Ciego Potrero: El punto de partida

El 5 de diciembre de 1895 se efectuó en Ciego Potrero, Taguasco,  jurisdicción de Sancti Spíritus, el acto oficial de partida de la Invasión hacia occidente, con todas las formalidades posibles en tiempo de guerra

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Máximo Gómez revistó junto a Maceo aquellas aguerridas huestes al amanecer del 5 de diciembre de 1895 en Ciego Potrero.

Con el alba del 3 de diciembre de 1895, el ejército invasor formado en Lázaro López, actual provincia de Ciego de Ávila, entró en tierra espirituana. Fue en esta jornada que se adoptó la decisión de constituir un contingente formado por la infantería oriental al mando del general Quintín Bandera, reforzada por un regimiento de caballería encabezado por el entonces teniente coronel José Miguel Gómez, de la Brigada de Sancti Spíritus, el cual debía partir a operar en la zona de Trinidad.   

Máximo Gómez y Antonio Maceo, jefes y estrategas de la Invasión habían determinado una estructura que permitiera dar al ariete invasor la máxima movilidad posible, y así, al privarlo de infantería, aunque debilitaron el poder defensivo y ofensivo de la tropa, la hicieron muy ágil para abrirse paso bajo el principio de “no importan flancos y retaguardia sucia” siempre que se encuentren resquicios por donde realizar el avance, para adelantarse a cualesquiera maniobras del adversario.

Según la doctora Sonia López, el propio 3 de diciembre, al realizar el cruce sobre el río Jatibonico del Sur, se produce el primer encuentro con el enemigo en tierras villareñas: el combate de Iguará; al enfrentar una columna española de 800 hombres al mando del coronel Enrique Segura Campo y que se movía del fuerte de Iguará a Sancti Spiritus. La posición ventajosa de las fuerzas españolas, unido a las características del terreno, limitaban el movimiento de la caballería invasora; lo que obligó a los jefes de las fuerzas cubanas —Maceo y Gómez— a una arriesgada carga al machete.

La acción resultó una victoria para los cubanos después de dos horas de combate, obligando al jefe español a retirarse hacia el fuerte de Iguará en busca de refugio; lo que pudo lograr gracias a su serenidad, acertadas órdenes y la bravura de sus soldados ante la persecución de los cubanos.

Esta acción le deja libre el camino a las fuerzas invasoras en su avance. El día 4 pasan por La Campana donde entierran a los muertos, curan y envían los heridos a la prefectura de Taguasco y llegan a Ciego Potrero, donde hacen campamento.

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Antonio Maceo Grajales sería en la práctica quien conduciría la Invasión hasta el extremo poblado más occidental de Cuba.

CEREMONIA EN CIEGO POTRERO

Es el amanecer del 5 de diciembre de 1895 y en el campamento mambí en Ciego Potrero, miles de soldados libertadores recogen sus hamacas, se asean como pueden en un pequeño arroyo y, al toque perentorio de corneta, empiezan a formar por unidades, ocupando la extensa explanada natural, rodeada de monte en terreno quebrado, hasta donde alcanza la vista.

Los jefes delante de sus respectivos contingentes; se suceden los bloques de infantes y jinetes; de orientales, camagüeyanos y villareños. Y al frente de estos últimos un hombre alto, de atildada figura y porte marcial recorre con la vista la tan imponente como inusitada concentración de fuerzas insurrectas. Es el Mayor General Serafín Sánchez Valdivia, quien actuará, de hecho, como tercer jefe del Ejército Invasor.

  Erguidos y solemnes pasan revista el legendario dominicano Máximo Gómez Báez, Generalísimo de aquellas huestes; y también Antonio Maceo, el mítico Titán; pero, aunque nadie repare en ello, aquí en la jurisdicción espirituana el General Serafín Sánchez es el anfitrión. Nadie entre los jefes conoce como él esta comarca ni arrastra tras de sí a tanto patriota. Él suma a 2 000 de sus mejores combatientes a la magna empresa libertaria.

El Consejo de Gobierno en la figura de su presidente Salvador Cisneros Betancourt, entregó al Lugarteniente General Antonio Maceo, una bandera cubana enviada por jóvenes camagüeyanas para que acompañara a los invasores y la hicieran ondear en los confines de occidente; también le son ratificados a Serafín Sánchez los grados de Mayor General y su designación de jefe del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador de Las Villas.

Acto seguido se produce la despedida y separación del Consejo de Gobierno que marcha hacia Oriente, mientras la columna invasora continúa su marcha rumbo noroeste, abriéndose paso a tiro limpio y machete.

“El Brigadier Serafín Sánchez —escribe el jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez, Bernabé Boza en su diario— tiene cara de jefe, es muy simpático a pesar de ser serio; es culto y fino. Es el autor de Héroes humildes. Sus soldados, que es a quien más hay que creer en este sentido, dicen que es muy valiente”.

El propio Boza ha escrito el 11 de noviembre: “(…) este jefe es, después de Gómez y Maceo, el mejor General que tenemos en la guerra hoy”. Poco antes, en la orden en que lo nombra jefe del IV Cuerpo del Ejército Libertador, el General en Jefe le expresa a Serafín: “En la pericia militar de Ud. y acrisolado patriotismo queda confiado este Cuartel General para el satisfactorio desempeño del importante cargo que se le confiere”.

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El Ejército invasor tendría que combatir a tropas de infantería, caballería, artillería y a soldados movilizados por tren.

Y Serafín cumplió con creces el encargo. Había que ver a los centauros espirituanos y a los soldados de a pie, perfectamente pertrechados con rifles Máuser o Remington, con tercerolas y Winchester, la dotación mínima de balas, su típico machete y el sombrero de roja escarapela, dispuestos al combate y a la gloria.

Pronto la hazaña quedó escrita con gritos y estampidos en los anales de los hechos heroicos. El General espirituano cargó el peso en los combates, abriendo a sangre y fuego el camino a la vanguardia, o protegiendo el avance a la retaguardia, en Fomento, en La Campana, en Boca de Toro, en Mal Tiempo, en Jovellanos, Coliseo y Calimete.

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