Expedición signada por la suerte

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Obra alegórica a la expedición, del artista plástico espirituano Francisco Rodríguez Cruz.

El 24 de julio de 1895 desembarca por Punta Caney, al sur de Sancti Spíritus, una de las expediciones más afortunadas de las guerras por la independencia cubana

Los primeros cinco meses de 1895 fueron, por varios motivos, de verdadera agonía existencial para el Mayor General Serafín Sánchez Valdivia: primero, porque en enero de ese año el gobierno de Washington incautó las armas y pertrechos destinados al proyecto martiano de Fernandina; segundo, porque Serafín asumió el compromiso supremo de rescatar y traer a Cuba al menos una de las tres expediciones propuestas, y tercero, porque el 19 de mayo de ese año cayó el Apóstol en Dos Ríos sin que el paladín espirituano hubiese logrado cumplir lo prometido.

De lo anterior se deduce el esfuerzo supremo que haría el héroe de mil combates por consumar la palabra empeñada con Cuba y con Martí y por la emancipación patria, lo que en términos concretos se plasmó en gestiones redobladas ante las autoridades estadounidenses para rescatar al menos una parte del cargamento embargado, la recaudación de fondos en los clubes revolucionarios en ese país y la adquisición de una embarcación con la cual poder trasladarse a la isla para reforzar la guerra que Martí llamó Necesaria.

Según César García del Pino —Expediciones de la Guerra de Independencia. 1895-1898—, desde inicios de junio de 1895 comenzó a concentrarse en el inhóspito islote de Pine Key el personal que debía venir a Cuba en la expedición encargada por José Martí a Serafín Sánchez. El 6 de junio llegó al cayuelo el coronel Rogelio Castillo y Zúñiga, valeroso oficial del ejército colombiano unido a las tropas mambisas en enero de 1870, como expedicionario del Hornet.

Castillo recibió el mando del intrépido Enrique Loynaz del Castillo. Pine Key se caracterizaba por la escasez de agua y la plaga de mosquitos, así como la falta de víveres, lo que acarreó no pocas dificultades con algunos de los allí reunidos, que protestaron y hasta llegaron a desistir.

Al inhóspito cayo arribaron el día 8 del propio mes en el balandro Blanche, los generales Sánchez y Roloff con otro grupo de hombres. El 11, en vista de que la situación se prolongaba, salió el general Carlos Roloff con destino a Nueva York para gestionar con Estrada Palma “que facilitara un barco a propósito para la expedición”. El mambí polaco resultaba la persona más indicada para tal gestión por ser concuño del delegado del Partido Revolucionario Cubano.

La espera se prolongó y el día 22 desertaron varios de los expedicionarios. El 5 de julio llegaban al cayo, mandados por el general José María Rodríguez (Mayía), los participantes en la fallida expedición del George W. Childs. El general Rodríguez lideraba 40 hombres con todo su armamento y pertrechos.

Cansados ya por la espera, el 17 de julio apareció el tan ansiado buque. Se trataba del James Woodall —rebautizado como José Martí— de 150 toneladas, 109 pies de eslora y 19 de manga. Inmediatamente se inició el embarque del contingente y el equipamiento y se levó anclas al amanecer del 18. En 1930, el coronel Tomás Armstrong, uno de los pocos veteranos de esta operación aún vivo, narró así algunas de las incidencias de aquella aventura:

“Aparte de lo incómodo y penoso que resultaba el viaje por el excesivo número de hombres embarcados (…) el James Woodall, barco expedicionario que no reunía las condiciones necesarias para una empresa como aquella (…), con muy pocos recursos y perseguidos tenazmente por los detectives americanos y españoles (…) resultaba un gran triunfo el haberlo conseguido y más aún el haber podido salir para Cuba sin mayores tropiezos”.

El 24 de julio, ya en horas de la tarde, divisan la costa cubana y observan a lo lejos la línea sinuosa de la cordillera del Escambray. Poco después están a la vista de Tunas de Zaza, y a las nueve de la noche arriban a las costas espirituanas por Punta Caney, pequeña porción de tierra que penetra en el mar, rodeada de manglares y esteros, en uno de cuyos extremos los expedicionarios desembarcan el valioso material bélico.

De acuerdo con el propio Serafín en carta a su esposa Pepa Pina, a las nueve y media de la noche del 24 de julio “estamos desembarcando sin novedad alguna en Tayabacoa, a legua y media de Tunas; hemos entrado aquí como en nuestra casa. Dentro de hora y media estaremos todos en tierra con la expedición. ¡Viva Cuba! Y te quiere mucho, tu Serafín (…)”.

En tiempo récord bajan a tierra 153 hombres encabezados por los mayores generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez, que hace el reconocimiento previo y escoge sitio para el primer campamento. Le siguen el brigadier José María Rodríguez, así como un grupo de ofi ciales subalternos. El cargamento descargado estaba compuesto por 300 fusiles, 300 000 tiros, 300 machetes y 650 libras de dinamita, así como ropa, medicinas y otros efectos, de los cuales, a diferencia de otros empeños, “no se perdió ni una bala”, como diría alguno.

Cuatro días después del desembarco, el 28 de julio, el Mayor General le escribe de nuevo a su querida Pepa: “Nunca se ha hecho una expedición a Cuba con más felicidad que la nuestra. El entusiasmo aquí es grande por nuestra llegada y pronto la reacción se verá impotente (…)”. A los pocos días suman ya centenares los hombres armados en toda la jurisdicción de Sancti Spíritus y pronto serían miles. Serafín cumplió su deuda con Cuba y con Martí.

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