Aporte espirituano a la invasión mambisa

En noviembre-diciembre de 1895 cerca de 2 000 espirituanos y villareños se sumaron al contingente invasor en lo que sería la segunda y definitiva etapa de la heroica marcha del Ejército Libertador cubano hacia el occidente de Cuba

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Aquella caballería demostró ser capaz de abrirse paso, combate tras combate, hasta los confines occidentales de Cuba.

De la histórica invasión del Ejército libertador cubano en 1895, hacia Occidente, se puede decir que tuvo un artífice: Máximo Gómez Báez; dos ejecutores principales: Máximo Gómez y Antonio Maceo, y un punto de partida definitivo: Sancti Spíritus, pues en tierra espirituana se les incorporaron al contingente invasor cerca de 2 000 espirituanos y villareños, con su jefe más capaz al frente: el Mayor General Serafín Sánchez Valdivia.  

Si en algún momento de nuestras guerras por la independencia se unieron experiencia, valor e intuición estratégica a la hora de concebir una empresa, ese fue cuando el internacionalista dominicano y General en Jefe de las huestes mambisas, Máximo Gómez, concibió la Invasión al occidente de la isla, ya intentada sin éxito en 1875, solo que ahora, con los antecedentes de aquel fracaso y la práctica acumulada, otro sería el panorama. 

Un primer objetivo para Gómez era lograr, desde su ubicación en Camagüey, poner de acuerdo a los generales Maceo y Bartolomé Masó acerca de la necesidad de dividir en dos el territorio del Departamento Oriental, haciendo del Ejército Libertador en aquellos territorios, dos cuerpos, los cuales quedarían bajo el mando respectivo del Titán y de Masó, para evitar los conflictos de jerarquía que ya empezaban a manifestarse entre ambos.

Otro propósito era hacerle acatar a este último, por medio de Maceo, la orden de entregar la mayor parte de sus fuerzas para la Invasión, y un tercero, aplicar la política de tierra quemada hacia la infraestructura económica que sustentaba al régimen colonial, algo a lo que, de inicio, tanto uno como otro jefe se oponían, pero que, ante la insistencia del Generalísimo con el respaldo del Consejo de Gobierno, acataron al pie de la letra.

Vencidos todos los inconvenientes, el General Antonio concentró las tropas en las sabanas de Baraguá para constituir el contingente invasor oriental, considerado por Gómez la fuerza fundamental de la magna empresa bélica. Así, el 22 de octubre de 1895 partió de Mangos de Baraguá la fuerza de invasión, compuesta por 1 403 hombres escogidos, para reimpulsar la contienda por donde mismo había terminado la Guerra de los Díez Años, la que, sumándole el personal de Sanidad, Vigilancia y apoyo, se aproximaba a 1 700 efectivos, cifra que varió en el trayecto por defecciones y nuevos ingresos.

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El Generalísimo Máximo Gómez fue el artífice principal de aquella empresa heroica.

GÓMEZ ENTRA EN LAS VILLAS

Pendiente de casi cada detalle de los preparativos de Maceo en tierra oriental, el General en Jefe decide no esperar en el Camagüey la llegada de la fuerza invasora, sino que, luego de dejar organizadas las tropas locales para la recepción y apoyo de sus hermanos orientales, parte para Las Villas el 22 de octubre, el mismo día que Maceo lo hacía desde Mangos de Baraguá.

La decisión constituyó éxito rotundo pues logró desinformar a los españoles con su entrada al territorio espirituano, acompañado por apenas 100 hombres aguerridos. El 29 de octubre se le incorporaron los generales Sánchez y Roloff con algunas fuerzas y a ellos les ordenó concentrar los efectivos del IV Cuerpo del Ejército Libertador “para después emprender serias operaciones” con el propósito de despistar al enemigo y ayudar al avance del General Maceo.

Del 7 al 11 de noviembre ordenó concentrar las fuerzas del territorio en La Campana y se abalanzó sobre Sancti Spíritus haciéndole creer a los españoles que atacaría esa villa. Así, el 11 atacó Campiña, para caer el 13 y 14 sobre Monte Oscuro y el 17 tomar el fuerte Pelayo, donde ocupó armas, municiones y pertrechos de todo tipo. No satisfecho, asedió durante cuatro días el fuerte de Río Grande, para atraer fuerzas de las que guarnecían la Trocha. 

Confundido por la forma aleatoria de los movimientos de Gómez, el mando hispano creyó que sus fuerzas en la comarca espirituana eran las de la Invasión, y decidió enviar a territorio villareño tropas de otros territorios, incluidos refuerzos recién llegados de la metrópoli, concentrando sus efectivos al sur de lo que es la actual provincia de Sancti Spíritus y oeste de la de Ciego de Ávila. Esto significó un caro error, pues no tenía en cuenta la marcha de Maceo, que avanzó entonces prácticamente sin oposición hacia occidente.

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El Lugarteniente General Antonio Maceo llevó junto a Gómez y Serafín Sánchez el contingente invasor hasta La Habana.

         

FORMACIÓN DEL EJÉRCITO INVASOR

Si aceptamos que el General Antonio progresaba desde Mangos de Baraguá  con el contingente invasor, ¿cómo entender que el Ejército Invasor propiamente dicho se formó en Lázaro López? La explicación reside en que la Invasión como tal tuvo dos etapas y que la primera culminó precisamente con la llegada de las fuerzas de Maceo a este punto de la actual provincia avileña, período que los historiadores describen como de “organización, traslado y adiestramiento en campaña” de las fuerzas que llevarían hasta el final la heroica empresa.

A Lázaro López llegan las distintas fuerzas mambisas desde Los Hoyos y otros lugares. En ese punto ha recibido Gómez el 29 de noviembre la noticia de la proximidad del contingente invasor al mando de Maceo luego de pasar la Trocha sin dificultad alguna. Entretanto, los villareños convocados por el Generalísimo, avanzan “frenéticos” hasta la finca Cuchillo para desde ahí continuar a Cerro Pelado, San Juan y San Nicolás, donde ocurre a las tres de la tarde el emotivo encuentro de villareños, camagüeyanos y orientales.

Luego, las fuerzas reunidas se dirigen a Lázaro López, lugar donde cayera en la Guerra Grande el excelso general Ángel Castillo. Allí, al amanecer del 30, tiene lugar la ceremonia oficial de bienvenida al presidente Cisneros Betancourt con su Consejo de Gobierno, y al General Maceo, en un acto en el que intervienen el propio Máximo Gómez como orador principal, pero también Cisneros, de nuevo Gómez, y por último el espirituano Santiago García Cañizares, del Ejecutivo, todo en un clima de emotiva exaltación patriótica.

Al conformarse la estructura definitiva que debía adquirir el Ejército de invasión, se buscó componer al contingente oriental con las fuerzas villareñas y la caballería camagüeyana. Un cómputo final arrojó que, aparte de los cerca de 1 500 hombres de Maceo, se sumaron unos 1 950 villareños del IV Cuerpo y varios cientos del Camagüey, para sumar 4 000 hombres, de ellos 3 000 de caballería y 1 000 de infantería. 

Como hecho cuestionable figura la decisión de enviar la infantería, al mando de Quintín Bandera, a la zona de Trinidad y Guamuhaya para destruir las riquezas de esa zona que pudieran ayudar al sustento del régimen colonial —lo que lograron— a costa de debilitar el poder ofensivo del contingente invasor.

Una labor ardua que hubo que solucionar contrarreloj fue la contribución del IV Cuerpo del Ejército Libertador en Las Villas a la fuerza invasora, el cual estaba conformado por efectivos de las brigadas de Sancti Spíritus, Trinidad, Villa Clara, Cienfuegos, Remedios y Sagua. Todas estuvieron representadas, bajo el mando del Mayor General Serafín Sánchez, con el cual tuvieron una participación destacada desde el comienzo mismo de la Invasión propiamente dicha, tras el acto del 5 de diciembre de 1895 en Ciego Potrero, Taguasco.

Pese a sus palabras muy severas en su alocución del 30 de noviembre, ante la imponente tropa de más de 4 000 hombres formados, cuando expresó: “En estas filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros”, el jefe del Estado Mayor de Maceo, Miró Argenter, prefirió al Gómez que vio en la tarde anterior, “efusivo, pleno de comunicativa euforia, estado de ánimo raro en un hombre tan huraño”, cuando el viejo guerrero aseguró: “Entre los dos —él y Maceo— lo vamos a tumbar en Occidente —al jefe enemigo Martínez Campos— cogiéndolo desprevenido”. Y resultó cierto.   

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