Cuando Camilo llegó a Jarahueca

Cerca de la medianoche del 3 de diciembre de 1958 Camilo Cienfuegos llegó a ese poblado, al norte de Sancti Spíritus, del cual se habían retirado días antes los soldados de Batista

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En abril de 1959 regresó Camilo a Jarahueca, según consta en el museo de Yaguajay.

No fue Jarahueca aquel escenario donde las fuerzas del Frente Norte tuvieron que entablar combate para liberar el poblado; no había cuartel, apenas algunos soldados del ejército batistiano que se retiraron días antes de la llegada del Comandante Camilo Cienfuegos al lugar.

Si fue Jarahueca un baluarte de la colaboración con el frente guerrillero, refugio de combatientes, ruta segura para los enlaces, estancia desde donde se envió medicina a las tropas, el caserío que escogió Camilo para que le hicieran una bandera del 26 de Julio.

En su primera visita cerca de la medianoche del 3 de diciembre de 1958, “(…) emocionado se dirige al pueblo congregado a su alrededor, mientras tanto se ocupa en el taller del señor Domingo Delgado Bello el equipo de soldadura, se quema una casa de juego y parte de la estación del ferrocarril (…)”, narró Wiliam Gálvez, en su libro Camilo, Señor de la Vanguardia.

AL BAJAR DEL ESCAMBRAY

En los días finales de noviembre de 1958, el jefe del Frente Norte regresa de las montañas del Escambray, donde estaban las tropas rebeldes al mando del Che. El 2 de diciembre Camilo y sus acompañantes acampan en la zona de Pedro Barba, cerca de Jarahueca. Por la tarde reanudan el regreso y, “(…) Por fin arriban a Juan Francisco(…)”, se describe en el propio texto donde, además, se añade: “Se descansa un poco, se consiguen algunos caballos y se efectúa una visita a Jarahueca”.

La joven de 18 años Mariana Llaugert Lorenzo estaba aquella noche recogida ya en su cama cuando, “Oigo que gritan, ¡viva la Revolución!; me levanto, voy al portal y veo todo aquel revuelo de gente, me vestí y salí para la calle.

“Camilo estaba en la tienda cogiendo unas latas de pintura, alguien allí dijo que la barba era postiza, yo, que era medio entretenida me le acerco por atrás y le jalé la barba; él me miró, se echó a reír y me preguntó: ‘¿Tú sabes escribir?’; le digo, claro que sí, estoy haciendo el bachillerato en Yaguajay… Me dijo: ‘Coge una lata de pintura y vete a poner letreros’; ahí mismo empecé a poner Abajo Batista, y puse letreros por todas partes”.

Cuentan que Camilo llegó después a la casa de Eligio López, un fotógrafo del caserío, y preguntó al grupo de personas que lo rodeaban que “quién le podía hacer la bandera del 26 de Julio”. “Ella sabe bordar y coser, le dijo Elena Brito, señalando para mí; entonces Camilo me dice: ‘Usted me la puede hacer’; le digo, sí, yo se la hago. Ahí Nené (Ramón López López), uno que andaba en la tropa, traía envuelta las telas, las medidas y como un croquis de cómo hacer la bandera y me las entregó”, recordó Edith Camellón López.

 “Yo tenía 16 años y me emocioné tanto al ver a Camilo que, de fresca le pasé la mano por barba y, él me dio un beso en la frente. Al otro día me lo pasé encerrada en el cuarto haciendo la bandera y el bordado en el medio que decía M-26-7. Mi mamá estuvo a mi lado todo el tiempo y hasta recogía las tiras de cada recorte porque tenía miedo que llegara un casquito y viera aquellas telas. A través de los enlaces se envió la bandera para el campamento.

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De izquierda a derecha, Mariana Llaugert, Aurelio Cabrera (Yeyo), Edith Camellón y Julia Hernández, en la tarja que recuerda el lugar donde habló Camilo.(Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

EL MANDARRIERO DE CAMILO

Aurelio Cabrera López (Yeyo) se había incorporado a las tropas rebeldes una vez que se asentaron en el norte villaclareño y estuvo entre los que acompañaron a Camilo en la visita a Jarahueca. “Él me decía el Mandarriero porque yo era el que tumbaba los puentes a mandarria, figúrate, desde los nueve años trabajé en la herrería del pueblo. Camilo me levantaba el brazo y decía: ‘Con 10 Yeyo como este tumbamos todos los puentes de Las Villas’.

“El habló muy emocionado aquella noche, recuerdo que elogió al pueblo de Jarahueca y dijo que a la Revolución había que ayudarla. Cuando acabó no fuimos con él a tumbar el puente de la carretera de Carrillo, no completo, el contaba unos pasos y decía: ‘Hasta aquí’; acabamos como a las cinco de la mañana”.

En el ambiente clandestino de La Habana a Jarahueca le llamaban El Moscú chiquito, comentó Julia Hernández Cabrera, entonces una adolescente, pero que no borra aquellas vivencias que marcaron su memoria. “Es que aquí todo el mundo colaboraba en la clandestinidad, en la casa de Pastor Lemas fue mucha la gente que escondieron arriba de la zapatería; Félix Torres pasaba a menudo por aquí; recuerdo bien esas cosas porque me levantaron varias veces de la cama para acostar a esas personas que llegaban”.

La misma colaboración que practicó Pascual Álvarez Pereira, cuando bajo la cobija de los lazos familiares trasladó dos envíos de medicina desde la botica del poblado hasta el campamento rebelde en Juan Francisco. “Fueron viajes de dos o tres horas, por el día y a caballo; siempre había riesgo, pero eso era necesario para la tropa”.

Camilo encontró en Jarahueca respaldo a la gesta de liberación, de allí salieron también la bufanda que usó en aquel invierno de diciembre, comida, pañuelos y brazaletes del 26 de Julio. Asimismo, aseguran que esa noche llamó de la tienda de Carlos Espinosa al cuartel de Yaguajay para decir dónde estaba e incitar al ejército que viniera tras él. “Cuando desapareció, fue muy llorado por este pueblo”, afirmó Julia Hernández.

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