Fidel, la necedad de los fieles

Este 13 de agosto, el líder histórico de la Revolución cubana, guerrillero para todos los tiempos, cumpliría 92 años

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Fidel en la Sierra. (Foto: Alberto Korda)

A orillas del río Zaza le levantaron un bohío; allí crió nueve hijos, lavó y planchó por unos kilos pantalones almidonados de gente rica. En las paredes de tabla de palma, colgó el retrato de Fidel, y cuando vino la mudanza para el nuevo caserío se lo llevó entre los pocos bultos y lo volvió a colocar frente a la máquina de coser en la que, según ella, ha hilvanado la vida de toda su familia.

—Ahí está la foto del jiquí, de mi Comandante. Es la misma, él en la Sierra, con el fusil en la espalda. No la muevo de ahí.

La necedad de Carmen Hidalgo Pérez es la necedad de los fieles, de los millones de cubanos que decidieron construir un país junto a un hombre soñador de travesuras, la mayor de ellas, multiplicar panes y peces. Y a ello dedicó sus días.

El eterno rebelde organizó y entrenó a un contingente de jóvenes y con 160 de ellos, el 26 de julio de 1953, comandó los asaltos a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Día de epopeya escrita con sangre. ¿Será que la necesidad parió con ellos?, me pregunto y evoco los versos del trovador Silvio Rodríguez.

Y este mismo hombre que siempre creyó en las utopías, en 1956 zarpó hacia Cuba desde el río Tuxpan a bordo del yate Granma, con 82 combatientes, y el 2 de diciembre desembarcó por Oriente. Y el optimismo no naufragó ni siquiera cuando las olas convertían la pequeña embarcación en una pluma en medio de la nada.

Caminando Fidel fue lo que fue, calzó las botas que nunca descordonó en guerrilla, y dirigió la acción militar y la lucha revolucionaria de las fuerzas rebeldes y del Movimiento 26 de Julio durante los 25 meses que duró la guerra.

Por esa necedad, el primero de enero de 1959 triunfó la Revolución, y sobrevinieron otras batallas no menos épicas. En cada una estuvo el Fidel geológico, planetario y justo. Ahí quizás esté la respuesta de por qué tantos necios siguen entregándole en silencio, como lo aseguró el poeta, la pólvora de su alma.

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