Con la lógica del Che

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“Se puede ser y se debe ser espontáneo y alegre, pero se debe ser profundo al mismo tiempo”, recomendaba el Che a nuestra juventud.

Falta de profundidad, formalismos y escasa creatividad lastran el actuar de algunos jóvenes, quienes desconocen que el paradigma al que juraron imitar llamaba a ser profundos y a no guardar apariencias

Dibujaba en el aire los movimientos de los aludidos, como si las personas sobre las que hablaba fuesen piezas en un tablero de ajedrez. Pero el talento del juego ciencia brillaba por omisión, sobre todo en las imprecisiones y en los detalles que el interlocutor no ofrecía.

No guardaba en la mente ciertos datos vinculados con la llegada del Che al territorio de Las Villas, en su marcha al frente de la Columna No. 8 Ciro Redondo. Tampoco definía con claridad la clase de homenaje con motivo de la conmemoración a la que hacía referencia y pronunció, al intentar no excederse en la definición, una palabra de demérito para lo que debía ser algo serio y profundo. Con pena, le escuché decir al hombre joven que había cursado la carrera de Historia y Marxismo.

Recordé el legado del hombre paradigma, asesinado en la plenitud de su existencia, que mencionó entre las tareas de la Juventud la de “impulsar, dirigir con el ejemplo la producción del hombre del mañana”, sin dejar de apuntar que “en esa producción y en esa dirección está incluida la producción propia, porque (…) todo el mundo debe ir mejorando sus cualidades mediante el trabajo, las relaciones humanas, el estudio profundo, las discusiones críticas”. Fue el mismo hombre que, al cierre de un discurso de homenaje a José Martí en enero de 1960, pidió ser despedido no con Vivas a él, como habían hecho al recibirlo, sino al Apóstol, que, dijo, vive. Recordó, al hacerlo, que “de todos los amores de Martí, su amor más grande estaba en la niñez y en la juventud, que a ellas dedicó (…) muchos años de su vida combatiendo”.

A los que son jóvenes de espíritu, sobre todo, el Che los instó a “no tener nunca miedo” y a no “preocuparse de qué es lo que hay que hacer para agradar”. Llamaba a hacer simplemente “lo que sea necesario, lo que Iuzca lógico en un momento dado”. Y recalcaba que “el hombre debe transformarse conjuntamente con la producción que avance, y no haríamos una tarea adecuada si solamente fuéramos productores de artículos, de materias primas, y no fuéramos a la vez productores de hombres”.

Abogaba por el mejoramiento de las cualidades mediante el trabajo, las relaciones humanas, el estudio profundo, las discusiones críticas. A la juventud la calificaba como el eslabón que apunta al porvenir. Justo por ello, en una de sus muchas pláticas dirigidas a los que aspiran a ser como su padre desde las primeras edades, Aleida Guevara March subrayaba: “Tenemos que llenarnos de energía todos los días, ser éticos, escuchar al pueblo, hacernos sentir, cuidar nuestras organizaciones, no callarnos el pensamiento”.

Ahora, que conozco de muchachas y muchachos a quienes en su servicio social se les ha instado a llenar papeles para justificar un trabajo que no hacen, pienso más en el Che. “Pongo un dato que no es real en un papel, vaya, un globo inflado, y eso me lleva a otra mentira, porque al final el informe debe cuadrar. Siento incomodidad con las personas a las que atiendo, pues, sin querer, las manipulo”, relataba días atrás un egresado universitario.

En situaciones así, afortunadamente eventuales, afloran con actualidad total las palabras pronunciadas en el lejano 1962 por el joven que con menos de 30 años primero se enroló en una revolución y luego fue uno de sus protagonistas: “Pero la Juventud tiene que crear. Una juventud que no crea es una anomalía, realmente. Y a la Unión de Jóvenes Comunistas le ha faltado un poco de espíritu creador. Ha sido, a través de su dirigencia, demasiado dócil, demasiado respetuosa y poco decidida a plantearse problemas propios”, decía, en alusión a la dependencia total en aquellos años —que calificaba de absurda— de un organismo mayor, para elogiar a seguidas cómo se empezaba “a pensar con la propia cabeza”.

Junto al elevado espíritu de sacrificio, el Che remarcaba, entre las cualidades que debía tener un joven revolucionario, su gran sensibilidad ante todos los problemas y frente a la injusticia. Y hablaba de la necesidad del “espíritu inconforme cada vez que surge algo que está mal, lo haya dicho quien lo haya dicho”. Por eso alentaba a “discutir y pedir aclaración de lo que no esté claro; declararle la guerra al formalismo, a todos los tipos de formalismos”.

Esta de hoy, aunque algunos parezcan haberlo olvidado, es la misma Cuba cuyo futuro él ayudó a labrar con la esperanza de que no se repitieran los errores de aquellos tiempos iniciales. Sus alertas y advertencias resurgen siempre que se perciben en rostros jóvenes expresiones de desconocimiento y subestimación acerca de asuntos medulares de la actualidad nacional o internacional.

“Se puede ser y se debe ser espontáneo y alegre, pero se debe ser profundo al mismo tiempo”, recomendaba a nuestra juventud. Sin esperar a que alguien decida por nosotros, hagamos los jóvenes de espíritu en cada momento lo que él aconsejó: lo necesario, lo que resulte lógico.

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