Excepcionalidad de una jornada histórica

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Venían en la extensa Caravana junto con los rebeldes cerca de 1 500 soldados del antiguo ejército, muchos de ellos con sus armas.

El entonces dirigente estudiantil espirituano Luis Morales Pina vivió momentos irrepetibles el 6 de enero de 1959 cuando el líder de la Revolución cubana Fidel Castro llegó a Sancti Spíritus al frente de la Caravana de la Libertad

“Oye, que ya vienen, pero no por la Carretera Central, sino por el puente del Balneario”, dijo un hombre del pueblo cuando sus compañeros lo instaron a ir a esperar a la Caravana de la Libertad. Uno del grupo le espetó una pregunta: ‘¿Y por qué no por la carretera Central?’. “¿Coño, cómo se te ocurre?, ¿acaso no sabes que los puentes de hierro del Tuinucú y del Zaza los tumbaron y que van a entrar por la carretera de El Jíbaro?”.

Allí estaba Luis Morales Pina, quien había sido jefe de Acción y Sabotaje del Directorio Revolucionario por el sector estudiantil en Sancti Spíritus y presidente de la Federación de Estudiantes de la Segunda Enseñanza, sin imaginar siquiera lo que le depararía aquella jornada inolvidable. Moralitos, como todos lo conocen, recuerda que cuando se supo de la cercanía de la Caravana, “los jóvenes revolucionarios nos agrupamos y nos pusimos de acuerdo para desplegarnos a lo largo del recorrido que debía hacer para guardar el orden.

“A mi grupo le tocó desplegarse en el parque, frente a la actual biblioteca. Ya a las seis de la tarde el gentío era tal que casi no se podía caminar. Algunos no aguantaban la tensión de la espera y en su impaciencia remontaban la calle Independencia o Céspedes y se iban hacia la Carretera de El Jíbaro. Ya avanzada la noche, entró la Caravana a la ciudad y se dirigió hacia el parque.

“Yo te diría que la emoción era tanta, y la expectación también, que hasta algunos conocidos batistianos estaban allí. Es que Fidel fue una persona que nació para la historia. Su personalidad atraía incluso a enemigos de clase… Fue algo extraordinario, lo nunca visto. El pueblo entero gritando: ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel!

“Cuando se bajó del vehículo en que viajaba, la gente rodeó al Comandante, y así, en aquel mar de pueblo, él, su escolta y los miembros de su Estado Mayor confundidos en la multitud, entraron al edificio de la antigua Sociedad El Progreso en una amalgama de pueblo en la que también se veía gente vestida de militares del antiguo régimen, con cascos y cara asombrada, como ante algo irreal, pero al mismo tiempo sintiéndose parte de todo aquello.

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Moralitos nunca pensó que aquel día histórico estaría entre los espirituanos que primero conocerían a Fidel.(Foto: Vicente Brito/ Escambray)

“Con Fidel venía el comandante Félix Duque, que era de Sancti Spíritus, y Juan Almeida. Llega un momento en que Fidel, rodeado de gente mayor, pregunta dónde están los estudiantes, y entonces alguien dice: ‘Mire, allí’, señalaron para mí y me llamaron. Yo me acerqué y cuando llegué a su lado lo primero que hizo fue ponerme una mano en el hombro y observar: ‘Dicen que sin azúcar no hay país —que era un eslogan famoso en la Cuba de aquellos tiempos—, pero de ahora en adelante, con azúcar o sin azúcar tiene que haber país… con lo que patentizó su voluntad de avanzar a toda costa.

“Aquellos fueron momentos de esos que solo se viven una vez en la vida y no todos tienen tal privilegio. Yo considero que constituye un verdadero milagro que 59 años después podamos estar evocando esa proeza con la Revolución en el poder y las promesas cumplidas”.

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