Una Mariana en el Yayabo

isabel maría de valdivia
Isabel dio a Cuba una pléyade de combatientes encabezada por el Mayor General Serafín Sánchez Valdivia.

Los últimos días de su segundo embarazo los pasó doña Isabel María de Valdivia y Salas en Sancti Spíritus, con la huella de la preocupación reflejada en el rostro, pues estaba marcada por la pérdida de su primogénita Ana del Carmen, fallecida a los pocos días de nacida. Enfrentaba ahora en su casa de la calle San Rafael —hoy Céspedes— la incertidumbre de un difícil parto que ocurriría el 2 de julio de 1846 y que, por fortuna, salió bien, para brindarles a la parturienta y a su esposo, José Joaquín Sánchez Marín, el sosiego que necesitaban.

A las pocas semanas se iría el matrimonio a sus dominios al norte del actual Jatibonico. No sabía entonces doña Isabelita que aquel varón al que puso por nombre Serafín Gualberto llegaría a mayor general y sería el primero de una estirpe de patriotas, émula de los Maceo-Grajales que, con el tiempo y su actitud de madre amantísima, pero preocupada como su esposo por los destinos de su país, haría de ella una Mariana en tierras del Yayabo dedicada por entero a la causa de la libertad de Cuba.

De acomodada cuna burgués-terrateniente, con fincas en la zona de Arroyo Blanco y otras propiedades, Isabel y su cónyuge solo iniciaban el calvario reservado a los no bendecidos por la suerte y que además abrazaban el ideal independentista en una colonia que gemía bajo el yugo de la metrópoli española, cada vez más abusivo. Con el tiempo, Isabel tendría otros 20 alumbramientos repartidos entre alegría y tristezas, pues de sus 22 vástagos solo 10 llegarían a la adultez.

La joven mujer fue siempre partidaria de la instrucción de sus hijos, pero en una época de franco dominio patriarcal su esposo, un eficaz administrador de la propiedad familiar, acabó por imponer sus ideas de que más valían la labor y la experiencia práctica que la educación académica. No obstante, ella logró que Serafín ingresara en el colegio de Calixto Echemendía, en Sancti Spíritus y más tarde en la escuela de los jesuítas, que abandonó luego para estudiar Agrimensura, mientras Sabás Raimundo, su vástago número 14, llegaría al quinto año de la carrera de Medicina. 

LA GUERRA LO CAMBIA TODO

El relativo sosiego de la vida compartida entre la ciudad y el campo, sin preocupaciones económicas, se trastoca radicalmente con la guerra y el alzamiento de Serafín Gualberto el 6 de febrero de 1869 en la finca Los Hondones. Casi a partir de ese instante comienza la retaliación de las autoridades españolas contra la familia y el viejo José Joaquín es detenido y condenado a morir por el delito de infidencia, sentencia que logra evadir por las gestiones del cura Benito Villadeval.

Poco después, de nuevo José Joaquín es apresado y sentenciado a muerte bajo similar acusación, pero la gestión oportuna de su viejo amigo, el coronel Alejandro Rodríguez Arias, logra anular la orden de ejecución y que lo excarcelen. Ello basta para decidir al cabeza de familia a irse con Isabel y parte de su prole a Sumidero, en Matanzas, y más tarde a Melena del Sur, en tierras habaneras, donde administra la finca Mayabeque.

Entretanto, otros de sus hijos, encabezados por Tello, también se han levantado contra España y no cesa en doña Isabel la zozobra maternal por el peligro enorme que cierne sobre ellos la cruel violencia de la guerra. En marzo de 1878, con la ominosa Paz del Zanjón, finaliza aquella década de espanto y se produce el reencuentro de los amantes padres con sus hijos, en tanto Serafín contrae nupcias en junio de 1879 con Josefa María Pina Marín, de similares ideas.

Pero aquel período de bucólica paz, pasado mayormente en el campo, se interrumpe con el nuevo alzamiento del ya general Serafín Sánchez y sus hermanos José Joaquín y Plácido en la llamada Guerra Chiquita. Al cabo, los dos últimos se acogen a las promesas del Gobierno colonial y deponen las armas, mientras su hermano mayor, sin pacto alguno con las autoridades, marcha al exilio.

De allá le escribe a la madre una carta en que le expresa su amor de hijo y le promete llegar algún día a verlos, pero censura a quienes han aceptado permanecer en una tierra encadenada. Ya en Santo Domingo, la correspondencia de Isabel con Serafín se hace sistémica.

Acosados de nuevo como en la Guerra del 68, Isabel y su esposo se van a Isla de Pinos, pero hasta allí los sigue el asedio del Gobierno colonial y en 1884 José Joaquín marcha también a Santo Domingo, donde se reúne con Serafín. Entretanto, el ya Mayor General continúa un sostenido intercambio epistolar con la autora de sus días. Isabel alberga la fugaz esperanza de otro reencuentro con su vástago, pero él rechaza una propuesta de Marcos García para tornar a Sancti Spíritus y ella entiende sus razones patrióticas.

DE NUEVO EN LA MANIGUA

Por orden expresa de José Martí, el 24 de febrero de 1895 estalla en Cuba la Guerra Necesaria y el 15 de mayo del propio año se alza Sancti Spíritus en armas. Algunos de los hijos de Isabel se van de nuevo a la manigua. El movimiento independentista, lento en un inicio en la comarca, se dispara a partir de la llegada de la expedición Sánchez–Roloff-Mayía, que desembarca el 24 de julio de ese año por Punta Caney, al sur de la jurisdicción espirituana, y hacia allí corren José Joaquín (Tello), Plácido, Elías y Esteban para unírseles. Poco después también lo hacen sus hermanas América, Josefa y Domitila.

Junto con la alegría por la pujanza de la contienda y la unión de su prole en el sagrado objetivo de la independencia, Isabel sufre además, como su esposo, la asfixiante agonía de los padres que tienen en la guerra hijos soldados. Para colmo, semanas después muere su compañero, atacado por la disentería y con poco intervalo fallece, también a causa de una dolencia hepática, Benito, el noveno de sus retoños.

La crudeza de la guerra y las pérdidas sufridas deciden a doña Isabel a darlo todo y se va a los campamentos en la manigua para coser la ropa de los insurrectos y atender a heridos y enfermos. Allí trabaja con denuedo, olvidando su origen burgués, vestida a veces con harapos, sirviendo de estímulo a las más jóvenes, a la altura de sus 68 años.

De los campos de batalla llegan noticias de variado signo, la mayoría estimulantes. El primero de octubre de 1895 en el campamento de El Saltadero, se abraza por fin con su hijo amado después de una separación de 15 años. Serafín, curtido por la guerra, no oculta su emoción y en la última carta que le hace a su esposa Pepa Pina, fechada el 18 de ese mes, le refiere con mucha alegría el placer inefable que sintió por haber comido con su madre los días los días 15, 16 y 17.

La guerra continúa cada vez más encarnizada. El 18 de noviembre de 1896, dos días después de haber celebrado su 69 cumpleaños, doña Isabel recibe la terrible noticia de la caída de su primogénito, Serafín Sánchez. El dolor la ahoga, pero alcanza a decir: “Solamente ha cumplido con su deber, morir por la Patria”.

En aquella intensa contienda de tres años —1895-1898— participó alrededor de un centenar de familiares de los Sánchez Valdivia que se desempeñaron en distintos frentes dentro del IV Cuerpo del Ejército Libertador, con diferentes responsabilidades y grados militares.

Isabel sobrevivió al tremendo esfuerzo libertario y, finalizada la guerra, la mujer que había dado a la patria nueve de sus 10 hijos, entre ellos dos mayores generales —a raíz de la  paz, Tello también alcanzaría el grado—, no vino a su casa en la ciudad a buscar roce social ni distinción alguna, sino que se fue a su bucólico Arroyo Blanco, a las tierras de la familia, donde falleció el 27 de julio de 1904 rodeada del cariño y los cuidados de familiares y amigos, en medio de la devoción de sus paisanos.

Nota: Escambray agradece al Museo Casa Natal del Mayor General Serafín Sánchez por su contribución a este trabajo.

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