Periódico de Sancti Spíritus

Trump: Un elefante en una cristalería

Dejando a un lado sus promesas preelectorales de paz , el mandatario estadounidense ha dado un giro de 180 grados al atacar a Siria y amenazar con agredir a Corea del Norte…

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Trump acaba de expresar públicamente que ya la OTAN no es obsoleta. (Foto: Reuters)

 

Con similar tino y delicadeza a las del clásico elefante en una cristalería, así irrumpió el 7 de abril pasado en la política mundial el presidente norteamericano Donald Trump, pasando de la pose de un político independiente y sin compromisos con la élite de las primeras semanas, a un halcón-gallina capaz de los mayores desatinos con tal de complacer a esa élite. 

El bombardeo con misiles crucero a la base aérea siria de Shayrat, bajo el fútil pretexto de que de allí habían partido los aviones que, supuestamente, pocas horas antes habrían realizado un ataque químico contra la localidad de Jal Sheijun, y la amenaza de agresión inminente contra Corea del Norte, han dado un giro de 180 grados a la línea política enunciada por Trump, que había seguido con altibajos hasta este vuelco que lo hace impredecible y peligroso para la paz mundial. 

Previo a las elecciones de noviembre de 2016, en muchas mentes lúcidas en los Estados Unidos cundió la alarma ante los pedidos de la candidata demócrata Hillary Clinton de establecer una zona de exclusión aérea en Siria, a despecho de la presencia militar allí de la Federación Rusa, y de contingentes de la República Islámica de Irán y de Hizbollah, agrupación libanesa de corte religioso y proyección izquierdista.

Se dijo que con Trump en la presidencia cualquier cosa podría suceder, pero que con la Clinton en la Casa Blanca una III guerra mundial era casi segura, por cuanto Rusia posee en Siria su única base naval en el extranjero: Tartus, y una base aérea en Latakia, y es el único país con medios antiaéreos lo bastante fuertes en el terreno para excluir a otros —si se lo propone— de los cielos de ese país mesooriental.

Pero fue Trump quien se llevó el gato al agua pese a protestas previas y posteriores a los comicios, atacado desde la izquierda y la derecha, lapidado por la maquinaria demócrata y por parte importante de sus colegas de partido hasta el punto de que muchos analistas y profetas de ocasión le auguraron que no podría terminar su mandato, pues a quien pierde el apoyo del establisment en Estados Unidos, lo quitan o lo matan, tal cual ocurrió a Nixon y a Kennedy.

Pareció por un breve espacio de tiempo que, pese a sus veleidades, a la Oficina Oval había llegado alguien con cierto raciocinio político y sentido común; puede ser. Quizá el señor Trump, un exitoso empresario de la rama inmobiliaria y de los medios, creyó que, una vez acomodado en el poder podría llevar adelante su agenda electoral y, de inicio, eso mismo empezó haciendo con su decreto sobre los emigrantes, su proyecto de erigir un súper muro en la frontera con México y sus intentos de echar a un lado el Obamacare.

Si alguna señal faltaba para sus muchos y variopintos enemigos internos, esas acciones bastaron para desatar el pánico, y la más feroz oposición, no porque maltratara a los emigrantes o perjudicara los derechos de salud del pueblo pobre —que no les importan—, sino porque demostraba que parecía dispuesto a seguir adelante con sus promesas y ellas incluían el mejoramiento de relaciones con Rusia, la posible cooperación con Moscú para resolver el problema sirio, el combate decidido contra el terrorismo islámico y la reorganización de la OTAN, a la que declaró obsoleta.  

Si algo logró mantener en la presidencia a Barack Obama, el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos, fue que el cuestionado Premio Nóbel de la Paz, a quien le impidieron cerrar la prisión de Guantánamo, retirar totalmente las tropas de Afganistán, legalizar la situación de cerca de ocho millones de indocumentados y algunas otras de sus promesas, apoyó en cambio con todas sus fuerzas a la OTAN, presionó al máximo al gobierno de Damasco, extendió el programa de defensa antimisil y rodeó a Rusia de bases militares.    

Dicen entendidos que esta última parte de la agenda le permitió al inefable Barack mantener la cabeza sobre los hombros y el trasero sobre la poltrona presidencial. Ahora parece que el actual presidente ha tomado nota y actuado en consecuencia, que se ha percatado de que, o gobierna según la agenda impuesta por los centros de poder que rigen el sistema, o, sencillamente, lo eliminan como a un cuerpo extraño.

En otras palabras, se plantea que la pírrica “victoria” del 7 de abril, cuando desde buques estadounidenses fondeados frente a las costas del Líbano, en el Mediterráneo Oriental, se dispararon 59 cohetes crucero Tomahawk contra la base aérea de Shayrat, fue paradójicamente secuela de la capitulación de Trump ante el Congreso. 

Se afirma que este giro político de Trump tiene que ver también con su afán por neutralizar la campaña que lo acusa de haber recibido apoyo de Moscú durante su campaña por la presidencia.

Lo cierto es que tras su reciente reacción belicista, curiosamente el cuestionado gobernante recibió de improviso un alud de elogios, provenientes muchos de ellos de los dos últimos secretarios de Estado; es decir, Hillary Clinton y John Kerry, quienes alabaron su patriotismo y determinación. También el impresentable Marco Rubio y su congénere Ted Cruz, republicanos ambos, se deshicieron en alabanzas.

Desde la Unión Europea y su brazo armado, la OTAN, llegaron igualmente entusiastas expresiones de apoyo, encabezadas por el presidente francés, Francois Hollande, la canciller alemana Ángela Merkel, la premier británica Theresa May y el secretario general de la organización belicista, Jens Stoltenberg, a los que se sumó el mandatario turco Recep Tayib Erdogán, quien, relegado por la UE, y enemistado con Holanda y Alemania, trata de obtener de Washington el reconocimiento de cancerbero fiel del flanco sur otaniano.

Caso interesante: Trump acaba de expresar públicamente que ya la OTAN no es obsoleta. Pero la reacción a nivel mundial ha sido mayoritariamente de condena a esta acción criminal del Imperio, realizada sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU contra una nación soberana, y sin haberse probado el motivo por el cual se llevó a vías de hecho. Analistas plantean que las recientes acciones de Trump en política exterior persiguen lograr la gobernabilidad para poder seguir adelante con su agenda interna.

Comoquiera que sea, el reto a Rusia por la acción en Siria y el chantaje a China a propósito del programa misilístico-nuclear de Corea del Norte coloca la paz mundial en el filo de una navaja. De otro lado, el respaldo a la ofensiva derechista en América Latina y el Caribe, enfilada en primer término contra Venezuela, pero también hacia Ecuador, Nicaragua y Bolivia, abre nuevos frentes de lucha…

Opinan expertos que la opción de Trump por la violencia hará más ingobernable el planeta y fortalecerá la alianza ruso-china, a la que posiblemente se sumen la India y otros países importantes. En política, como en física, a una acción sucede una reacción. No en balde afirmó en su momento el recientemente desaparecido líder histórico cubano Fidel Castro: “Quien intente gobernar el mundo está loco”. ¿Acaso Trump parece cuerdo?


Comentarios

2 Respuestas to “Trump: Un elefante en una cristalería”
  1. Evis Ginarte dice:

    Con el perdón de Rigo, pero para estar menos cuerdo que Trump o en igualdad de condiciones con él se debe tener una altísima, pero super altísima dosis de locura. O de otro ingrediente que no me atrevería a nombrar.
    Si lo que pretende es destruir el mundo, está a un paso de conseguirlo. Solo me pregunto si pensará él que sus millones lo salvarían de la hecatombe.

  2. Rigo dice:

    Acaso está cuerdo Kim Jong Un??


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