Bloqueo con un yeti en la Casa Blanca

La voluntad de un cambio en la política de Estados Unidos respecto a Cuba, que fue tomando cuerpo de manera paulatina durante décadas entre sectores influyentes del país del norte y se concretó durante la dirección de Barack Obama, regresó con Donald Trump a los peores tiempos de la Guerra Fría

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Ilustración: Osval

Las definiciones del vocablo diplomacia, que hablan de sutileza, delicadeza, talento, negociación y otros por el estilo, colapsan estrepitosamente cuando de la política exterior de los Estados Unidos se trata, sobre todo en la era de Donald Trump, donde predominan el exabrupto, la amenaza, el chantaje, el desprecio, la xenofobia y la discriminación, como parte de su modo de aplicar la política internacional, y ello ha sido la tónica hacia Cuba desde el día aciago en que este multimillonario ocupó la Casa Blanca. 

Seguramente por esa peligrosa proyección de fuerza en las relaciones internacionales, y por su empecinamiento en desbaratar cada una de las medidas progresistas adoptadas por su antecesor, Barack Obama, es que Trump se ha afanado en emponzoñar las relaciones con Cuba, al parecer con la intención de retrotraerlas a los peores tiempos de la Guerra Fría, recrudeciendo el bloqueo, limitando los intercambios entre sectores sociales y científicos de los dos países e inventando el supuesto affaire de los ataques sónicos contra su personal en La Habana, por citar solo algunos hechos.

De Trump se puede decir cualquier cosa, menos que carece de inteligencia, al menos para los negocios, y de ideas, pues las tiene, aunque no pueden ser peores para su país, para sus compatriotas y para el prójimo, por cuanto ha incrementado en flecha el peligro de guerra y puesto en crisis las relaciones de Washington con sus aliados y con el resto del mundo, llevando al paroxismo su consigna de América primero.

En lo que a Cuba respecta, este abominable homus politicus, émulo del famoso yeti de las nieves —que ninguno o muy pocos vieron y que a nadie causó daño físico—, se ha empeñado en ajustarle el corbatín del bloqueo al prorrogar las medidas de estrangulamiento bajo la Ley de Comercio con el Enemigo, que data de los tiempos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la cual no se aplicó contra conocidos opulentos estadounidenses que, como los Herbert Walker y Bush, mantuvieron comercio con el III Reich en plena segunda contienda universal, incurriendo en delito de alta traición.   

En política, como en el comercio, como en lo social, como en cualquier esfera de la vida, la obtención de un resultado fallido por medio de la aplicación continuada de medidas erróneas nunca llevará al éxito ni a la obtención de mejores dividendos. Ese es el error capital de Donald Trump: el pensar que puede doblegar con las mismas recetas fallidas por espacio de más de medio siglo al pueblo que afrontó enhiesto la amenaza de exterminio atómico durante la llamada Crisis de los Misiles, hace ahora 56 años.

Quien no es capaz de analizar con lucidez el pasado y sacar las debidas conclusiones no podrá tampoco proyectarse con tino en el presente, pues las cosas, como regla, no surgen del aire. Por eso se tropieza tantas veces con la misma piedra y por ello también los politólogos duchos en historia aseguran que esta se manifiesta primero como comedia y se repite tiempo después como tragedia. He aquí la tenebrosa perspectiva que nos depara Trump, porque, además, los escenarios cambian y ya Estados Unidos no posee la misma fuerza relativa de hace 30 o 40 años y hay otros actores potentes en el ruedo. 

Así las cosas, con el sabor amargo del fracaso del show mediático improvisado por la delegación norteamericana hace unos días en el marco del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, reforzada por personajes como el renegado secretario general de la OEA Luis Almagro y otros de su calaña, la superpotencia se prepara para recibir el próximo 31 de octubre, cuando se debata el proyecto anual de resolución contra el bloqueo presentado por Cuba, la más soberbia de las palizas de los últimos tiempos.

Ello se fundamenta en un grupo de factores, a cada cual más sintomático; a saber, que la comunidad internacional —que siempre ha apoyado a Cuba en estas votaciones— está consciente del accionar negativo de la administración de Trump, que ha echado por tierra los esfuerzos de su antecesor Barack Obama por mejorar las relaciones con la isla y eliminar poco a poco esa guerra económica ilegal, injusta, antiética y aborrecible que constituye un caso de genocidio, de acuerdo con la Carta fundacional de la ONU. 

En segundo lugar, porque muchos gobiernos que, en relación con otros asuntos se cuidan mucho a la hora de dar su voto o pronunciarse por temor a provocar la animosidad y represalias de Washington, se desahogan cuando toca la discusión del bloqueo a Cuba —realizada ya por vigesimosexta ocasión consecutiva—, porque se saben respaldados por el sentir de casi el 99 por ciento de los países del mundo y que la retaliación contra todos no está al alcance del gigante.

Y, en tercero, porque la política exterior de Trump ha llevado a su nación a un empeoramiento notable de las relaciones con los estados que componen la Unión Europea, así como con la mayoría de los países de África y Asia e, incluso, de América Latina, como es el caso de las tensiones con México a propósito de la emigración ilegal y el narcotráfico, y con Honduras, Guatemala y El Salvador, a causa de las sucesivas olas de emigrados que intentan alcanzar territorio estadounidense y son allí maltratados y encarcelados.

Todo lo anterior ha preparado las condiciones para una jornada inolvidable donde, a propósito del tema Cuba, cada nación, incluidos los países pequeños, vean llegado el momento de cantarle las 40 al grandullón abusivo que se conduce como un yeti, de forma abominable, en el ya de por si frágil escenario mundial.

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