La enfermedad de la derrota

La liberación, en cuestión de días, de Cabaiguán, Guayos, Sancti Spíritus y Placetas, dividió al país en dos y abrió a los rebeldes las puertas de Santa Clara

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Después de dos días de combate, Cabaiguán festejó el triunfo de las fuerzas revolucionarias sobre la tiranía. (Foto: Perfecto Romero)

Quizá en toda la campaña villareña de finales de 1958 no hubo una semana más agitada que la comprendida entre el 16 y el 23 de diciembre: en ese lapso las tropas revolucionarias al mando de Camilo Cienfuegos tomaron Meneses, Mayajigua y Zulueta e iniciaron el asedio a Yaguajay, mientras las fuerzas dirigidas por el Che Guevara asaltaron y rindieron Fomento, Guayos, Cabaiguán, el puente de la Trinchera, Sancti Spíritus y Placetas.

La encomienda de Fidel de cortar la isla en dos había comenzado en la noche del 15 para el 16 de diciembre, cuando combatientes dirigidos personalmente por el Che volaron los puentes sobre los ríos Sagua la Chica (Carretera Central), en la zona de Falcón, y Calabaza (Ferrocarril Central), cercano a Placetas, e interrumpieron el tráfico por las principales vías con que contaba el país en ese entonces.

Los que parecían dos sabotajes aislados eran en realidad la continuación de una ofensiva relámpago que en cuestión de pocos días dejaría 50 kilómetros de la Carretera Central en manos del Ejército Rebelde; mejoraría notablemente el armamento, el parque y la logística de los revolucionarios y pondría al Che Guevara y a las fuerzas del Frente de Las Villas a las puertas de la ciudad de Santa Clara.

Apenas tres días después de la rendición de Fomento, los rebeldes comenzaron casi simultáneamente a hostigar las guarniciones de Guayos y Cabaiguán; el primero, defendido por los soldados que se encontraban en el cuartel y por policías ubicados en el cine del pueblo; el segundo, custodiado en tres puntos diferentes por unos 90 hombres con ametralladoras y fusiles de alto calibre.

Si en Fomento resultaron heridos los capitanes Joel Iglesias y Manuel Hernández, en Guayos corrieron igual suerte Olo Pantoja y Eliseo Reyes (San Luis); mientras en Cabaiguán moría en el intento por alcanzar la Loma de la Microonda el combatiente Silverio Blanco, el hombre que peleaba con la Treinta; el capitán Ramón Silva salía malherido y el Che terminaba dirigiendo las acciones con un brazo enyesado y en cabestrillo, luego de caer al saltar sobre una tapia.

En dos oportunidades se enfrentaron revolucionarios y batistianos por el control del llamado puente de La Trinchera, a muy pocos kilómetros de la ciudad de Sancti Spíritus, una armazón de hierro que terminó en el fondo del río Tuinucú, con lo cual se agudizó todavía más la incomunicación en el centro del país y mermaron las posibilidades del régimen para mover refuerzos de una ciudad a otra.

Rendidos, desarmados y con la moral por el piso, los defensores de Cabaiguán y Guayos fueron enviados a Placetas, donde sus propios compañeros, por orden de la jefatura, los apresaron y les negaron alimentos, un comportamiento que el historiador mexicano Paco Ignacio Taibo ii, estudioso de esta gesta, calificaría como «la enfermedad de la derrota», mal que según él resultaba profundamente contagioso por esos días.

Ya posicionado en Placetas, el Che recibe al capitán Erasmo Rodríguez, nombre de guerra de Armando Acosta, un viejo dirigente comunista de mucho arraigo en la zona, invasor de la Columna 8, que había sido comisionado con su pelotón para «tirar algunos tiritos» en Sancti Spíritus.

Armando traía la buena nueva de que su gente y otras fuerzas del Directorio Revolucionario no solo habían tiroteado las defensas y penetrado en el perímetro urbano, sino que la ciudad toda se encontraba en manos de la Revolución y que sus habitantes sublevados estaban en la calle pidiendo el fusilamiento de los esbirros.
–¿Sancti Spíritus –cuestionó el Che– y qué aldea es esa?

–No, doctor, en estos momentos es la mayor población de Cuba en manos del Ejército Rebelde, le respondió Armando Acosta, quien, sin saberlo, había ganado con aquella acción sus estrellas de Comandante.

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