucha siguiera adelante y hoy hablan con un orgullo de aquel entonces que hay que quitarse el sombrero.

¿Cómo lograr una reconstrucción ambiental y fotográfica tan fidedigna con sus bohíos, sus vestuarios?

Vimos muchas fotos, leímos, hicimos mucho trabajo de reconstrucción de época a partir del trabajo del director de arte  Miguel Ángel Tur, vimos el documental La clave está en el Escambray, la película El hombre de Maisinicú, recorrimos Condado, Limones Cantero, Méyer, Topes, del cual me habían dicho que estaba lindo y superó mis expectativas. Hoy todavía quedan bohíos en aquellas condiciones que tú puedes llegar y grabar, ahí viven personas, nos metimos en recovecos para que se pareciera mucho más a nuestro objetivo principal, pues por un problema lógico de producción grabamos el 90 por ciento en La Habana.

Escena de la serie televisiva LCB: la otra guerra. (Foto: Portal TV Cubana)

CAPÍTULO 3

 “Con qué palabras compensar a Fila y a tantas madres que perdieron sus hijos”, dice, más o menos, El caballo de Mayaguara, mientras se le atragantan las palabras y con él, las mías. Los milicianos, raídos por un cerco en que cae Asdrúbal — ¿el último bandido?—, levantan sus armas rotas y se pierden entre lomas. LCB, la otra guerra, se va. Los Potricos de Méyer y una manada de cubanos quedan petrificados en los mismos taburetes.

“Confiaba en que, por las historias que tiene, la serie podía enganchar al público, fue más difícil de lo que pensé, creí que íbamos a tener más apoyo, al principio nos fue difícil, incluso  tuvimos una interrupción de tres meses y el hecho de que el público no haya notado diferencias entre unas escenas y otras, a la hora de salirse los personajes de situación, fue un logro de todo.

“Al principio vimos una gran predisposición sobre el tema, encontré personas, amistades incluso, que me dijeron: ‘No lo voy a ver porque eso es más de lo mismo’; les decía: véanla, vamos a tratar de que encuentren otra cosa. Creo que en alguna medida logramos que lo encontraran, eso me hace sentir muy satisfecho, supimos de muchas personas que al principio no la veían y luego empezaron a sumarse poco a poco, he encontrado casos de jóvenes, sobre todo, que se han motivado a buscar información a raíz de la serie, hay gente que me ha dicho: ‘¿Por qué no se explicó al principio tal cosa?’. La serie no pretende ser una clase de Historia ni llenar ese espacio vacío que hay sobre el Escambray, pero sí motivó a eso, a que se interesara por muchos personajes, como mucha gente que está persiguiendo ahora el libro de El Caballo de Mayaguara, creo que el objetivo se cumplió en una gran medida.

¿Cómo quedaron Albertico Luberta y su equipo?

Deshechos totalmente, salía de mi casa antes del amanecer y regresaba de noche, nos llovía y había que seguir después, resbalábamos, nos caíamos en el piso, pero teníamos que seguir. Al público le llegó mucho la escena donde ahorcan al padre y al hijo en el capítulo 9, fue especialmente trabajosa, estábamos presionados porque se acercaba el final de la grabación, hubo que hacerla de correcorre, llevaba más tiempo de pensamiento y una serie de cosas, que no tuvo tiempo de dársele; sin embargo, el hecho de que se haya logrado es una satisfacción, como mismo sucedió con el capítulo 6, en el que todas las acciones que pasan se vieron interrumpidas por algún accidente y tuvimos que irlos solucionando por el camino con la idea de todos y nuevas aristas.

 ¿Cómo separar emoción, razón y verdad para que la serie no perdiera el sentido? ¿Qué primó, el director o el guionista?

Siempre hay que distanciarse a la hora de grabar y el montaje, tuve temor de que el capítulo 14 fuera demasiado fuerte y hubiese demasiado llanto, estuve atento a ese tratar de no pasarnos, sabiendo que caminas por una cuerda floja. En cuanto a lo otro, primaron los dos, cuando estoy escribiendo, escribo; en el momento en que soy guionista trato de desprenderme de todo lo demás y viceversa, luego a la hora de grabar digo: ¿a quién se le habrá ocurrido escribir esto? A la hora de ser director, si no funciona una escena por el motivo que sea, decido, como en el capítulo 14 en que se hace un interrogatorio a Guayacol, que estaba muy bien, pero estaba la muerte de Monguín… y aquello era tan disonante, dije sin pensarlo: levanten esa escena, y me dijeron: “Pero si está buena”, y les respondía: sí, pero va a romper con la dinámica de todo lo demás, no puedes dejar que una función contamine la otra.

Luego de verla, ¿qué le quitaría o le pondría?

No le quitaría nada. No porque crea que sea una obra perfecta, tiene millones de defectos, como imperfectos somos nosotros, quizás hay cosas que haría diferente, pero llegó al público y por respeto él ni le quitaría ni le añadiría nada.

¿En qué punto pensaron en una segunda parte de LCB…?

Desde que escribimos siempre tuvimos la idea de dejar abierta esa posibilidad de que la lucha continuaba, así como salió, y que podría haber una segunda temporada, ya después no se volvió a hablar de eso con el trabajo que pasamos, hablo de mi sacrificio personal, pero fue el sacrificio de todos, una vez nos cogió una lluvia de más de 45 minutos arriba de nosotros… Me acuerdo de que el auxiliar de sonido decía: “Esto es como la previa del servicio, si viene la guerra nos pueden mandar porque vamos a acabar”. En ese tiempo ni se hablaba de eso, se retomó la idea cuando la serie estaba avanzada, demasiado tarde me parece, pero bueno, ahora estamos montando en el tren, con alguna ideas, pero aún demora, nos concentramos en que lo que estábamos haciendo saliera lo mejor posible.

LCB…, UNO, Tras la huella no tienen puntos comunes como no sea el peso del drama. ¿Cómo asumir la historia cual eje temático sin otros referentes parecidos?

Siempre le cogí mucho miedo a trabajar la  historia por saber hasta qué punto uno tienes la licencia de ficcionar o hasta qué punto tienes que ser rígido con los temas históricos. En ese sentido, arrimarme al árbol de Eduardo me dio buena sombra y lo fui aprendiendo un poco por el camino, pero cuando emprendí la escritura de los guiones, la investigación, todavía estaba temeroso de ese tema, luego le fui cogiendo la vuelta.

Preparación de una de las escenas más impresionantes de la serie. (Foto: Bohemia)

¿Qué marcas les dejó el Escambray? ¿Qué se llevaron?

A mí me marcó; a Eduardo, también, de seguro.
Fui dos veces, la primera a investigar parte del guion y después a grabar planos. En ese Méyer, que está lejos cantidad, vimos cómo esos Potricos, aun en esas condiciones, hablan con un orgullo de ese lugar que es impresionante. Entrevistamos a un campesino en Limones Cantero, en una finquita que puede estar lo mismo en el 2016 que en 1960, nos paseó por todo aquello y siempre fue muy productivo, la segunda vez que fuimos desde mi desconocimiento de Topes de Collantes hicimos un plan de rodaje de lo más ambicioso porque en un mapa sí todo es muy bonito y haces aquí, haces allá y hacíamos como cinco cosas en un mismo día y, mentira, cuando veíamos que en aquel camión había que andar tanto para ir de un lugar a otro, todo se convertía en otra cosa, aquel despertar en Topes y aquella neblina que no nos dejaba ver ni un paso delante y había que esperar. Sentir en carne propia lo que pudieron haber sentido aquellos milicianos o aquellos bandidos cuando tenían que desandar esas lomas fue muy provechoso a la hora de pedirle a un actor y llevarlo a la puesta en escena, eso me marcó.

¿Qué le regresa al Escambray?

Le mando mis deseos de que la serie les haya llegado, he tratado de averiguar de alguna manera los teléfonos de los Potricos de Méyer porque estoy deseoso de saber qué les pareció, le mando al museo de la LCB en Trinidad mis más sinceras disculpas porque no apareció en los agradecimientos. Hoy digo que nos ayudaron mucho, nos acogieron, nos dieron la luz de a quién entrevistar, donde encontrarlos allá arriba, agradecemos al director del telecentro Adrián Fonseca que nos ayudó mucho, a todos gracias, si la serie les llegó aunque sea un poco, me siento satisfecho.


Comentarios

Una respuesta to “La guerra de carne y hueso (+fotos)”
  1. Evis Ginarte dice:

    Gracias a Luberta y también a Elsa. Esta entrevista le hace mucha falta a los espirituanos, como a todos los cubanos les hacía falta esa serie. Fenomenal.
    Yo admiré todo, pero tratándose de escenas me quedo con tres: el asesinato del maestro negro al comienzo, la reacción de Caracusey cuando mataron a Monguín y la de su novia al llegar al velorio.
    Eso sin hablar de Doimediós y de Fernando Echavarría, las mejores actuaciones, sin desdeñar todas las demás, que las hay sencillamente divinas.


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