Asalto a la Jefatura de la Policía: con el chaleco de la audacia

El 19 de septiembre de 1958, pasadas las 10:00 p.m., un comando del Directorio Revolucionario 13 de Marzo ametralló la sede de la Policía Nacional en Sancti Spíritus con saldo de siete bajas para el régimen

Por este asalto fueron detenidos, torturados y asesinadaos varios jóvenes espirituanos.

Es la noche del 19 de septiembre de 1958 y Sancti Spíritus, sobresaltada por una represión sin límites y la detención, tortura y asesinato de muchos de sus hijos, cierra otro día tenso cuando a las 10:15 p.m. se escuchan varias ráfagas de ametralladora, seguidas de gritos, improperios y el ruido de un automóvil que circula hacia el puente del Balneario.

El asalto inédito ocurrido contra la Jefatura de la Policía Nacional en la ciudad, en plena calle Independencia —casi frente al Ayuntamiento—, tuvo repercusión inmediata, pues a la par que comenzaba el trasiego de muertos y heridos hacia el Hospital Municipal se dieron cita en el lugar varios carros policiales y yipis del Ejército que iniciaron la persecución del grupo atacante en dirección al barrio de Colón y a la carretera de Trinidad.

Como resultado de la audaz acción resultaron muertos el sargento Miguel Luna García y el vigilante Ignacio Rodríguez Treto y recibieron heridas los policías Consorcio Marín Espinosa, José M. López Lozano, José Guerra Guerra, José R. Alemán Mendoza y el sargento Eduardo González García. A causa de las graves lesiones producidas por proyectiles, falleció también el civil Eduardo Cancio Companioni, que transitaba por el lugar, cuyo deceso se produjo el primero de octubre, 12 días después de ocurridos los hechos.

EL ANTES Y EL DESPUÉS

A contrapelo de lo planteado por el juez José Charriz Drake en el sumario levantado por este suceso, el asalto a la Jefatura de Policía no fue un acto planeado de antemano, sino el resultado de una decisión fortuita de última hora de un grupo de jóvenes cuyo objetivo era ejecutar al archiasesino capitán Ramón Mirabal Soa, jefe del Escuadrón 38 de la Guardia Rural en Sancti Spíritus, responsable directo del asesinato de numerosos revolucionarios en la zona.

Según Horacio “Piro” Abreu, quien quedó al frente del aparato clandestino del Directorio Revolucionario 13 de Marzo en sustitución del Comandante Enrique Villegas —a la muerte de este—, se quería aprovechar la coyuntura de la llegada de armas destinadas al frente guerrillero del Escambray y la presencia en Sancti Spiritus de Ramón González Coro, Mongo, Antonio Martínez Cruz y otros.

No sería un hecho inconsulto, pues Piro solicitó autorización al Estado Mayor de la guerrilla para utilizar esos fusiles y metralletas en una acción comando dentro de la ciudad antes de enviarlos a las montañas, lo que le fue concedido. Entonces se iniciaron los preparativos para el atentado a Mirabal.

“Para ello —refirió el veterano luchador— se montó una vigilancia constante al esbirro a lo largo de unos 12 días, comprobando la hora de su entrada al cuartel y la de salida, así como el itinerario que acostumbraba a seguir.

En esos días, Ernesto Valdés Muñoz, quien se movía en la clandestinidad, dijo a Horacio Abreu: “Mira, Piro (…); yo estoy quemado y por eso te ruego que me dejes subir, porque me están buscando y me van a fastidiar. ¡Déjame meterme en esto!”, a lo que el aludido dio respuesta afirmativa.

“La noche de la acción —refirió Abreu— se le iba a disparar a Mirabal desde el jardín de una casa situada frente al cuartel y a pocos pasos de la Carretera Central estaría el automóvil en que se retiraría el comando ejecutor, encabezado por Ramón González Coro. En ese punto existían buenas posibilidades de lograr el ajusticiamiento, porque el asesino tenía que parar en firme en la Carretera Central para ir a su guarida.

“El 18 de septiembre, día señalado para la acción, se recogió a los combatientes a la hora convenida y se aproximaron en el auto a las cercanías del lugar escogido, se bajaron y distribuyeron por el jardín de la casa, pero ese día el homicida no hizo acto de presencia.

“A la mañana siguiente hubo pánico en algunas de las casas donde se escondían los miembros del comando, que eran seis, ante el temor de una delación, así que se decidió repetir el intento esa noche y si Mirabal no acudía a su cita con la muerte, entonces el grupo debía realizar un recorrido por la ciudad buscándolo a él, a su hijo y a un sobrino, tan asesinos como el propio esbirro.

“Tampoco en esta ocasión apareció Mirabal, aunque los miembros del Comando no se dieron por vencidos y salieron a recorrer los bares que ellos frecuentaban. Ellos llegaban a esos sitios de diversión y preguntaban: ‘¿Por aquí han estado los Mirabales? Si los ven díganles que la gente del Directorio los está buscando’.  

“El comando recorrió calles y lugares públicos por espacio de cerca de hora y media, llegando incluso en su audacia a desarmar a policías; pero, en vista de que no podían lograr su objetivo y como se encontraban en las cercanías del parque Serafín Sánchez, Ernesto Valdés Muñoz,  que iba en el auto, expresó: No podemos irnos sin hacer nada, vamos a meterle mano a la Jefatura de Policía”.

Lo demás es historia viva. Ellos enfilaron por la calle Independencia y al pasar por el frente de la sede policial la rociaron con el plomo de sus armas, prosiguiendo a toda velocidad hacia el Balneario y de allí, por la carretera de El Jíbaro, rumbo al Camino de Las Cañas, donde abandonaron el Chevrolet  verde en que viajaban para continuar a pie hacia las lomas de Banao.

IMPOTENCIA CRIMINAL

Lleno de rabia por la osadía de sus persecutores, Mirabal Soa inició una cacería de revolucionarios por toda la comarca y tres días después, el 22 de septiembre, al resultar capturados los jóvenes Ángel Montejo Lorenzo, Ismael Saure Conde y Gilberto Zequeira Díaz, decretó su martirio y asesinato en el cuartel para finalmente tirar sus cuerpos ametrallados en el Camino de Santa Cruz, donde fingió un encuentro armado que reportó a sus superiores. En el expediente abierto responsabilizó a los muertos y a otros combatientes que él y su jauría no lograron capturar, del asalto al centro policial.

El esbirro no podía soportar que un atentado de las proporciones del descrito ocurriera en sus dominios sin que él hiciera nada.

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