Juan Almeida: Habitaste el espacio imprescindible de los deberes patrios

A nueve años de su desaparición física, Cuba recuerda al Comandante de la Revolución, quien nos dejase el cariño inconmensurable sembrado tras cada uno de sus pasos

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El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque junto al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. (Foto: Archivo de Granma)

Fueron sinceras mis lágrimas por usted. La noticia de su partida me conmovió en lo más profundo, porque la sencillez y bondad que emanaban de su ser fue siempre para mí motivo de respeto y admiración. En aquellos días de infancia en que soñaba con la música como mi única vocación, aprendí La Lupe, y solía cantarla con tanto sentimiento que podía sentir cómo mi piel se erizaba de emoción.

Creo que más allá de las clases de historia donde tantas veces escuché hablar de su fecunda existencia, fue ese amor indescriptible por el arte lo que hizo que me identificara tanto con usted. Ese fue el motivo por el que me prometí a mí misma, que si no había podido conocerlo en persona, al menos debía llegar algún día al lugar de su descanso definitivo, para expresarle en silencio, sin que mediaran las palabras, en el monólogo más íntimo y sensible, lo mucho que lo he admirado siempre.

Caprichosa es la vida, y no imaginé que pasarían casi diez años antes de que pudiera subir hasta ese altar supremo de la patria, donde aún comanda usted el Tercer Frente Oriental. Protegido por las palmas, iluminado por el arder de una llama eterna, late su corazón guerrillero, late entre montañas verde olivo, late entre la gente que lo recuerda con el respeto que ganó a base de profundas convicciones, fidelidad y fe infinita en la victoria.

Su nombre no ha sido jamás para este pueblo sinónimo de encumbrado jefe militar (aunque sus grados fueran más que merecidos), sino de hombre cercano, afectuoso, carismático y sensible. Comandante, habitaste el espacio imprescindible de los deberes patrios, del sagrado compromiso con la obra que conociste desde sus cimientos, pero lo hiciste desde el lazo incorruptible con los humildes, porque nunca dejaste de ser eso, un humilde y noble ser humano.

Del obrero nació el revolucionario, de la amistad con Fidel, el necesario impulso para hacer historia o mejor dicho, de cambiar su curso para bien. El Moncada enraizó tus juveniles inquietudes libertarias, el exilio hizo de ellas tu bandera, y las trajiste en el Granma como tu más valiosa posesión, para curtirlas en Alegría de Pío, donde tu voz devino símbolo de resistencia y un grito inmortalizó la fuerza de tu carácter: «Aquí no se rinde nadie…».

Aun sin nombramiento se gestaba un comandante, y con su sabiduría y preclaro pensamiento supo verlo el líder de aquella generación, que cuando en 1958 hizo efectivo su ascenso, depositaba en él también plena confianza, y la seguridad de que sería capaz no solo de dirigir la Columna III (devenida luego Tercer Frente Mario Muñoz Monroy), sino de cumplir elevadas misiones una vez concretado el triunfo. Que las cumplió con creces, de eso a nadie le quedan dudas.

Cuando nos dijiste adiós físicamente aquel 11 de septiembre del 2009, temimos al vacío doloroso que dejarías con tu ausencia, porque son insustituibles los hombres como tú.  Pero nos dejaste una sonrisa eterna y jovial, nos regalaste con tu música una parte inmortal de tu ser, de puño y letra escribiste esa historia en la que fuiste protagonista y por si fuera poco, dejaste el cariño inconmensurable sembrado tras cada uno de tus pasos.

Por eso jamás formarás parte del pasado, por eso te damos la bienvenida a nuestro presente, este en el que hablamos de continuidad, de sueños compartidos y de un futuro que no podemos construir sin el legado de seres excepcionales como usted, Comandante Juan Almeida Bosque.

La gloria es eterna para los héroes de la patria y por eso estará siempre esa palabra escrita junto a su nombre. Gracias por responder al llamado de esta  tierra que lo convidó «a vencer o a morir». Esta, que como enamorada Lupe siempre lo recordará, porque sabe que usted, la amó más que a nada en el mundo.

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